S?bado, 10 de octubre de 2009

 Palabras conclusivas de monseñor Martín de Elizalde OSB, obispo de Nueve de Julio, en la en la Jornada “El desafío de vivir hoy en familia” en la localidad de Trenque Lauquen. (AICA)
(19 de septiembre de 2009

LA FAMILIA:
UNA SENTIDA PREOCUPACIÓN DE LA IGLESIA
 

Me han pedido que presente una visión desde la “preocupación” de la Iglesia, frente a la situación que vive hoy la institución familiar. Al principio, el enunciado de la intervención que me proponían los organizadores, me pareció demasiado negativa, como prejuzgando sobre la realidad, pero después lo encontré adecuado, puesto que la enseñanza y la predicación de pastores y maestros, siguiendo en esto con fidelidad el Evangelio, nos señala la distancia creciente que existe entre la propuesta de Cristo y la realidad de la familia en nuestra sociedad. Como no basta señalar las deficiencias sin aportar caminos de solución y de respuesta, es que, a las “preocupaciones” quiero agregar las “ocupaciones”, es decir proponer algunas de las maneras para llegar a la meta de santidad y de felicidad que es ofrecida en el matrimonio sacramental, del cual toma su principio la familia cristiana.

No es posible abarcar en esta conversación la totalidad del ámbito familiar, por lo que me ceñiré a tres puntos que considero muy importantes en una perspectiva pastoral: 1. La familia como iglesia doméstica; 2. La vocación de los laicos en la Iglesia; 3. La educación de los hijos. Y de cada uno de estos puntos, veremos primero los aspectos que más nos “preocupan”, para luego señalar la tarea que nos espera, que nos debe “ocupar”.

I. PREOCUPACIONES

La familia como iglesia doméstica

El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda la importancia que tiene la familia en el marco de la vida eclesial, citando dos importantes documentos del Magisterio: “La familia cristiana constituye una revelación y una actuación específicas de la comunión eclesial; por eso ... puede y debe decirse iglesia doméstica” (Juan Pablo II: Familiaris consortio, 21; cf. Lumen Gentium,11)[1]. Más abajo prosigue: “La familia cristiana es una comunión de personas, reflejo e imagen de la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo. Su actividad procreadora y educativa es reflejo de la obra creadora de Dios. Es llamada a participar en la oración y el sacrificio de Cristo. La oración cotidiana y la lectura de la Palabra de Dios fortalecen en ella la caridad. La familia cristiana es evangelizadora y misionera”[2].

Al referirse al sacramento del matrimonio, el Catecismo pone de relieve el valor simbólico de la unión conyugal, “signo eficaz, sacramento de la alianza de Cristo y de la Iglesia”[3]. Es “iglesia doméstica” porque las “familias creyentes tienen una importancia primordial en cuanto faros de una fe viva e irradiadora”[4]. Viven, en primer lugar, el misterio de la unión de los miembros de la Iglesia con Cristo, su Cabeza, y anticipan ya en este tiempo la felicidad que todos esperamos por el amor, a imagen del amor de Cristo. Asociados a la creación por la propagación de la vida, son colaboradores de Dios.  Por la educación de sus hijos, el testimonio de su caridad y adhesión al Evangelio, su participación en la sociedad, son difusores del Evangelio, tal como se puede expresar en la existencia ordinaria, contribuyendo al desarrollo y al bien de sus hermanos. Cenáculo de amor y de comprensión, la familia está abierta a los demás, y se sostiene por la Eucaristía, la Palabra de Dios y la oración. Los miembros de la familia, y en particular los cónyuges, son, como lo quiere la Iglesia hoy, de una manera privilegiada discípulos y misioneros.

Por eso es motivo de hondo sufrimiento para la conciencia de los cristianos, cuando entre los bautizados no se aprecia el matrimonio sacramental, y que cada vez con mayor frecuencia se lo postergue u omita. Al formar familias prescindiendo de la gracia, no solamente se hace manifiesta la indiferencia o el desconocimiento, sino que estos hermanos y hermanas nuestras inician su vida común sin la orientación y la ayuda que el mismo sacramento les ofrece, y cuyas consecuencias habrán de sufrir sus hijos, privados así de un ambiente cristiano.

