Domingo, 20 de septiembre de 2009

Artículo publicado en Boletín Bimestral  “Misioneros Javerianos”, número 452 / MAYO-JUNIO 2009.

 

ESPERANZA: FUTURO ABIERTO 

P. Carlos Collantes 

Crisis. ¡Qué la paguen los ricos! Pintadas y pasquines adornan algunas de nuestras calles. Y tienen toda la razón del mundo... del mundo de los pobres. Clamorosa y sufriente mayoría. Sí, como siempre les saldrá más cara y doloro­sa a los más vulnerables. Nuestra esperanza no puede ser real y concreta si cerramos los ojos y el corazón a los más vulnerables. Crisis tiempo oportuno para recuperar valores, sueños y gritos. Una oportunidad para la esperanza. 

La crisis que estamos viviendo es ­global: financiera, económica, energética, alimentaria. Es el resultado de un modelo de crecimiento destructor del medio ambiente y que ha provocado dolorosas e injustas desigualdades. Crecimiento sin futuro digno y humano ya que ha sido incapaz de combatir las desigualdades, la pobreza y el hambre y ha deteriorado el equilibrio ecológico. Al ser un sistema económico desigual y depredador, la prosperidad de algunas minorías se asienta sobre el sufrimiento de grandes mayorías. La crisis afecta en último término al mo­delo de sociedad que queremos y a los valores en los que creemos. ¿No ha lle­gado la hora de un cambio de rumbo de manera que nuestro mundo se constru­ya sobre fundamentos más justos? No bastan los parches o correcciones que nos venden "los grandes" en algunas reuniones, sino que es necesario plantear con honradez y asumir otros modos de crecer, de consumir, de vivir. Es cierto que la actual fase de esta crisis ha sido provocada por la codicia de los ri­cos, por un capitalismo financiero-es­peculativo e inmoral, y sus costes reca­en como siempre sobre los bolsillos, las preocupaciones, las vidas de los po­bres. Parados entre nosotros, en nuestras sociedades llamadas del bienestar. Aunque en otras latitudes, en los países del Sur, la crisis es más bien una situación desgraciadamente crónica y es una inmensa mayoría quien la paga y es golpeada de manera inhumana. En tiempos de crisis, los ideales, los sueños son más necesarios que nunca.
        
La última palabra 

         Nuestros mejores sueños nos revelan un horizonte hacia el que caminamos con el corazón, con el deseo, con los hechos, aunque éstos tantas veces se queden cortos y nos dejen insatisfe­chos. Hay sueños que son una denuncia social de un mundo que no funcio­na correctamente y no podemos poner fronteras a nuestros sueños colectivos de justicia. La esperanza tiene que ver con nuestras aspiraciones de un orden social verdaderamente justo, más soli­dario y fraterno, como algo soñado también por Dios mismo; con una or­ganización social que responda a las as­piraciones y necesidades fundamenta-les de las personas. La esperanza cris­tiana da contenido, motivaciones y fuerza especial a nuestros esfuerzos y luchas humanas, porque para nosotros no hay nada que sea "sólo" humano, ya que lo humano ha sido "invadido" por Dios en Jesús, aunque Dios respeta nuestra autonomía, por eso actúa des-de dentro acompañando nuestros esfuerzos y anhelos. La esperanza cristia­na apunta al futuro de plenitud total - don de Dios- y que nunca existirá como tal en esta tierra e historia pero cuya existencia ausente puede movilizar nuestras energías. Lo definitivo será el Reino consumado, lo provisional es nuestro peregrinar, nuestras realizacio­nes humanas, materiales humanos con los que vamos acogiendo y constru­yendo el Reino de Dios. 

Nuestra fe implica una actitud de re­beldía positiva y creadora que nace del seguimiento de Jesús que se rebeló contra tantas situaciones injustas y vi­vió libre frente a todo poder, haciéndo­se siempre cercano y compasivo con los marginados. Su esperanza fue su pasión. La resurrección de Jesús nos permite vislumbrar un sentido a toda la historia humana: la última palabra co­rresponde a la justicia divina. Jesús víc­tima inocente se ha solidarizado con to-das las víctimas y Dios, al resucitarlo, se pone del lado de las víctimas. Con frecuencia la esperanza es un milagro. Dichosos los que "esperan contra toda esperanza", los que en medio de la os­curidad velan. Y la esperanza de los po­bres es firme porque Dios camina en sus luchas y cansancios; en el fondo de los corazones oprimidos siempre habrá un grito irreductible, un anhelo imbo­rrable de libertad. 

