Domingo, 18 de octubre de 2009

Homilía de monseñor Domingo S. Castagna, arzobispo emérito de Corrientes, en la Fiesta de Nuestra Señora del Rosario. (AICA)
(7 de octubre de 2009)

nuestra señora del rosario 

María reúne en su Inmaculado Corazón todos los Misterios de su Hijo divino. El Evangelista Lucas afirma que los guarda en su Corazón: “Su madre conservaba estas cosas en su corazón”. (Lucas 2, 51) Pero no para ella, para su personal satisfacción espiritual, sino para la contemplación y para el servicio de sus hijos. La historia es testigo de esa reserva creyente y maternal. A través de las épocas diversas, algunas muy marcadas por el conflicto, la descubrimos sacar de su Corazón lo que atesoró para nosotros y que, en el Cielo, contempla con infinita más nitidez que en la tierra. Su advocación de Nuestra Señora del Rosario nos habla de una devoción que inspiró ella y confió a uno de sus más queridos hijos: Santo Domingo de Guzmán. En ella se cumple, de manera sencilla y real, su misión de mantener al mundo en contacto con su Hijo, el Salvador. Recorrer los diversos misterios de la Vida de Cristo, en el clima angélico de las “Aves Marías”, es tender el puente entre la muerte y la vida, el pecado y la gracia del perdón, la corrupción y la pureza, el error y la Verdad.

La Iglesia Catedral, y parroquia de Ntra. Sra. del Rosario, celebra hoy a su celestial Patrona. Las celebraciones cristianas no son homenajes sino actualizaciones de la realidad que recuerdan. Hemos llevado la sagrada Imagen por las calles, invocando piadosamente la intercesión de la Madre, hasta concluir en esta liturgia de la Palabra y en la Eucaristía. El Evangelio nos relata, por la pluma de San Lucas, la Anunciación del Arcángel Gabriel a María. En el transcurso de aquel misterioso diálogo se inicia el acontecimiento que salva a la humanidad del pecado y la impulsa hacia la reconciliación y la paz, bloqueadas, hasta entonces, por la trágica decisión de Adán y Eva. Cuando rezamos piadosamente el Santo Rosario renovamos en nuestro corazón la fe en los hechos iniciados en aquel encuentro de Dios – por medio del Ángel - con la humildísima joven llamada María. Casi por ósmosis se produce en nosotros un compromiso de fe, animado por la gracia del Espíritu que la cubre a ella. El Santo Rosario es un instrumento admirable de santificación. Muchos santos han comprobado su extraordinaria eficacia en sus vidas heroicamente virtuosas.

El Pueblo santo de Dios no ha cedido a la imprudente descalificación de este piadoso ejercicio, por parte de espíritus aparentemente fuertes, en el seno de la misma Iglesia. Nuestro pueblo cristiano sigue desgranando las “Aves Marías” y dejándose interpelar por la Palabra en la meditación de los diversos Misterios. Su consecuencia práctica es la preservación de la fe católica y el compromiso evangelizador en un mundo que desfallece por causa de la incredulidad, de la corrupción y del materialismo. Decía S. S. Pablo VI en su exhortación apostólica sobre la evangelización: “En este mundo moderno... No sería exagerado hablar de un poderoso y trágico llamado a ser evangelizado “.

Corrientes tiene a su favor un pueblo profundamente creyente y mariano. No podemos descansar “sobre los laureles”. Es verdad que ha dado muestras de heroicidad en diversas y dolorosas gestas históricas; como pueblo católico, hace apenas cinco años, ha asombrado a todo el país en las jornadas inolvidables del X° Congreso Eucarístico Nacional. No basta. La corrupción y la indiferencia siguen anidadas en los pliegues escondidos de su vida social. El único antídoto seguro es la fe religiosa. Los cristianos deben asumir su responsabilidad ciudadana aplicando los valores evangélicos en la construcción de una sociedad sin excluidos y en la restauración de un orden jurídico sano, que permita el ejercicio responsable del poder y de una justicia independiente que llegue bien y a tiempo.

Este pueblo orante, siempre peregrino, no cierra su respuesta de fe en los actos masivos de su innegable y ponderable religiosidad. La fe es respuesta a Dios que convierte el caos en orden, el odio en amor, la mezquindad en generosidad, la indiferencia ante el dolor callado de nuestros innumerables pobres en solidaridad. María es garante de los valores humanos y cristianos desde que, junto a la Cruz de su Hijo, se comprometió en velar por todos. Nuestra celebración patronal es un inmenso y definitivo gesto de confianza en su maternal protección. Que así sea.       

Mons. Domingo Salvador Castagna, arzobispo emérito de Corrientes

 

 


Publicado por verdenaranja @ 21:25  | Homil?as
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