Cómo no preocuparse, cuando la comunidad familiar no llega a ser o deja de ser esa iglesia doméstica. Ello acontece por diferentes razones: ya sea que los cónyuges no contraigan matrimonio, porque no aceptan su condición de estabilidad e indisolubilidad y no asumen el compromiso que conlleva, de mutua ayuda y comprensión y de trasmisión de la vida, para alcanzar esa unidad de sentimientos y de obras; ya sea porque la unidad, aceptada y prometida una vez, no ha durado en el tiempo, no superó las pruebas, no se afianzó en una mayor identificación espiritual como para superar las inevitables dificultades de la existencia; o, en fin, porque al no haber profundizado en la vida de fe, en la continuidad espiritual y comprometida del sacramento del matrimonio que recibieron, dejaron adormecerse la gracia, hasta perder el sentido de su unión y la vocación de ser una familia.

La crisis de la familia no es solamente una crisis de conductas, de aplicación de los valores, ni resultado de las agresiones que vienen del exterior y del exceso de tensiones y de actividades. Podríamos decir que todo esto se vuelve verdaderamente grave y peligroso cuando se ha debilitado el ardor de la fe, la generosidad de la caridad y la confianza en el cumplimiento de todo aquello que ya se debe vivir en la esperanza cristiana. Como cristianos, nos debe preocupar que nuestras familias no tengan presente y no puedan vivir como iglesias domésticas.

La vocación de los laicos en la Iglesia

Es en la iglesia doméstica – dice todavía el Catecismo – “donde se ejercita de manera privilegiada el sacerdocio bautismal del padre de familia, de la madre, de los hijos, de todos los miembros de la familia, ‘en la recepción de los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se traduce en obras’ (Lumen Pentium, 10). El hogar es así la primera escuela de vida cristiana y ‘escuela del más rico humanismo’ (Gaudium et spes, 52.1). Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de su vida”[5]. La vocación del laico se desarrolla por lo general en el estado matrimonial: nacido en el seno de una familia cristiana, formado en la fe, ejercitándose en las buenas obras, constituye a su vez su propio hogar, y así trasmite en el ámbito social aquello que corresponde a su condición de testigo de Jesucristo, procurando el bien de sus hermanos; se enriquece y conforta en la intimidad de su familia, en el misterio del amor de Cristo por su Iglesia, del cual ella es imagen y símbolo eficaz.

La problemática hodierna de las familias hace que muchos bautizados se encuentren alejados de la participación en la vida de la Iglesia, de los sacramentos, de la acción apostólica, de la colaboración con los pastores, y no puedan aportar su testimonio de cristianos. Porque en muchas familias no se vive con hondura la fe, se ha diluido la identidad cristiana, no se propone ni fomenta el compromiso evangelizador. Así la sociedad se encuentra privada del anuncio del Evangelio por muchos laicos, que no lo experimentan como camino, verdad y vida, proyecto y anticipo de la felicidad que Dios ha prometido.

¿Cómo no preocuparnos, entonces, si la crisis de la familia aleja de una vivencia gozosa del cristianismo a muchos hermanos y hermanas nuestros? Desgraciadamente, para muchos la enseñanza de Cristo no es motivo de alegría e invitación a la plenitud, sino una prueba insuperable, que los aleja de la irradiación y la ejemplaridad del testimonio evangélico.

La ausencia de laicos comprometidos en el apostolado y en la vida social y política de las comunidades, causada por la falta de una vivencia sacramental y de una espiritualidad profunda, se origina a veces en una ruptura familiar, en la formación de una familia al margen de la vida sacramental, lo que produce mucha aflicción y a la vez los aleja de la comunidad eclesial, en la cual se sienten, injustificadamente, extraños.

