Mi?rcoles, 07 de octubre de 2009

Reflexión teológico-pastoral sobre el lema de la Campaña del DOMUND 2009 del P. Timoteo Lehare Barrett, svd, Secretario General de la Obra pontificia de la Propagación de la Fe, sacado de la revista Iluminare, Octubre 2009, nº 377, recibida en la parroquia con los materiales para la celebración de la presente campaña.

"Las naciones caminarán a su luz"
(Ap 21, 24)

Introducción

El lema que encabeza el Mensaje de Benedicto XVI para la Jornada del DOMUND está tomado del Apocalipsis: “Las naciones caminarán a su luz”. ¿Qué significa? ¿Será sólo una repetición de lo que siempre se dice en un mensaje sobre nuestro deber como Iglesia en misión?; ¿o será algo más personal, profundo o nuevo, como un mantra para nuestra vida?

Sabemos hoy que nuestra propuesta para la misión ad gentes se encuentra un poco debilitada y es más difícil de realizar. Quiero recordar y felicitar a todos los misioneros y misioneras españoles que trabajan en otros países y que han trabajado en el mundo entero durante siglos. La reciente Instrucción pastoral de la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española Actualidad de la misión “ad gentes” en España es una continuación del camino misionero ya realizado y nos anima a hacer una buena reflexión cuando dice: “Los responsables de la pastoral sienten la necesidad de un impulso misionero y reivindican la primacía del primer anuncio”. También nos incita a poner renovadas manos a la obra cuando nos hace la advertencia de que muchas veces “sus deseos quedan bloqueados o velados por lo inmediatez de lo concreto o por el mantenimiento de lo existente” (n.º 30).

La Conferencia Episcopal nos da, por tanto, el impulso para proponer algo nuevo y de vital importancia para nuestras comunidades. No quisiera, sin embargo, comenzar hablando de cambios de estructuras o culturales, sino de un cambio mental o de actitud; en otras palabras, una conversión del corazón. Por eso creo que el Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones viene como anillo al dedo en este proceso de revitalización y ayudará a dar un color más intenso a algunas ópticas sobre la misión. El mensaje es, para nosotros y nuestro proceso, una ayuda para entender nuestro camino misionero.  

Ser una sola familia humana

Es un primer punto que quisiera subrayar del mensaje. En la actualidad, vivimos en un mundo que está en búsqueda de soluciones. Se da el fenómeno de la globalización como un entramado de relaciones a nivel planetario. Aunque en ciertos aspectos es un logro de la gran familia humana y una señal de su profunda aspiración a la unidad, sin embargo, comporta también el riesgo de los grandes monopolios y de convertir el lucro en valor supremo. Como en todos los campos de la actividad humana, la globalización debe regirse también por la ética, poniendo todo al servicio de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios. Nosotros, los cristianos, estamos invitados a dar testimonio más que nunca de nuestra vocación de solidaridad y de comportamiento justo para afrontar los nuevos retos, porque está en juego el desarrollo armónico de la sociedad y del mundo. A este respecto, el mensaje del Santo Padre para la Jornada Mundial de las Misiones nos invita a reflexionar sobre nuestra respuesta a la experiencia de fe en Cristo, para ayudarnos a vivir el compromiso con alegría y coherencia, para tomar conciencia de nuestra identidad de misioneros de Cristo, enviados por Él al mundo para anunciar y dar testimonio del amor.  

Por eso, el mensaje nos invita a ser conscientes de nuestra vocación a ser una “única familia humana”. Dios nos da una familia: su familia universal de seres humanos; a la luz del Evangelio, debemos aprender a ser hijos de un Padre, vivir como personas nuevas, llenos de su bondad y misericordia, verdaderamente libres y responsables. Es una invitación a todos nosotros para comenzar a vivir un intenso y provechoso proceso de participación en el proyecto de la familia de la Iglesia, en el que numerosos laicos/as, religiosos/as, pastores y presbíteros, a lo largo y ancho del mundo, en cada Iglesia particular y en cada parroquia y movimiento, puedan ser protagonistas y hacer una toma de conciencia de su vida y misión para llegar a dar testimonio de nuestra unidad de hermanos en familia frente a “la dispersión” y “el conflicto” actual. La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión: el encuentro con Dios es, en sí mismo y como tal, encuentro con los hermanos, un acto de convocación, de unificación, de responsabilidad hacia el otro y hacia los demás. Urge iluminar no sólo la vida personal, sino, sobre todo, la vida en la sociedad, desde los valores del Evangelio, así como hacer frente a los desafíos que el mundo actual presenta a la experiencia de fe.  

