Jueves, 15 de octubre de 2009

Homilía de monseñor Mario Aurelio Poli, obispo de Santa Rosa en la misa de clausura de la peregrinación Santa Rosa - Anguil . (AICA)
(4 de octubre de 2009)


PEREGRINACIÓN SANTA ROSA-ANGUIL 2009 

“Madre, tu mirada renueva nuestra esperanza”… ¡que lindo título que tiene la Virgen, tan familiar y tan querido! Es nuestra Madre, nuestra Mamá. Antes de ser Reina, Princesa, Emperatriz, Señora, la Virgen es “Madre”, es “la Madre”, es la Madre que nos dio Jesús al pie de la cruz.

Siempre que escuchamos este Evangelio hay algo que se agita en nuestro corazón, que arde, así como ardía nuestro corazón en el camino, y no se nos ocurría abandonar a pesar del cansancio, sentíamos el ardor de los discípulos de Emaús teniendo cerquita a Jesús, porque Ella nos lo hace más cercano, lo traduce, lo hace fácil… es “la Madre”. Esta Madre mira, porque está en cuerpo y alma en el cielo y en la tierra y su mirada de ternura, su mirada maternal nos cubre a sus hijos y a sus hijas, renovando algo que necesitamos para seguir caminando en la vida: la esperanza.

La esperanza es un don que recibimos todos en el bautismo; la esperanza fogonea en nuestro corazón el deseo de conseguir la vida eterna, como en aquél joven que se acercó a Jesús: “¿qué tengo que hacer para conseguir la vida eterna?”. Nosotros ya lo sabemos: dejarnos mirar por Ella. Cuando ella nos mira, recordamos aquella frasecita fácil y cortita, -la que le dijo a los discípulos en las Bodas de Caná-: ustedes peregrinos, ustedes pampeanos, hagan todo lo que Jesús les diga… hagan todo lo que Jesús les diga.

Y a partir de esta peregrinación, después de esta gracia que hemos tenido, …-porque ha sido una gracia que muchos enfermos no pudieron conseguir-; tampoco aquellos que tuvieron que trabajar en este día; los que tuvieron que hacer guardia…; aquellos que vinieron el año pasado y este año no pudieron por distintas razones y se quedaron con las ganas. Esta gracia que recibimos tiene que cambiar algo en nuestra vida: por lo menos dejarnos mirar siempre por Ella, dejarnos atraer por esos ojos de ternura.

La Virgen cumple una delicada misión: la Virgen mira y ordena nuestros días para que no le saquemos el cuerpo al Evangelio, para que nos juguemos por el Evangelio de Jesús, para que recibamos la gracia que es Cristo mismo. Ella nos dio a Cristo, Ella dijo el “sí” y dejó entrar la gracia del Padre que es Jesucristo.

Ante esta Madre de ternura, en esta tarde, volvemos a poner nuestra mirada, diciéndole como el “negrito Manuel”, aquella tarde en la que no había peregrinos en su ermita, puso sus manos negras en estas manitos delicadas de la Virgen y prometió ser su esclavo. “Mandá lo que quieras, Virgen Santa”, y a todos les decía:“¡Yo soy de la Virgen nomás!”.

Vamos a renovar como cristianos nuestra fidelidad a Ella, pero la fidelidad no viene de “fervorines” ni de entusiasmos pasajeros, sino que la renovamos en cada peregrinación, todos los años, ahora con el deseo de dejarnos mirar por sus ojos de Madre. Esa mirada atrae; atrae como Jesús en la cruz, que nos atrae continuamente como Él anticipó: “Cuando sea elevado, atraeré a todos hacia mí”. Esta mirada de la Virgen también nos atrae y persuade. Por eso te susurramos: “Madre, tu mirada renueva nuestra esperanza”. Y devolviéndole la mirada, podemos renovar la esperanza para seguir caminando. La esperanza que tenemos los cristianos de encontrar una vida más solidaria, más fraterna, más justa, más preocupados y “calientes” por el bien común, nunca fríos y menos indiferentes. Porque somos hijos de una misma Madre. El corazón tiene que arder cuando se nos convoca para el bien común, tiene que arder ante la pobreza, ante la injusticia. Esta es la mujer fuerte del Evangelio, la que alabó a su Señor que exalta a los humildes y deja a los ricos con las manos vacías.

Madrecita de Luján, esta tarde queremos renovar nuestra filiación. Somos tus hijos, a pesar de que a veces nos olvidamos de vos… y te queremos pedir ¡tantas cosas! Entre el pan y el vino de las ofrendas, los sacerdotes y yo vamos a poner las intenciones de los peregrinos, las escritas y las que están en los corazones de Uds.

Como obispo de La Pampa, te pido Madre, especialmente por las vocaciones para la iglesia que peregrina en La Pampa.

Las vocaciones a la vida del matrimonio: al amor y a la fidelidad; necesitamos matrimonios jóvenes que formen familias cristianas y buenas, con la alegría de la esperanza. Madrecita de Luján, “mamita” nuestra, te pedimos por las vocaciones a la vida religiosa, a la vida consagrada: necesitamos testigos que sean fieles en la pobreza, en la obediencia y en la castidad. Necesitamos laicos comprometidos; necesitamos gente buena que en todos lados se convierta en discípulos y testigos de tu Hijo amado. Y sobre todas las cosas, para nuestra diócesis, Madre mía, te pido sacerdotes, sacerdotes según el corazón de tu Hijo, del Buen Pastor.

Intercede por estas cosas de tus hijos, Madre nuestra, ante tu Hijo, el Buen Pastor.

Mons. Mario Aurelio Poli, obispo de Santa Rosa y Capellán Nacional Scout 


Publicado por verdenaranja @ 22:30  | Homil?as
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