La educación de los hijos

Una consecuencia directa del debilitamiento de la conciencia cristiana es manifiesta en la educación de los hijos. Hay hogares donde los padres, si bien se profesan cristianos, en los hechos son indiferentes: no frecuentan la Eucaristía, no rezan en común ni enseñan a rezar a sus hijos, no les trasmiten la doctrina de la fe, no los acercan a la Palabra de Dios ni los llevan con ellos al templo para las celebraciones litúrgicas. Es así que cuando esos niños comienzan la catequesis para completar los sacramentos de iniciación (Confirmación, Eucaristía), no solamente desconocen los rudimentos de la fe cristiana, sino que no han podido desarrollar el sentido religioso por la experiencia de la cercanía de un Dios que es Padre, y hacia quien nos conduce la mediación de su Hijo Jesucristo por el Espíritu Santo que habita en todo bautizado. Les es extraña la protección y la intercesión de la Santísima Virgen María, de los ángeles protectores y de los santos. Se ha perdido así un tiempo muy valioso para la formación de esas almas inocentes, y se vuelve tanto más difícil la iniciación en la catequesis, cuanto que los niños sufren la influencia de muchos factores externos, que los atraen y los distraen.

Más preocupante aún es la situación creada donde los padres posponen el bautismo de sus hijos, aduciendo como razón la libertad de elección de los mismos a una edad que consideran más adecuada. Esta costumbre, que se va difundiendo de manera preocupante, aún en familias cristianas, priva en primer lugar del auxilio de la gracia de hijos de Dios a estos niños. Pues al no tener la gracia y por la falta de una instrucción cristiana gradual que acompañe su crecimiento hacia una opción madura, la elección esperada no tendrá las condiciones de la verdadera libertad, por desconocimiento, y también por la ausencia del ejercicio habitual de la búsqueda de Dios en la virtud. Desconocer los testimonios de fidelidad cristiana disminuye y hace muy difícil la trasmisión de la fe y el crecimiento por una formación que no sea solamente intelectual, sino expresada en un proceso dinámico, integral, que abarque a la totalidad de la persona.

En muchos hogares, en fin, es débil la intensidad de la vivencia cristiana, por falta de convicción, de conocimiento, de constancia, y al no estar presente la familia en los distintos momentos y acciones de la vida eclesial en su comunidad, difícilmente se incorporarán a ella los niños y adolescentes. La catequesis no es acompañada ni sostenida por el apoyo de sus padres y hermanos mayores, ni se sentirán los niños motivados para participar con asiduidad y provecho de los sacramentos de la Iglesia.

La preocupación de la Iglesia por la familia, no puede dejar de mostrarse también en el vasto ámbito de la formación de los hijos, ya que es el tiempo y el lugar más adecuado, dispuesto por la misma sabiduría divina, para que la vida engendrada por los padres tenga el necesario desarrollo en la fe.

II. OCUPACIONES

En nuestro recorrido por las “preocupaciones” hemos podido señalar aquellas carencias que, en forma positiva, ahora nos debemos proponer cubrir y reparar, con acciones pastorales que ayuden a recuperar los espacios de la vida familiar para una mayor presencia evangélica en ese núcleo esencial de la condición humana.

La iglesia doméstica

La vida sacramental es el alimento que sostiene la vocación de los esposos y padres en su vida familiar, y que compartida con los hijos, funda sobre la gracia divina las relaciones entre quienes conforman la familia, sostiene el crecimiento y la educación en la fe, aumenta la caridad y los proyecta con confianza y alegría por la esperanza. Celebrándolos en unidad, como familia, la gracia de los sacramentos edifica ya en la tierra la construcción espiritual que tendrá su perfección en el cielo. La familia es iglesia, porque vive en la Iglesia, y desde el recinto de su intimidad, se despliega en la comunión más vasta de la comunidad eclesial. La oración acerca los hombres a Dios, es el medio para reconocerse en su presencia, adorarlo, darle gracias, implorar el perdón y pedir las fuerzas necesarias para llevar adelante su vocación cristiana, como iglesia doméstica.

