Martes, 20 de octubre de 2009

Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata en la misa con motivo de la entrega de las distinciones “Divino Maestro”, del CONSUDEC. (AICA)
(25 de septiembre de 2009)


El ministerio del maestro cristiano 

La advertencia de Jesús a sus discípulos –que acabamos de escuchar– acerca del uso de los títulos honrosos de maestro, padre y doctor, fueron registradas por el evangelista en el contexto de fuertes invectivas del Señor contra escribas y fariseos. Se conocen exhortaciones rabínicas contemporáneas que alertaban sobre los peligros de desviación hacia la hipocresía y la vanidad; advertían que no se ha de poner la ley de Dios al servicio del propio honor. La tendencia a exhibir la propia religiosidad es una tentación característica del hombre religioso, y se la puede detectar en cualquier época. Notemos el tenor preciso de la prohibición. Jesús dice: no se hagan llamar maestros, no se dejen llamar doctores; el propósito es cohibir el afán por el título y las aspiraciones al poder y al honor. Durante el siglo I el tratamiento honorífico de rabbí, que significa señor mío, se convirtió en un término técnico que designaba a los rabinos, maestros de la ley. Padre –abba– se aplicaba a personas respetables de cierta edad, bienhechores, maestros y otros personajes relevantes, como también a los antepasados. El tercer título, que el leccionario traduce doctor, significa en el original griego guía, director, referido sobre todo a quien orienta en la vida.

Cuando San Mateo redactaba su evangelio, las comunidades de la Iglesia iban adquiriendo su estructura orgánica e institucional. Las advertencias de Jesús asumían entonces un valor especial: los jefes de las comunidades, los depositarios de carismas y ministerios, los miembros más destacados deben cuidarse de una deformación mundana o farisaica de su servicio. Todo el honor compete a Dios Padre y al Mesías; el adorno con bellos títulos no puede empañar la fraternidad de los discípulos. El magisterio y la paternidad son un servicio a los hermanos. El maestro cristiano es, ante todo, discípulo de Cristo; está ligado a su enseñanza y a su ejemplo de humildad. Explicando este pasaje del Evangelio, Santo Tomás de Aquino dice que hay un solo maestro que es Dios, pero son muchos los que tienen el oficio de enseñar; sólo Dios es maestro por naturaleza, los demás son maestros ministerialmente, por participación.

Honrosa tarea, glorioso ministerio el del educador cristiano, llamado a ser réplica del único maestro: de Dios nuestro Padre creador, fuente de toda sabiduría, que ha dotado a la naturaleza humana de la lumbre intelectual; de Jesucristo, maestro en cuanto Dios y en cuanto hombre, porque es el Verbo y porque ha sido enviado a la tierra como revelador del Padre, para enseñar. La del maestro ha sido, desde los orígenes, una figura de valor en la historia de la Iglesia. San Pablo enumera el ministerio del didáskalos junto al de los apóstoles, los predicadores del Evangelio y los pastores de la comunidad; son dones que Cristo distribuye para la edificación de su Cuerpo eclesial (cf. Ef. 4, 11 ss.). Conocemos nombres insignes de todas las épocas: Padres de la Iglesia y santos doctores, preceptores geniales que cultivaron las ciencias y las letras a la luz de la fe, fundadores de escuelas y de congregaciones dedicadas a la educación de los pobres y de las élites, forjadores de una tradición pedagógica específicamente cristiana que puede ser siempre actualizada porque responde a la naturaleza humana, a su dimensión trascendente, a su dinamismo de perfección y a su aspiración a la felicidad.

Al educador cristiano se le imponen hoy tareas excesivas. No me refiero a la necesidad de acudir a remediar carencias elementales de orden material, oficio que la escuela, en las circunstancias penosas que vive la Argentina, de ninguna manera puede rehuir. Pienso más bien en el fenómeno mundial que Sciacca caracterizaba como oscurecimiento de la inteligencia, y que antes, desde una perspectiva sociológica, señalaba Karl Mannheim como pérdida de capacidad de juicio propia del hombre medio. Es necesario enseñar a aprender, enseñar a pensar, ayudar a nuestros jóvenes a desarrollar hábitos rigurosos de pensamiento: de distinción, de crítica, de síntesis, de sistematización; ofrecerles motivaciones e incitarlos a la búsqueda y al amor de la verdad. Es éste un requisito para que la razón se abra de manera plenamente humana a la fe y para que se expanda gozosamente en el conocimiento de la fe. Así, como dice el Apóstol, no correrán el riesgo de ser arrastrados por el viento de cualquier doctrina, a merced de la malicia de los hombres y de su astucia para enseñar el error (Ef. 4, 14). ¿Cómo podrán resistir sin esos recursos nuestros chicos los intentos de imposición de un pensamiento hegemónico, que se ejercitan con presiones a veces sutiles, a veces grotescas, por obra de los ideólogos de turno?