Nos invita, también, a ser misioneros de la Iglesia donde Dios esté ausente y los valores fundamentales no se muestren con toda su fuerza. Como ha dicho Benedicto XVI en su discurso inaugural de Aparecida: “Dios es la realidad fundante, no un Dios sólo pensado o hipotético, sino el Dios de rostro humano; es el Dios-con-nosotros, el Dios del amor hasta la cruz. Cuando el discípulo llega a la comprensión de este amor de Cristo «hasta el extremo», no puede dejar de responder a este amor si no es con un amor semejante: «Te seguiré adondequiera que vayas» (Lc 9,57). Por eso, nosotros, los cristianos, no podemos hacer una fuga hacia el intimismo, hacia el individualismo religioso, un abandono de la realidad urgente de los grandes problemas económicos, sociales y políticos del mundo, y una fuga de la realidad hacia un mundo espiritual”. Sabemos que se hacen necesarias transformaciones globales, audaces, urgentes y profundamente renovadoras para que nuestro mundo tenga vida.  

Por eso, el mensaje habla del mundo sufrido, violento, sin esperanza en los momentos en que vivimos... Nosotros, los misioneros, conocemos aquellos rostros tal y como los ha descrito el Documento de Puebla cuando habla de “rostros de niños golpeados por la pobreza (...), de jóvenes desorientados (...), de indígenas y afroamericanos marginados (...), de campesinos (...), de subempleados (...), de marginados y hacinados urbanos (...), de ancianos marginados”. Hoy se pueden añadir muchos más rostros que aguantan el temor existencial de la falta de un sueño posible en un mañana mejor. Son los “silenciosos” de nuestro mundo de hoy, los hermanos que no tienen voz. Uno tiene que hablar de la actual crisis económica, de todo lo que significa para la familia y para la sociedad, sin olvidar las guerras y las divisiones entre naciones y pueblos. Un mundo complicado para muchos, un mundo al que le falta la iluminación del Evangelio y, por eso, el mensaje habla de la misión de la Iglesia hoy: “Objetivo de la misión de la Iglesia es iluminar con la luz del Evangelio a todos los pueblos en su camino histórico hacia Dios”. Somos nosotros, los que conocemos a Cristo como vida plena, quienes “debemos sentir la pasión por iluminar a todos los pueblos con la luz de Cristo”, porque en Él encontrarán “su realización plena”. 

La restauración de todas las cosas en Cristo

Este es un segundo punto importante. Nuestro trabajo en las OMP es ayudar a la evangelización y la pastoral en Iglesias necesitadas. Con eso no estamos diciendo que no queremos ayudar a aliviar la pobreza material. No, la Iglesia siempre ha denunciado la pobreza y marginalidad, y ha reaccionado contra todo atropello de los derechos humanos. Es más, siempre hace suyas las palabras de la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, donde aclara que olvidar esto “sería ignorar la doctrina del Evangelio acerca del amor hacia el prójimo que sufre o padece necesidad” (n.º 31), porque el hombre de hoy tiene derecho a una vida plena, con condiciones más humanas, libre del hambre y de la violencia. Pero no debemos reducir la misión a una ayuda social. Nosotros anunciamos al autor de la misma vida, traemos su Buena Noticia de que Él ama a todos como únicos: “Pondré toda la humanidad en tu lugar” (Is 43,4), “Mis entrañas se estremecen” (Os 11,8).  