Oportunidad histórica 

La esperanza no puede ser ingenua, ni podemos ni debemos cerrar los ojos a la presencia del mal. No sería espe­ranza sino evasión. Necesitamos toda nuestra lucidez para desenmascarar y criticar el mal. Pero la crítica no puede ser hecha desde la distancia insolidaria o desde la arrogancia de quien se cree propietario exclusivo de la verdad o superior en rectitud moral. Jesús muer­to y resucitado ya ha fecundado la tie­rra y la historia pero, ¡aun falta tanto! "Completo en mi los padecimientos que faltan a la pasión de Cristo", dirá Pablo en frase atrevida y arriesgada. El evangelio es una ventana siempre abierta a la esperanza. 

La crisis global actual es también una oportunidad histórica que puede hacernos sentir con más fuerza la urgencia de cier­tos cambios necesarios en las concien­cias, en los comportamientos, en las es­tructuras, en las relaciones entre países, en las reglas comerciales... Algunos líde­res políticos afirman que hay que refor­mar el sistema financiero en consonancia con los objetivos del milenio, que hay que introducir valores éticos en el mundo económico-financiero. ¡Qué lo hagan!, ¿a qué esperan? "Otro mundo es posible". Un grito de esperanza que desde hace años recorre continentes, movimientos populares, organizaciones y asociacio­nes ciudadanas, políticas, religiosas; un anhelo de justicia que anima a millones de personas a luchar. Podemos cambiar el rumbo de nuestro mundo. ¿La hora de la utopía? Al menos de la ética. 

"Piensa globalmente, actúa local-mente", máxima de acción-reflexión que busca la eficacia histórica y la con­creción de nuestros ideales, aspiracio­nes, exigencias de justicia. Algunos economistas nos aseguran que tendremos que aplicar cambios drásticos y profundos, que afectarán notablemen­te a la organización de la vida en socie­dad, a nuestro modo de vida. Queremos otro mundo y los destinatarios de nues­tros gritos pueden si quieren cambiar ciertas leyes, determinadas políticas. A nosotros nos queda el grito, la presión, los sueños, la coherencia, la perseve­rancia. Un pueblo que vive de fe es más fuerte, porque la fe le ofrece motivacio­nes más poderosas. Dios trabaja en nuestras esperanzas humanas. 

Rumor de vida 

En la ya larga historia de la humani­dad, nadie como Jesús ha generado tanto amor y solidaridad, tanto servicio de­sinteresado, por eso siempre será un ma­nantial de esperanza. Hay algo nuevo en la esperanza que el Crucificado-Resuitado nos ofrece. La certeza de la asombrosa solida­ridad de Dios con nuestro destino humano y con las es­peranzas y el cami­nar de los pobres. Nos toca hacer vi­sible esta certeza, encarnando y ac­tualizando esa soli­daridad en nuestras vidas y comunida­des. Y muchos cristianos –personas y comunidades- lo están haciendo, acompañando a los más vulnerables y ol­vidados. 

Dios resucitó a un crucificado, y desde entonces hay esperanza para los cru­cificados de la historia. No somos inge­nuos. Sufrimos la fuerza del mal, pero nuestra fe en Dios nos asegura que nues­tro mundo no está abandonado a su propia suerte. Nuestra vida está llena de cla­roscuros y como en la parábola evangélica el trigo y la cizaña coexis­ten en el campo de la historia. La fe no es

un recetario mágico para resolver los problemas, pero nos permi­te mirar toda la realidad con una "hondura" diferente. No estarnos solos, estamos en manos de Dios. 

El susurro de Dios, de su presencia, de su ternura, es más fuerte y armonio-so que los ruidos y griteríos de los po­derosos. Los pobres de oído sensible y sencillo captan ese susurro que actúa en la silenciosa oscuridad de la noche –rumor de vida- y pone en pie a Jesús re­sucitándolo y con él, la esperanza. Caminamos en la serena oscuridad de la esperanza porque en sus entrañas ha sido sembrada la luz del Resucitado. No perseguimos nuestros sueños, es el sueño de Dios el que nos lleva, empu­ja y arrastra. ¡Resucita, Señor, tu fuer­za en nuestra fragilidad! ¡Haz brillar tu libertad en nuestras cadenas! ¡Y que nuestras manos siempre abiertas y nuestros pies siempre en camino tengan sed de tu verdad!


Publicado por verdenaranja @ 22:19  | Misiones
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