Lunes, 21 de septiembre de 2009

Artículo publicado en Boletín Bimestral  “Misioneros Javerianos”, número 453 / JULIO-AGOSTO 2009. 

COMUNIDAD MANANTIAL DE ESPERANZA

 

P. Carlos Collantes

 A finales de febrero, la Iglesia católica de Italia decidió, en estos tiempos de crisis, entrar en el mercado del crédito a pequeña escala colocando en él pequeños préstamos. Si los bancos son reacios a soltar un euro, ahí está y se hace presente la Iglesia para ayudar y soste­ner a tanta gente sencilla. Pequeños prestamos, esperanza para miles de ciudadanos. Signos evangélicos actualizados del Reino de Dios, si­guiendo a Jesús. 

Entre nosotros, ya a finales del año pasado, la Conferencia Episcopal Es­pañola había distribuido entre las Ca­ritas Diocesanas el 1% del Fondo Co­mún Interdiocesano. Muchas cáritas parroquiales se están viendo desbor­dadas, en su labor cercana y eficaz. La respuesta por parte de las comu­nidades cristianas está siendo generosa. Frutos abundantes de solidaridad personal y comunitaria. La comunión de bienes, en sus diversas formas, ha sido siempre una señal de identidad de la comunidad cristiana. En tiem­pos de crisis existe un compromiso admirable de numerosos cristianos hacia los más desfavorecidos. Gestos de indudable valor evangélico con una preciosa fuerza evangelizadora. 

Pasión compartida 

En Jesús descubrimos una doble so­lidaridad de Dios con nosotros. En un primer momento descubrimos una so­lidaridad dolorosa y crucificada. Hemos hecho a Dios solidario de nuestro mal, porque él –por su cercanía y ternura– se ha dejado «enredar» en nuestra situación huma­na. El enredo –el amor, porque de eso se trata– le ha llevado a la cruz, y al extender las manos, al abrazarnos en su amor herido nos ha desenreda-do de tanta trampa y des-varío, de tanta ofuscación o dureza de corazón. Una solidaridad arriesgada y conflictiva que le llevó a la cruz, y que huele a pasión compartida. Muchos cristianos han «saboreado» en sus vidas lo que esta solidaridad implica. 

Pero la solidaridad de Dios no termina ahí. Su solidaridad se convierte, con posterioridad y para siempre, en solidaridad vivificadora y espe­ranzada. Nosotros le hemos hecho solidario en nuestra muerte y deses­peranza y él nos ha hecho solidarios en su vida y esperanza. Dios reaccio­na resucitando a Jesús, reacción justa y solidaria, al estilo de Dios. La so­lidaridad se convierte en fidelidad. Tal vez esa necesidad, universalmen­te sentida, de justicia para las vícti­mas haga «necesaria» la Resurrec­ción de Jesús. Pascua discreta, sose­gada y luminosa. 

La esperanza, siendo comunitaria, está relacionada con la fraternidad, el compartir, la sobriedad. Podemos vi­vir mejor teniendo menos y compar­tiendo más. La alegría aumentará porque será de muchos más, por eso nuestra esperanza no es sólo de Je­sús sino también de los pobres, de la gente sencilla. Podemos vivir mejor sin dejarnos atrapar en la espiral del querer tener cada vez más. Son nu­merosas las voces dentro y fuera de la Iglesia que nos hablan de la nece­sidad de buscar otro modelo de cre­cimiento y de sociedad, de vivir otros valores, porque en su raíz la crisis es de valores. Por ello la crisis se presenta como una oportunidad «his­tórica» dentro del inmenso dolor de tantos hermanos, dolor que dura. El exceso de dolor no significa ausencia de Dios –Dios nunca estuvo ausente en la cruz de Jesús– sino más bien y con harta frecuencia exceso de injus­ticia creada por la «dolorosa» libertad del hombre. 

Religados 

Pertenecemos a una misma huma­nidad, y muchos compartimos una misma fe y una misma esperanza. Somos responsables los unos de los otros. Todo esto genera vínculos, «ataduras» de amor que pueden hacernos más li­bres. La libertad auténtica es ex-presión de un amor adulto y maduro; de lo contra­rio se convierte en un pretexto para el egoísmo, para un individualismo miope, para la in-diferencia. La li­bertad solidaria nos religa y vincu­la los unos a los otros; es amor gratuito, desinteresa-do, generoso, exigente y a veces do­loroso, al estilo de Jesús, y que nos hace compartir el destino de nues­tros hermanos. Vivimos misteriosamente vinculados unos a otros, podemos, por ello, dejarnos «afectar», im­plicar y complicar la vida por la situa­ción del hermano necesitado. La re­ligión es sentirnos religados al Ser Supremo que llamamos Dios. Jesús al unir el amor a Dios y al hermano nos hace descubrir que la fe cristia­na es religación también con el hermano. 

