S?bado, 24 de octubre de 2009

Texto del micro radial de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, emitido por LT 9. (AICA)
(17 de octubre de 2009)

DÍA DE LA MADRE 

Cada año hay un domingo, en el mes de octubre, dedicado a celebrar el día de la Madre. Puede parecer poco hablar de un día, pero tiene el significado de recordarnos algo que pertenece al ámbito de lo habitual, de lo cotidiano. Es importante actualizar lo habitual, para que no pierda su riqueza y compromiso. Hay un olvido o desgaste en el valor de las palabras que incluye, desgraciadamente, a las personas. Por ello, es bueno y necesario celebrar y reflexionar sobre el significado que este día tiene, para no quedarnos en el cumplimiento formal o exterior de una fecha, ni tampoco resolverlo en una instancia meramente comercial.

La figura de la madre participa, desde su originalidad y complementariedad con el hombre, del misterio de la vida. Podemos hablar y distinguir a la madre, del padre y del hijo, pero no separarlos de esa realidad que los integra: la familia. Es cierto, no siempre se da o es posible integrar este conjunto ideal. Cuántas veces es la madre la que mantiene y salva a la familia, sobre todo en casos de abandono y pobreza. En esos contextos de injusticia moral y social es común que la madre, con su silencio y trabajo, se convierta en una palabra y un ejemplo que nos enseña a valorar y a respetar la vida. Ellas merecen un reconocimiento especial. Como obispo, no puedo dejar de recordar en este día, con emoción y gratitud, la figura de mi madre que ya no está. De ella he recibido la vida, la fe y una cultura basada en el evangelio. Es mucho lo que recibí de ella, máxime cuando pienso que quedó viuda, y que éramos diez hermanos.

Una de las características que marcaría en la figura de la madre es esa nota de ternura y de exigencia, que define su amor educativo por los hijos. Una y otra se necesitan para llevar adelante esa tarea familiar y social, que es el bien del hijo. Ambas, la ternura y la exigencia, presentan la sabiduría de un amor que está llamado a formar, no sólo a complacer. Creo que esta dimensión es un rasgo que distingue el amor de una madre. Por ello es un amor austero y oblativo, porque está al servicio del otro; su alegría es ver crecer a esa persona única, que en su fragilidad y desarrollo la necesita y la tiene como referencia. Estas notas que hoy recuerdo con gratitud, las considero un valor que va formando una cultura y una pedagogía que hacen a la dignidad y elevación del hombre y la mujer. La dimensión de este amor, que es una riqueza para el hijo y un bien para la sociedad, es garantía de un futuro más humano.

En este darse de la maternidad, que implica un cierto olvido de sí, la mujer vive la alegría y plenitud de una vocación. Si bien la maternidad es una decisión de la mujer, no es algo meramente privado, pertenece también al ámbito de lo público. Por ello es necesario que sea reconocida socialmente como algo personal, pero que es un bien de la sociedad. En el orden de la vida y su educación lo que es personal o privado no se opone a lo público, al contrario, se enriquecen y necesitan. El compromiso político y social que ello implica no siempre es tenido suficientemente en cuenta.

Pienso, además, que estamos como atados culturalmente a una visión un tanto individualista de nuestra realización personal que nos termina empobreciendo. Cada época presenta la riqueza de la maternidad en un contexto y con estilos siempre nuevos. En el mundo de los valores lo nuevo no es sinónimo de ruptura con el pasado. Cuando lo nuevo es discontinuidad aparece como algo extraño y carece de horizontes porque no tiene raíces. La mujer, en la maternidad, al participar de una verdad que hace a la naturaleza de la condición humana, se convierte en presente y profecía que ilumina a un mundo que siempre está naciendo, pero que necesita de su presencia y amor. La maternidad es la primera escuela de la vida humana, por ello, desde su privacidad es también pública, y merece el cuidado de la sociedad.

Con esta reflexión que nace del corazón de un hijo agradecido, que también es Pastor, he querido compartir mi palabra de admiración y afecto, para rendir, de este modo, mi homenaje a todas las madres en su día. Para ellas mi reconocimiento y oración, y a todos mi bendición de Padre y amigo en el Señor.

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 

 


Publicado por verdenaranja @ 23:26  | Hablan los obispos
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