Hay que ahondar en la espiritualidad familiar y conyugal, para acercarse a las fuentes de la gracia, y practicar con generosidad aquellas virtudes que posibilitan la convivencia en la armonía, procuran la felicidad verdadera y alcanzan las bendiciones que enriquecen a padres e hijos, y se prolongan en la descendencia, como en los enunciados bíblicos, de generación en generación. Ello será imposible sin una formación, que vaya más allá de lo meramente sicológico y social, para abarcar a la persona en su integralidad; que les haga conocer los medios ofrecidos por Dios y cómo alcanzar por ellos los fines prometidos; que los motive y los fortalezca para ser perseverantes en el esfuerzo, agradecidos por los logros alcanzados, formadores de quienes deben recibir de ellos, pues les fueron confiados.

La participación eclesial, parroquial, diocesana, además de ser la expresión de una vocación plenamente vivida, sostendrá al mismo tiempo a quienes tienen esta vocación, en la unidad con quienes, como ellos, se entregan con generosidad al llamado de Dios. Ella les demostrará también que el fruto de su testimonio, prolongado en otros hermanos y hermanas, extiende los lazos de su familia, que se vuelve universal, católica, y procura vida a muchos otros.

Laicos en la Iglesia

Todos los bautizados tienen un lugar designado en la Iglesia. En ella reciben la gracia para conocer a Dios, llevar una vida conforme al Evangelio y alcanzar después de transitar por este tiempo la visión gloriosa de Dios y la felicidad eterna. La crisis de las familias, con las elecciones que muchos hermanos y hermanas han hecho, y generalmente a partir de situaciones dolorosas, por discernimientos que los han separado del modelo cristiano de matrimonio, termina por alejarlos de la participación sacramental y de la colaboración misionera. Pero ello no debería ser así. El arzobispo de Milán, Cardenal Tettamanzi, en una carta pastoral dirigida a las parejas en nueva unión, les ha recordado que siguen siendo miembros de la comunidad eclesial[6]. Son miembros amados y buscados, que conservan un vínculo que no puede ser roto, y que los tiene que llevar a seguir sintiéndose parte de la Iglesia, aunque no puedan recibir los sacramentos. Sigue abierta para ellos la puerta del templo, para unirse a la asamblea que ora y celebra, y hacerlo desde su propia condición, sin confusión ni concesiones engañosas. Siguen teniendo, como padres, la misión de educar a sus hijos en la fe, de introducirlos en la comunidad y de hacerlos parte activa de la misma. Su conciencia evangélica, su formación y capacidades, su lugar en la sociedad, les colocan en una posición adecuada, que debe ser tenida en cuenta, para manifestar y difundir siempre el mensaje de Cristo. Y pueden estar presentes y colaborar en las actividades de la parroquia, con su acción y conocimiento, en todos aquellos lugares y momentos que su situación sacramental se lo permita.

Llevar el Evangelio a los demás, ayuda a conocer e impregnarse del Evangelio, a buscar caminos de superación, a enriquecerse espiritualmente con los ejemplos y la respuesta de los demás, aún los más humildes. Ello podrá hacer que se fortalezca la fe, y creciendo en la caridad, se alimente la esperanza de no estar lejos de Dios. La inspiración cristiana en la vida profesional y social es otro aspecto importante, y en este ámbito pueden encontrar las parejas el lugar y modo de vivir con alegría su fe.

La educación de los hijos

Todos los pastores, así como los catequistas que colaboran con ellos, saben por experiencia que muchas familias hoy día no acompañan a su hijos en el camino de la fe. Esta es una preocupación que debe sugerir respuestas a través de las iniciativas de catequistas y pastores, para encontrar el acceso a los corazones de los padres, para que se hagan presentes junto a sus hijos en su formación cristiana.