Frente a tanto individualismo como nos rodea, frente a la tentación de la indiferencia o del repliegue en el «sálvese el que pueda» favorecido por la dureza de tantas situaciones, las comunidades cristianas podemos cultivar y favorecer la «cultura del vínculo», podemos dar nuestra pací­fica «batalla» social y cultural a nivel de valores. Voces lúcidas nos invitan a un rearme ético frente a valores suicidas, como la idolatría del dinero, de un dinero fácil e injusto, espe­culativo, empobrecedor. Recuperar la ética para alimentar la esperanza. Y rearme ético significa conversión colectiva. Es necesaria otra economía, inspirada por otros valores dis-tintos de los actuales que nos han lle­vado a la crisis global que padecemos. Una economía solidaria, social, de comunión. 

Una verdad bíblica: la tierra es de todos, y una práctica eclesial-evangélica: la comunión de bienes, se han conver­tido en un principio clave de la doctri­na social de la Iglesia: el destino univer­sal de los bienes de la tierra, principio que puede y deber inspirar prácticas políticas de redistribución de bienes a los más desfavorecidos. Economistas serios nos dicen que detrás de la crisis hay, entre otros factores, una injusta distribución de la renta, tanto en térmi­nos nacionales como internacionales. El abismo entre ricos y pobres no ha hecho más que crecer desmesurada e injustamente. No basta con exigir el control público de los «mercados», sino exigir justicia, equidad e igualdad, rebelarse contra «la sociedad de la desi­gualdad». Verdades y valores evangélicos que pueden inspirar -lo es­tán haciendo- compor­tamientos y prácticas personales de solidari­dad. Numerosos cristia­nos -obispos y sacerdo­tes entre ellos- han de­cidido dar el diezmo de su salario, una forma preciosa de compartir hoy. La crisis es una oportunidad para una mayor sobriedad perso­nal y comunitaria. 

Comunidad atractiva 

«Tenemos que pagar por los pe­cados del pasado», decía Klaus Sch­wab el organizador del Foro Económi­co Mundial de Davos (Suiza), donde se reúnen los muy ricos y poderosos del mundo. Lo que no dijo el «caradu­ra» -ciego interesado- es que los pe­cados los han cometido los ricos y los están pagando los pobres. iCómo pue­de falsear la realidad una determina-da ideología y una posición social! 

«El grupo de los creyentes pen­saban y sentían lo mismo... Nadie consideraba sacs bienes como pro­pios...» (Hechos 4, 32-37). Un texto que refleja bien todo el atractivo y la nostalgia que la fraternidad despier­ta. Siempre ha sido la fraternidad una fuente inagotable de inspiración en la larga historia eclesial, y la fuerza de su testimonio es tal que siguiendo ese camino podemos rejuvenecer y hacer más atractiva nuestra Iglesia y caminar hacia un renacimiento evan­gélico y eclesial. Una comunidad so­lidaria, acogedora, generosa no puede languidecer porque siembra esperanza. La fraternidad evangélica es una propuesta siempre actual que po­demos ofrecer a nuestro mundo, so­bre todo allí donde sopla con más fuerza el viento árido y estéril del in­dividualismo y del hedonismo más in-solidario, allí donde el mundo se vuel­ve más duro y competitivo. La frater­nidad expresada en el compartir y en la comunión de bienes convierte a la comunidad en un lugar de esperanza. 

«Aquí estamos», -afirmación sere­na y sencilla, hecha realidad y que brota de la vida de muchas comunida­des cristianas- aquí estamos sembran­do esperanza, al estilo de Jesús, sin hacer demasiado ruido, cercanos y presentes al lado de los más golpea-dos, una presencia amable, acogedo­ra, humana. ¡Una hermosa presencia de Iglesia en medio de nuestra socie­dad! Presencia apreciada, aunque a veces interesadamente silenciada. Gentes sencillas que dan sin cálculo y se convierten en transparencia de Je­sús que «derrocha» con total genero­sidad y radicalidad su vida, en un ges­to de suprema y fecunda libertad. 


Publicado por verdenaranja @ 22:59  | Misiones
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