Mi?rcoles, 21 de octubre de 2009

Homilía de monseñor Mario Luis Bautista Maulión, arzobispo de Paraná con en la misa de clausura del Año Jubilar Arquidiocesano. (AICA)
(7 de octubre de 2009)

Año Jubilar Arquidiocesano 

Querido Cardenal Estanislao Karlic, Querido Monseñor Cé4sar Daniel Fernández, Queridos Sacerdotes, Diáconos y Consagrados, Altas Autoridades Provinciales, Municipales, de las Fuerzas Armadas y de las Fuerzas de Seguridad. Queridos Hermanos todos

1.- Estamos culminando el Año Jubilar Arquidiocesanos. Lo iniciamos el 28 de Junio del año al recordar los 150 años de vida como Iglesia Diocesana. El 13 de Junio de 1859 el Papa Pío IX – posteriormente beatificado por el Papa Juan Pablo II – la había creado. Uníamos esta celebración con los 2000 años del nacimiento de San Pablo. Nos propusimos como lema para este año jubilar la frase del Apóstol San Juan (I Jn 1,3) “Lo que hemos visto y oído se lo anunciamos para que Ustedes estén en comunión con nosotros”. Queríamos así, hacer memoria de nuestra historia como Diócesis y, más allá en el tiempo, de toda esa historia que arranca desde el mismo Jesús, Muerto y Resucitado. Una y otra constituyen la historia de testigos que recibiendo a Jesús en sus vidas lo fueron trasmitiendo: “Lo que hemos recibido se lo trasmitimos” como ya lo decía San Pablo, en los primeros tiempos de la Iglesia. Es una transmisión o entrega realizada por testigos. Al hacer memoria, quisimos y queremos agradecer el don de la Fe.

2.- A su vez, quisimos sentirnos renovados en el ardor, tanto personal como comunitario, como aquellos discípulos de Emaús, ese ardor que tuvieron muchos que nos precedieron y que los llevó a trasmitir abnegadamente la fe en el Señor Jesús. Quisimos renovarnos en obedecer el pedido y mandato de Jesús (“Vayan a todas partes”) en una actividad sin límites ni fronteras. Con una mirada desde los ojos de Jesús sobre la realidad que vivimos, que construimos y que por momentos es y aparece como dolorosa y desconcertante. Por eso nos propusimos afianzar en nuestra iglesia diocesana la unión cordial (unión de corazones) e integrarnos en servicialidad fraterna hacia todo hombre: es el camino que Jesús nos señala para que el mundo crea que Él es el Señor: amarnos como Él nos amó, hasta dar la vida.

3.- Durante el Año Jubilar recibimos y realizamos la peregrinación de las imágenes de Nuestra Señora del Rosario. Igualmente realizamos en nuestras comunidades un camino misionero hacia todas las familias y organizaciones con el mensaje y con el testimonio de Jesús. No siempre pudimos hacerlo como era deseable. Pero concretamos, con diversos tonos y alcances, este caminar hacia el hombre anunciando a Jesús. Quisimos hacer lo que es esencial a la Iglesia: evangelizar, es decir, anunciar que Jesús Resucitado vive y está con el hombre. Acercar Jesús al hombre para que el hombre vea y sienta que Jesús es su Salvador, que Jesús es el Señor. Y hacer este anuncio con palabras y con hechos, con amor servicial.

4.- El Evangelio proclamado nos recordó la Anunciación. El relato comienza con enviado: el ángel Gabriel es enviado desde la misteriosa realidad del cielo a una joven cuya vida era tan valiosa como insignificante humanamente hablando. El anuncio es primeramente alegría: ¡el Señor está contigo! La cercanía y la presencia del Dios invisible provocan alegría. Es también un anuncio sublime que causa desconcierto: “darás a luz porque Dios te cubrirá con su sombra”. Ante la pregunta de María, la respuesta que recibe es que en ella se realizará el misterio de una virgen que concibe por obra del Espíritu Santo: “Nada hay imposible para Dios”. Y la respuesta de María es “que se cumpla en mí lo que has dicho”. Es la acogida amorosa a lo que la asombrará. Ella desde ese momento, en su embarazo, en su parto, en su vida familia familiar y social, con su Hijo bebé, Niño, Adolescente, Joven, Adulto y con Él hasta la Cruz y desde su Resurrección hasta Pentecostés fue la que llevaba a Jesús y lo anunciaba. Fue Madre de Él y, luego, por mandato de Él, Madre de los creyentes. Fue, así, misionera, enviada y portadora de Cristo. La presencia de María en Pentecostés como escuchamos en la 2ª Lectura, nos la muestra en un rasgo que caracterizó toda su vida: orando en silencio, con los hermanos, esperando al Señor. Fue, así, Discípula – Misionera.