Primero, es necesario volver a la catequesis implícita, espontánea, del testimonio de la fe vivida en familia. Es preciso proponer los medios para que revivan ellos mismos la fe adormecida, tal vez, invitándolos a unirse en gestos y acciones que sean enseñanza y también expresión de deseo y de búsqueda de la comunión con Dios: la oración con los niños desde pequeños, el relato de la vida y las enseñanzas de Jesús, los ejemplos de la Historia de la salvación, su continuidad en la Iglesia por los sacramentos, la introducción en la Palabra de Dios, en el silencio orante, en la visita al templo, en la participación en la Eucaristía y en las celebraciones sacramentales, con las explicaciones necesarias.

Viene después el tiempo de la catequesis formal, en el hogar y en la parroquia. Esta última no se puede delegar totalmente en los catequistas, desinteresándose los padres cristianos de algo que es responsabilidad suya. Con su seguimiento personal junto a sus hijos podrán afianzar lo que estos reciben, y expresarlo juntamente en las celebraciones y en las actividades  apostólicas, caritativas y misioneras, que deben acompañar siempre a la catequesis en todos sus estadios para introducir verdaderamente en la plenitud de la vida eclesial. El método de la catequesis familiar, bastante difundido entre nosotros, es muy valioso y tiene innumerables posibilidades para su aplicación y desarrollo, aún introduciendo en la misma catequesis tradicional sus sugerencias y prácticas.

La elección de la escuela, con el apoyo a la enseñanza religiosa, para la trasmisión de una visión cristiana del mundo y de la existencia, de la moral personal y social, es también misión indeclinable de los padres. En los momentos actuales, con las modificaciones introducidas en los planes y métodos educativos, son justamente ellos, los padres, en primer lugar quienes tienen que defender su derecho a elegir el modelo educativo y la orientación de la enseñanza que quieren para su hijos, con una conciencia formada en los valores cristianos. Esta intervención de las familias es necesaria, no solo para el proceso de aprendizaje y de interiorización de dichos valores en cada uno de los casos, sino también como ejercicio de un derecho que les pertenece, que va a redundar en beneficio de toda la comunidad cristiana.

CONCLUSIÓN

Discípulos y misioneros, es la invitación que nos dirige al Iglesia en este tiempo de misión, que debe ocupar todos los espacios de la vida eclesial. Los obispos argentinos proponen, en continuidad con la llamada que nos dirige Aparecida, las siguientes acciones destacadas:

alentar un estilo misionero en la pastoral orgánica y diocesana, en especial desde la parroquia

priorizar una pastoral misionera desde la catequesis de iniciación

promover el compromiso misionero hacia una sociedad justa y responsable. Pastoral familiar y Doctrina Social de la Iglesia[7].

En este contexto de renovación espiritual y de dinamismo misionero, las preocupaciones de la Iglesia por la familia, encuentran su respuesta en las acciones (ocupaciones) que nos estimula a realizar. Pedimos a Dios en este tiempo de gracia, que nos conceda llevar adelante la tarea que nos confía, y que bendiga y asista a todas las familias, para que alcanzando el cumplimiento de su vocación, las premie con su abundante generosidad, concediéndoles unidad y felicidad aquí en la tierra, como anticipo de cuanto les espera en el Cielo. Y confiamos a la Madre de Dios, que nos dejó un ejemplo tan pleno y luminoso de Esposa y de Madre, el que conceda reproducir en cada hogar la riqueza de amor y de alegría que vivió en su Sagrada Familia.

Mons. Martín de Elizalde OSB, obispo de Nueve de Julio


Notas 


[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 2204
[2] Ib., 2205
[3] Ib., 1617
[4] Ib. 1656
[5] Ib. 1657
[6] “EL SEÑOR ESTÁ CERCA DE QUIEN TIENE EL CORAZÓN HERIDO”. Carta del Cardenal Dionigi Tettamanzi, arzobispo de Milán, a los esposos en situación de separación, divorcio y nueva unión (6 enero 2008)
[7] Carta Pastoral de los obispos argentinos con motivo de la Misión continental (20 agosto 2009)

 

 


Publicado por verdenaranja @ 23:37  | Hablan los obispos
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