Jueves, 22 de octubre de 2009

 Newsletter, Missione /Redemptor hominis/ nos presenta un artículo publicado en su Sitio www.missionerh.it <http://www.missionerh.it/ 

 
*APRENDER DE LOS LABIOS DEL MAESTRO A SER DISCÍPULOS MISIONEROS*

 Afirma el /Documento de Aparecida/: "Los discípulos de Jesús están llamados a vivir en comunión con el Padre y con su Hijo muerto y resucitado, en la comunión en el Espíritu Santo. El misterio de la Trinidad es la fuente, el modelo y la meta del misterio de la Iglesia:
Un pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, llamada en Cristo como un sacramento, o signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano.
La comunión de los fieles y de las Iglesias Particulares en el Pueblo de Dios se sustenta en la comunión con la Trinidad" (n.º 155).

 Un poco más adelante agrega: "Al igual que las primeras comunidades de cristianos, hoy nos reunimos asiduamente para escuchar la enseñanza de los apóstoles, vivir unidos y participar en la fracción del pan y en las oraciones. La comunión de la Iglesia se nutre con el Pan de la Palabra de Dios y con el Pan del Cuerpo de Cristo. La Eucaristía, participación de todos en el mismo Pan de Vida y en el mismo Cáliz de Salvación, nos hace miembros del mismo Cuerpo. Ella es fuente y culmen de la vida cristiana, su expresión más perfecta y el alimento de la vida en comunión. En la Eucaristía, se nutren las nuevas relaciones evangélicas que surgen de ser hijos e hijas del Padre y hermanos y hermanas en Cristo. La Iglesia que la celebra es /casa y escuela de comunión/, donde los discípulos comparten la misma fe, esperanza y amor al servicio de la misión evangelizadora" (n.º 158).

 Nunca debemos olvidar - como escribe, a su vez, el Cardenal Martini - que "la comunión es don. Ella no se basa en nuestros esfuerzos de colaboración pastoral, y tampoco en el sincero deseo de amistad.
Estas cosas son importantes y tenemos que proponérnoslas siempre. Pero, la comunión de la que hablan los /Hechos de los Apóstoles/ y la /Primera carta de san Juan/, aquel estar juntos, tan característico de la primitiva comunidad, es don de Dios; es el nuevo modo de ser, que nos viene de lo alto. Es la participación que Dios nos da, de su misterioso estar juntos en la Trinidad. Es la participación, por gracia, del estar juntos que liga a Jesús a sus discípulos, llamados para estar con Él. Este don se basa ante todo en la gracia bautismal. El bautismo nos hace estar juntos en la Iglesia esparcida en todo el mundo, con el Papa y con los Obispos sus hermanos, con todos los bautizados, con todos los que Dios llamará. A la Iglesia Dios le hace el don de su comunión de vida trinitaria, y en la Iglesia cada uno hace experiencia de comunión" (C.M. Martini, /Dizionario spirituale. Piccola guida per l'anima/).

 *¿"Quién" es la Iglesia?*

 Hay necesidad de una Iglesia que se interrogue: "¿Quiénes somos?, ¿qué hacemos?, ¿cómo vivimos?".

 Hace falta volver a la pregunta fundamental, hecha por los grandes teólogos que han renovado la eclesiología, entre los cuales Von Balthasar, que planteó así el problema: no "qué" es la Iglesia, sino "quién" es la Iglesia.

Desde un punto de vista pastoral, Von Balthasar se pregunta: "¿Quién me da de comer el pan de vida? ¿Quién me da de comer su cuerpo como cuerpo del Señor?".

 Hoy, en el tiempo de la cultura posmoderna y de los grandes procesos de la globalización, todos estamos considerados simplemente como números e introducidos en un proceso de producción, en el cual uno vale solo por lo que produce.

 Se viven relaciones anónimas, impersonales.

 También nosotros, a pesar de todos nuestros departamentos y oficinas, tenemos el riesgo de reducirlo todo al /ex opere operato/, donde los actos valen por sí mismos, independientemente de la persona que los cumpla, o sea, independientemente del /ex opere operantis/.