Otro capítulo principal es la educación de la voluntad. El descalabro afectivo de tantos jóvenes, por hundimiento en una pereza patológica o por exaltación agresiva y violenta, resulta de la anulación de la voluntad y de su político influjo sobre los sentimientos y las emociones. Sin voluntad recta y recia la personalidad se diluye, se torna imposible la adquisición de las virtudes y el asumir la vida como una vocación. El sujeto se convierte en uno más del rebaño, en material disponible para ser modelado según las modas, para adoptar gregariamente los tics rituales de la cultura de boliche. El don de la gracia y el esfuerzo de la ascesis son los recursos que, según una idea plena del hombre, plasman la voluntad y hacen del varón y la mujer personas de ley. ¿Cómo se podrá aspirar a la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo (Ef. 4, 13) sin fortaleza ni magnanimidad? No olvidemos nunca que nuestra tarea como educadores es un ministerio eclesial, y que nuestro propósito es formar buenos cristianos, si es posible santos, para que sean hombres y mujeres de bien. Lo peor que podríamos hacer es rebajar la altura fascinante del ideal y conformarnos resignadamente con la mediocridad.

La inteligencia y la voluntad son las fuentes de la libertad. Un proyecto educativo católico puede identificarse como educación para la libertad. Se entiende, para una libertad de cualidad y de perfección orientada a elegir y realizar el bien, para la libertad cristiana, que según San Pablo no debe ser un pretexto para satisfacer los caprichos y arbitrariedades del hombre viejo, sino la capacidad de someterse a la ley del amor, al régimen del Espíritu Santo, en el servicio fraterno (cf. Gál. 5, 13). Esto no se aprende en una clase, sino en la vida de la comunidad educativa a lo largo de los años de formación y contando con el testimonio ejemplar de los maestros. La autoridad educativa cumple auténticamente su esencia cuando es capaz de suscitar en los educandos, según el ritmo de maduración de la personalidad, el sentido y el ejercicio de la verdadera libertad; así el maestro promueve, engrandece, engendra, espiritualmente, cuando en el discípulo se perfila con nitidez la imagen divina. Porque Dios nos ha creado y Cristo nos ha redimido para ejercer aquella libertad que nos haga felices y nos encamine al cielo.

Es fácil hacerse llamar maestro, pero es difícil serlo de veras. Al menos, es difícil serlo gozosamente y poder percibir como recompensa los frutos del empeño. A las dificultades intrínsecas del proceso educativo, que tornan apasionante la tarea del educador, se suman las que proceden de las circunstancias. Son las que enfrentamos y sufrimos cotidianamente en un país desquiciado como la Argentina de hoy: el ambiente social y cultural de incertidumbre y crispación, de escepticismo y decadencia; los cambios en las costumbres, que arrasan, irreflexión mediante, con valores fundamentales de humanidad; el influjo ideológico anticristiano de centros de poder y de la mayoría de los medios de comunicación, por no hablar del cretinismo y la imbecilidad que se difunden a mansalva; la orientación contructivista y sociologizante de las pautas pedagógicas oficiales y la incesante mudanza de un sistema que periclita de reforma en reforma; la pobreza extrema de muchas familias y la falta de interés de muchas otras que abandonan a sus hijos en la puerta del colegio y están más dispuestas a la protesta y la denuncia que al diálogo y la colaboración.

No es fácil, en efecto, ser maestros de veras. Probablemente, nunca lo fue, y sin embargo muchos lo han logrado. Todos recordamos con gratitud y cariño a alguna maestra de nuestra infancia, a algún maestro de nuestra juventud. Si contemplamos la historia ya larga de la Iglesia, podemos reconocer una galería de santos educadores, a cuya intercesión queremos en esta Misa encomendarnos y de cuyo ejemplo deseamos valernos para asemejarnos un poco más a Cristo Maestro. Hoy homenajeamos a una treintena de educadores cristianos que no se arredraron ante los obstáculos y que con esperanza y paciencia, con alegría y mucho amor han ejercido y ejercen la tarea educativa como un ministerio eclesial. Sin contrariar la advertencia evangélica podemos llamarlos maestros y expresarles nuestro reconocimiento. Como bien explicó San Agustín, lo que después de todo hace el maestro cristiano es ayudar desde fuera para que el discípulo se vuelva al maestro interior y sea instruido por él. Amarlo y conocerlo –concluye- es la vida feliz, que todos declaman a gritos buscar, pero pocos son los que en verdad se alegran de haberla encontrado.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata


Publicado por verdenaranja @ 22:26  | Homil?as
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