Domingo, 18 de octubre de 2009

Homilía de monseñor Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia para el vigésimo septimo domingo durante el año. (AICA)
(4 de octubre 2009)

“El que no está contra nosotros,
está con nosotros”
 

1. La lectura del Evangelio de hoy trae dos escenas: 1ª) la pregunta sobre el divorcio: “¿es lícito al hombre divorciarse de su mujer? (Mc 10,2); 2ª) los discípulos que apartan a los niños de Jesús: “Le trajeron a unos niños para que los tocara, pero los discípulos los reprendieron” (v. 13). Si bien las dos escenas no están en los tres Evangelios sinópticos, están las enseñanzas que se desprenden de ellas, pues eran muy significativas para los cristianos de los primeros tiempos cuando se escribían los Evangelios. Y lo estarán siempre. Viviendo en el mundo donde la realidad de matrimonio está sometida a las leyes más diversas, es comprensible que uno se pregunte: ¿yo cristiano puedo, como los otros, separarme de mi mujer? Otro tanto vale de la escena de los niños: ¿desde cuándo estos tienen uso de razón y son responsables de sus actos? ¿Desde qué edad se los ha de iniciar en la fe en Jesús?

I. “El hombre no separe lo que Dios ha unido”

2. La cuestión del divorcio se ha vuelto especialmente complicada, pues en el mundo occidental se ha derrumbado el pilar legal, inspirado en el cristianismo, que sostenía al matrimonio. El matrimonio cristiano se basa en el plan de Dios al crear al varón y a la mujer: “Desde el principio de la creación, Dios los hizo varón y mujer. Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos serán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido” (vv. 6-8). El matrimonio civil, en cambio, si bien intenta basar el matrimonio en la naturaleza de los cosas, no siempre logra conocerla. Y lo fundamenta, entonces, en concepciones sujetivas de la relación varón-mujer. Jesús las llama “la dureza del corazón de Uds.” (v.5). Fundamento que es necesariamente endeble, y da pie a llamar matrimonio a cualquier fantasía, que en vez de fundamentarlo, lo destruye. Hoy está de moda llamar matrimonio a cualquier convivencia entre dos personas, así sean del mismo sexo, reconocerla como “familia” y darle el derecho de adoptar hijos.

3. La concepción del matrimonio que enseña Jesús y las múltiples concepciones de matrimonio de la cultura moderna son irreconciliables. Lo cual plantea el interrogante: ¿dónde la Iglesia ha de concentrar sus esfuerzos? ¿En frenar el derrumbe de la legislación civil en cuanto todavía defiende rasgos del verdadero matrimonio? ¿O en instaurar una pastoral más adecuada para los cristianos que quieren contraer matrimonio conforme a su fe? Habrá que hacer un poco de lo primero, por el peso que la ley tiene en moldear la conciencia de un pueblo. Pero, sobre todo, hemos de hacer lo segundo. ¿Ya estamos dando los primeros pasos? Ello nos corresponde a todos, a pastores y a fieles.

II. “Dejen que los niños se acerquen a mí”

4. Una cuestión no menos grave para la evangelización, es la edad de los niños para la iniciación cristiana. Es una cuestión que, desde los primeros tiempos del cristianismo, vuelve periódicamente sobre el tapete. Es probable que la cuestión se discutiese ya cuando San Marcos escribía su Evangelio. Se puso álgida durante el siglo II. El dicho de Jesús “Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan” (v. 14), fue interpretado en forma arrevesada por Tertuliano, un gran pensador cristiano, pero rígido en sus actitudes, que lo llevaron fuera de la Iglesia: “Es cierto que el Señor dice ‘Dejen que los niños vengan a mí’. Si, que vengan cuando ellos sean más grandes; que vengan cuando estén en edad de ser instruidos; cuando hayan aprendido a conocer hacia quien ellos van. Que se hagan cristianos cuando sean capaces de conocer a Cristo”. Desde entonces, la edad de la catequesis no ha dejado de discutirse, no importa las normas que los episcopados den al respecto.

5. Ello sucede porque no se tiene en cuenta la naturaleza de la fe, se desconoce la capacidad del niño por lo religioso, se piensa en modelos pastorales de otras épocas o de otros países, y, sobre todo, no se tienen en cuenta las circunstancias reales, cambiadas y muy difíciles, en que vive el niño argentino. Si observásemos el mapa de la República, veríamos enseguida cómo la población se concentra, cada vez más, en el Gran Buenos y en las capitales de Provincia. Y que ello es producto de innumerables familias que, con sus hijos, dejan silenciosamente el campo y emigran a la gran ciudad, muchas veces sin la escuela primaria terminada y sin catequesis.

6. Ya que hablamos de “misión continental”: ¿no habremos de hacer un esfuerzo conjunto por parte de las parroquias rurales, de donde emigran lo niños, y de las de los suburbios de las ciudades que los reciben, para que los niños puedan tener su catequesis de iniciación cristiana? Mientras la sociedad piensa en proveer de píldora anticonceptiva a las adolescentes sin permiso de los padres, y se proyecta declarar imputables a los chicos de catorce años, no tiene sentido hacer discusiones bizantinas sobre la edad de los chicos para la catequesis de comunión y de confirmación.

No podemos soslayar más el mandato de Jesús: “Dejen que los niños se acerquen a mí” (v. 14).

Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia

 

 


Publicado por verdenaranja @ 22:14  | Homil?as
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