 Además, en un tiempo en que se pasa de una pastoral estrecha y únicamente sacramental a una pastoral misionera y evangelizadora, en la que se redescubren, o quizás se descubren por primera vez, los sacramentos como "sacramentos de la fe" (y la fe siempre existe en dependencia de la escucha de la palabra, como nos recuerda san Pablo en la /Carta a los Romanos/), es fundamental subrayar que la acción de la fe y el testimonio de quien la anuncia tienen toda su importancia, muchas veces no adecuadamente considerada.

 Por este motivo, los sacerdotes y los responsables de los varios departamentos tienen que vivir una verdadera comunión, en la fe y la oración. Una comunión que nace de la palabra de Dios, escuchada en un silencio religioso, y que vuelve a la palabra de Dios hipostáticamente unida a "los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias" de los hombres entre los cuales se vive.

 *Dar contenido a los encuentros*

 Por estas razones eminentemente teológicas, hay que averiguar cuándo las reuniones y los encuentros son verdaderamente necesarios.
En efecto, a menudo se realizan para no decir nada. Se habla solo de cómo organizarlos, y toda la vida se transforma en una burocracia que administra la nada. De esta forma, llega a faltar el contenido de una auténtica evangelización.

 Esto no es ser Iglesia; no es reflexión; no es teología pastoral. Nos transformamos en una simple máquina burocrática, que gira alrededor de sí misma.

 "Burocratización significa proliferación de organismos sin vinculación con las exigencias generales de funcionalidad, acentuación de los aspectos formales y de manera de proceder en detrimento de los aspectos sustanciales con la consecuente lentitud de las actividades y la reducción de las tareas cumplidas, la supervivencia y la elefantiasis de organismos que no responden ya a una función efectiva y, en definitiva, el triunfo de la organización - la burocracia - sobre sus fines" (cf. /Diccionario de Política/.
Bajo la dirección de N. Bobbio, I).

 La renovación de la pastoral, por tanto, se inicia en nuestro corazón, del empezar a vivir plenamente, ya desde ahora, el Evangelio del amor fraternal.

 La base de nuestra confianza pastoral es la palabra de Jesús, es el estar con Él.

 Por lo tanto, deben ser utilizadas claves simples, y no hay que insistir en querer abrir a toda costa las puertas con claves pastorales sofisticadas.

 De aquí emana también cierto cansancio y desconfianza de una pastoral que parte de las reformas estructurales, y de un montón de actividades desconectadas entre ellas.

 A este punto, me sale espontáneo citar las consideraciones del entonces Cardenal Ratzinger: "Yo he repetido frecuentemente que creo que tenemos demasiada burocracia. En cualquier caso, necesitamos simplificar en muchos campos. No todo debe desarrollarse a través de medios  institucionales, siempre debe existir el contacto humano. ...
El cristianismo estaría condenado a la asfixia si ya no nos ejercitamos en la vida interior, buscando la fe en lo más hondo de nuestra propia vida, que es donde se halla, para que nos ilumine y nos reconforte. El activismo y la simple formación intelectual no son suficientes" (J. Ratzinger, /La sal de la tierra. Cristianismo e Iglesia Católica ante el nuevo milenio/).

 La Iglesia no se justifica por sí misma, sino como relación, como capacidad de escuchar al Esposo que le habla.

 Volvemos, de nuevo, una vez más, al /Documento de Aparecida/: "El acontecimiento de Cristo es, por lo tanto, el inicio de ese sujeto nuevo que surge en la historia y al que llamamos discípulo: ‘No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva'.
Esto es justamente lo que, con presentaciones diferentes, nos han conservado todos los evangelios como el inicio del cristianismo: un encuentro de fe con la persona de Jesús" (n.º 243).

 Por lo tanto, la multiplicación de encuentros y convivencias inútiles, donde se pierde tiempo y se gasta en balde el dinero de los pobres, no es lo que se necesita y no debe constituir - como, por el contrario, de hecho acontece - la principal preocupación de los discípulos del Señor. Al Maestro lo encontramos en "la oración personal y comunitaria. Es este el lugar donde el discípulo, alimentado por la Palabra y la Eucaristía, cultiva una relación de profunda amistad con Jesucristo y procura asumir la voluntad del Padre. La oración diaria es un signo del primado de la gracia en el itinerario del discípulo misionero. Por eso, es necesario aprender a orar, volviendo siempre de nuevo a aprender este arte de los labios del Maestro" (/Documento de Aparecida/, 255).

 /E. G./


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