Martes, 20 de octubre de 2009

Una imagen de la Virgen de Luján fue entronizada este sábado en el cenotafio del cementerio de Darwin, en las Islas Malvinas, hasta donde llegó el segundo contingente de familiares de los caídos en la guerra de 1982 para homenajear a sus seres queridos.  El grupo fue acompañado por el obispo de Río Gallegos, monseñor Juan Carlos Romanín, quien presidió una misa. (AICA)


 Texto completo de la homilia de Mons. Romanín

Queridos hermanos todos:

     Hoy hemos venido desde distintos y lejanos lugares para rendir nuestro homenaje de cariño y oración a nuestros seres queridos que han fallecido durante la guerra de 1982.

     Nos dice la Palabra de Dios en el libro de la Sabiduría: “Las almas de los justos están en las manos de Dios… Ellos gozan de la felicidad.” Así, tenemos la seguridad de que gozan del merecido “cara a cara” con Dios para siempre.

     La Cruz mayor que preside este cementerio de Darwin, y las cruces pequeñas en cada tumba, son signo de esperanza y de resurrección, porque allí Jesús ha vencido a la muerte y nos hizo participar de su gloria inmortal. Este lugar no es un desierto sin vida, es un campo sembrado con esperanzas.

     A partir de cada dolor, de cada separación, de cada muerte irreparable, tenemos la oportunidad y la posibilidad de poder encontrarnos con Dios, de construir algo distinto, de saber que algo nuevo puede nacer.

     Sólo desde el grito de Jesús en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” tenemos la certeza de que es el mismo Dios el que grita desde dentro de nosotros, que sufre con nosotros y desde nosotros, que hace suyos nuestros dolores, nuestras muertes, y que, por eso, da la vida, “la vida en abundancia”.

     No estamos solos. Dios no está lejano o ausente de nuestras historias. Peregrina por nuestros propios caminos, recorre nuestros mismos pueblos y ciudades. Está vivo “donde hay dos o más reunidos en su Nombre”. Sabe muy bien quiénes somos y qué necesitamos, cuáles son nuestras alegrías y nuestros gozos, nuestros sufrimientos y angustias. Porque nos ama hasta la locura... Porque hace realidad sus mismas palabras: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”.

     Nuestra presencia en este lugar, nos ayuda a buscar y a encontrarnos con Dios, a descubrirlo, a elegirlo, a amarlo en el rostro de cada uno de nuestros seres queridos cuyos restos veneramos, incluso en el rostro de aquellos de los que sólo conocemos por esa frase contundente: “Soldado argentino que sólo Dios conoce”. Ahora, para nosotros, el rostro crucificado de Dios tiene nombre y apellido.

     En su imagen sentimos el calor del abrazo de la cruz, el abrazo del “Dios amigo de la vida” que nos impulsa a encontrar lo bueno, lo bello, lo grande.

     El duelo es necesario e inevitable. Las pérdidas que tenemos que sufrir están constantemente presentes y deben afrontarse. Y esto implica sufrimiento, que, a su vez, exige un gran proceso de sanación. No se improvisa ni se hace de la noche a la mañana. Por eso, era necesario venir hasta aquí.

     Cada uno ha experimentado, de una manera u otra, el aturdimiento inicial, la lamentación, la negación, el rechazo, el miedo, la ansiedad, la culpa, la bronca, la tristeza profunda, la resignación, el reencuentro con Dios, la serenidad interior, la aceptación.

     Nuestros muertos ya murieron, y en nuestras mentes ya lo sabemos, pero nuestros corazones necesitan tiempo para saber y aceptar que ya partieron.

     Dejemos que Dios fecunde nuestro sufrimiento. Y cuando suframos, hagámoslo positivamente, al estilo de Jesús: por amor, y sólo por amor, como lo estamos haciendo esta mañana.

     Y hoy lo hacemos con la imagen de la Virgen Nuestra Señora de Luján, que ha recorrido miles de kilómetros para quedarse aquí. Es Ella la que se quiere quedar. Vivamos la certeza de saber que la Virgen, ofreciendo su ternura materna, intercederá y cuidará el descanso eterno de nuestros padres, hermanos, hijos, amigos, que reposan y recordamos en este “campo santo”.

     El Padre Peter Norris que nos acompaña, nos ha leído la página del Evangelio en la que Jesús dice al discípulo: “Ahí tienes a tu Madre. Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa”.

     Creo que todos hemos hecho experiencia que cuando sufrimos momentos de intenso dolor, enseguida recurrimos a nuestra madre. Hoy también lo hacemos. Ella es la mamá que, como Jesús, nos conoce muy bien a cada uno, que nos escucha y sufre con nuestras lágrimas de dolor, que sana las heridas de nuestros corazones, que nos regala la esperanza de saber que un día nos vamos a volver a encontrar con nuestros seres queridos fallecidos.

     Le pedimos a Ella que interceda ante su Hijo Jesús para que Él dé:
     la paz de una vida sin fin a quienes dejaron su vida terrena en Malvinas,
     la paz en el corazón a quienes sufren heridas y las consecuencias de aquellos trágicos hechos,
     la paz y la esperanza a los familiares, compañeros y amigos de unos y otros,
     y nos dé a todos: días de justicia y de paz, de libertad y de fraternidad universal.
     Que así sea.+


Publicado por verdenaranja @ 22:20  | Homil?as
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