5.- Culminando el Año Jubilar queremos desde hoy abrirnos y lanzarnos a un estado de misión permanente o a un permanente estado de misión, afianzando las dos inseparables características del creyente: DISCIPULO – MISIONERO. Como discípulo queremos acrecentar en nosotros y en nuestras comunidades la escucha más frecuente de la Palabra de Dios. Queremos celebrar con alegría y con esperanza el encuentro con Jesús en la Eucaristía dominical y frecuente para estar, como hermanos, proclamando su Muerte y su Resurrección. Queremos sentirnos urgidos a amar como Él nos amó y nos pidió que amáramos en especial a los que más necesitan porque menos tienen, menos pueden o menos saben. Como enviados sentimos la urgencia de dar a conocer a Jesús, con palabras y con hechos. Los hechos han de ser el claro testimonio de nuestras vidas. Necesitamos convertirnos más al Señor para que nuestra conducta sea el anuncio más creíble de Jesús. El mundo en el que vivimos, que construimos que sufrimos necesita el testimonio del creyente en Jesús.-

6.- Junto con toda la Iglesia en Argentina necesitamos trabajar en este camino “hacia el Bicentenario en justicia y solidaridad”. No quiero hablar de lo que otros deberían hacer. Siento la urgencia de decirnos qué es lo que ha de ser nuestro aporte como creyentes para nuestra patria y nuestra sociedad

Recuperar el respeto por la familia y por la vida en todas sus formas. Es decir de toda vida humana, en todas sus etapas, en especial en los indefensos, los excluidos que finalmente son descartado. Trabajar en la solidez de la familia que ha de ser el lugar en el que se generen los valores más sólidos y dónde se aprenda a amar y a ser amado.

Avanzar en la reconciliación y en la capacidad de diálogo. Es decir educar y favorecer en nosotros y entre nosotros todos los gestos, obras y caminos de reconciliación y amistad social, de cooperación e integración. Oímos y hablamos con frecuencia de luchas. La lucha nunca ha de ser contra hombres sino contra lo malo.

Alentar el paso de ser simplemente habitantes a ser ciudadanos responsables. Es preciso afirmarnos que es preciso cumplir los deberes que derivan de nuestra ser ciudadanos.

Animar a un incansable procesos para superar la pobreza que, guste o no, es un escándalo siempre. Nosotros necesitamos más que lamentarnos, trabajar para la superación del sufrimiento de tantos hermanos nuestros que lo sufren y estando con nosotros est5amos urgidos a elevarlos en la condición en que viven.

Necesitamos afianzar la educación y el trabajo: son la clave del desarrollo y de la justa distribución de los bienes. Porque una tenaz educación en valores y una formación para el trabajo junt6o con políticas generadoras de trabajos dignos harán superar la pobreza y el asistencialismo desordenado que terminan generando desigualdad y dependencias dañinas.

Reitero: mi palabra no son apreciaciones sobre otros. Sí son reflexiones que vienen dirigidas en primer lugar a quien les está hablando. Pero también quiero trasmitirlas a mis hermanos en la fe como un modo de realizar nuestra condición de enviados y misioneros de Jesús para nuestro mundo. Parafraseando al Martín Fierro no son para mal y condena de otros sino bien de todos.

Hermanos: nos es preciso

Crecer en nuestra condición de discípulos.

Vigorizar nuestra condición de testigos

Con una vida en y desde Jesús y hacia el hombre, hacia todo hombre, hacia cada hombre

María nuestra Madre y Patrona sea nuestro de creyente y sea nuestra intercesora.

Invoquemos a María.

Imitémosla

Mons. Mario Luis Bautista Maulión, arzobispo de Paraná


Publicado por verdenaranja @ 22:30  | Homil?as
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