El mundo tiene hambre. Sí, mucha hambre, y tiene muchísima hambre de Dios; y, por eso, el mensaje nos invita a hacer un viaje más profundo y contemplar una pobreza más aguda: la pobreza del no conocimiento de Dios, que ama a todas sus criaturas. Nuestro anuncio es tanto para los no cristianos como para los mismos cristianos. Los que hemos experimentado la alegría de la fe sabemos lo que los otros se pierden. Por eso, queremos salir con gran urgencia para anunciarla. El mensaje nos invita a descubrir no solo nuestra tarea como cristianos, sino también nuestra naturaleza: la verdad sobre Cristo, sobre el hombre y sobre la propuesta evangelizadora de la Iglesia. Habla de “la restauración de todas las cosas en Cristo”. La tarea evangelizadora no solo nos invita a entender al hombre desde “el cuadro de la existencia temporal”, sino también desde “una salvación trascendente escatológica” (EN 27). Nos anima a comprobar cómo sin un conocimiento y un entendimiento profundo del Cristo Resucitado no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, y se nos presenta un futuro sin plenitud para la humanidad. El mensaje nos anima a encontrar en la comunión con Él la vida, la verdadera vida digna; y, como nos llena de alegría y bondad, queremos darlo a conocer a los demás, comunicarles el don que hemos hallado en Él para animarles a que salgan de sus situaciones actuales, para conocer “el sentido de las realidades últimas y de la misma existencia” (RM 2) y para invitar a “la humanidad entera” a que profundice en su “vocación radical”, que es la de “regresar a su fuente, que es Dios” y así retornar a vivir la vida plena. El mensaje del Papa, como el documento de la Conferencia Episcopal, nos proporciona un nuevo impulso en nuestra tarea de evangelización, a fin de que nuestras comunidades se sigan sintiendo interpeladas para crecer y para formarse en la maduración de su fe, para ser luz del mundo y testigos de Jesucristo con la propia vida. 

Sería bueno retomar las palabras de la teología clásica “kerigma” y “koinonía”. La comunidad cristiana es la comunidad de la esperanza, que pone su total confianza en el poder del Espíritu del Resucitado, que ofrece vida a ese mundo de hoy que tantas veces tiene preguntas sin respuestas. Nuestra respuesta es la persona de Jesús; los cristianos lo experimentamos. No seguimos a un personaje de la historia pasada, sino a Cristo vivo, presente en el hoy y el ahora de nuestras vidas. Es nuestro anuncio. Él es el Viviente que camina a nuestro lado, descubriéndonos el sentido de los acontecimientos, de la vida con todas sus preocupaciones, del dolor y de la muerte, de la alegría y de la fiesta. Su Espíritu entra en nuestros corazones con su luz transformadora y permanece gratuitamente en ellos.  

El anuncio del kerigma y la vivencia de la koinonía configuran una situación nueva que debe ser profundizada y analizada en nuestras comunidades misioneras. Ante las nuevas encrucijadas, la humanidad espera de nuestras comunidades y de la Iglesia una respuesta renovadora y un camino para la revitalización de su fe en Cristo, nuestro único Maestro y Salvador, que nos ha revelado la experiencia única del amor infinito de Dios Padre a todos los hombres. “Cristo llama, justifica, santifica y envía a sus discípulos a anunciar el Reino de Dios, para que todas las naciones lleguen a ser Pueblo de Dios”. El mensaje nos invita a dedicar una profunda mirada a los nuevos desafíos. La fe en Cristo constituye una respuesta y una llamada a reflexionar sobre cómo encaminar los rumbos del mundo de hoy con autenticidad.  

Conclusión

El mensaje nos incita a salir de nuestro enclaustramiento hacia los gentiles y señala que la misión universal, a todos los hombres y los pueblos, “debe convertirse en una constante fundamental de la vida de la Iglesia”, y que “anunciar el Evangelio debe ser para nosotros, como lo fue para el apóstol Pablo, un compromiso impostergable y primario”. Esta posibilidad de salir hacia los otros es un gran regalo que Dios nos da, porque nos proporciona el cien por cien del Evangelio. Nos va a revitalizar como comunidades cristianas, y es de esta fuente de donde podrán surgir nuevos caminos y proyectos pastorales creativos, que infundirán una firme esperanza para vivir de manera responsable y gozosa la fe, dar respuestas a la humanidad de hoy y, de paso, irradiar esa fe en el propio ambiente.  

Por P. Timoteo Lehane Barrett,svd
Secretario General de la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe


Publicado por verdenaranja @ 17:40  | Misiones
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