Domingo, 25 de octubre de 2009

Homilía de monseñor Mario Luis Bautista Maulión, arzobispo de Paraná con motivo de la misa de clausura de la XXVII Peregrinación de los Pueblos. (AICA)
(17 de octubre de 2009)


XXVIIª PEREGRINACIÓN DE LOS PUEBLOS 

Queridos hermanos Peregrinos

Culminamos en esta Eucaristía la XXVIIIª de los Pueblos.

El pasado 7 de Octubre cerrábamos el Año Jubilar Arquidiocesano. Desde ese momento nos estamos preparando la Misión Permanente o estado permanente de misión. En este ámbito hicimos esta Peregrinación, desplazándonos desde Hasenkamp bajo el lema MARÍA, DANOS UN CORAZÓN MISIONERO PARA ANUNCIAR A JESUCRISTO.

Quisimos afianzarnos como discípulos para acrecentar y/o alcanzar un corazón misionero. En la Peregrinación pudimos encontrarnos con Jesús, con la Palabra de Él que escuchamos, con el o los Sacramentos que recibimos y con los hermanos que hacíamos la peregrinación.

La Palabra del Señor que acabamos de proclamar nos presenta a Jesús misionando y enseñando a misionar a sus discípulos.

Es Jesús, en Quien creemos. De Él viene a nosotros el auxilio oportuno. Por su amor salvador alcanzamos misericordia.

Jesús fue enviado por el Padre. Su vida fue hacer lo que el Padre le encomendó. Su vida consistió en vivir amando. Desde el mismo momento en que fue concebido en el seno de María por obra del Espíritu Santo fue hacer la voluntad del Padre. Todo el recorrido de su vida, desde pequeñín, de niño, de adolescente, de joven, como hijo de familia, como trabajador, luego con su palabra, su caminar, su cercanía con el hombre, fue siempre hacer esa voluntad. Desde el mismo comienzo, la vida de Jesús estuvo cargada bajo el peso del sufrimiento y del dolor, con frecuencia de la persecución y de la indiferencia o el desatino de hombres.

Siempre su vida fue, en cada momento y circunstancia, una ofrenda de amor, con la  cruz que llevaba hasta morir en ella. Su vida estuvo sometida a todas las pruebas y dificultades humanas, como nos recordaban la 1ª y la 2ª Lectura. Fue, verdaderamente un hombre y hombre sufriente. Compartió toda la condición humana y lo doloroso de la  condición humana, menos el pecado.

Realizo su obra salvadora “llevando la cruz”. La hizo así. Por eso se compadeció, es decir, su vida fue padecer con nosotros y por nosotros.

El Evangelio nos mostró a Jesús en su camino a Jerusalén, es decir, hacia lo que va a ser su sufrimiento culminante, su persecución y la crueldad de su condena y de su muerte.

Un pasaje de este camino es la escena que hoy contemplamos.

Dos de sus discípulos, Juan y Santiago, muy cercanos a Él, le piden el favor de estar, en el Reinó que Jesús anunciaba, bien cerca de Él, a su derecha y a su izquierda. Buscaban compartir muy cerca el poder con Jesús. Jesús les dijo que no sabían lo que pedían. Realmente no lo sabían. Por eso Jesús les pregunta de una copa y de un bautismo. Se trata de una copa no de estimulante placer sino de amargura. Y de un bautismo en el que uno se sumerja para refrescarse sino para afrontar toda la tormentosa vida de querer amar como Jesús amó. No sé qué habrán entendido ellos. Pero su respuesta fue generosa. Pasados los años, el camino recorrido por Jesús lo recorrerán también ellos.

El poder que ellos tendrán será no el poder como los hombres lo entendemos y como ellos también lo habrían entendido.

Y esto lo aclara Jesús cuando responde a los demás Apóstoles. Estos 10 se habían enojado con Juan y Santiago por lo que habían pedido. Quiere decirles con claridad cuál es el poder de Él y cuál es el modo de ejercerlo. Vuelvo a repetir las palabras de Jesús que están dirigidas a todos nosotros, a mía ay a Ustedes.

«Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud.»

Culminando el Año Jubilar queremos desde hoy abrirnos y lanzarnos a un estado de misión permanente o a un permanente estado de misión, afianzando las dos inseparables características del creyente: DISCIPULO – MISIONERO.

Como discípulo queremos acrecentar en nosotros y en nuestras comunidades la escucha más frecuente de la Palabra de Dios. Queremos   celebrar con alegría y con esperanza el encuentro con Jesús en la Eucaristía dominical y frecuente para estar, como hermanos, proclamando su Muerte y su Resurrección. Queremos sentirnos urgidos a amar como Él nos amó y nos pidió que amáramos  en especial a los que más necesitan porque menos tienen, menos pueden o menos saben.

Como enviados sentimos la urgencia de dar a conocer a Jesús, con palabras y con hechos. Los hechos han de ser el claro testimonio de nuestras vidas. Necesitamos convertirnos más al Señor para que nuestra conducta sea el anuncio más creíble de Jesús. El mundo en el que  vivimos, que construimos que sufrimos necesita el testimonio del creyente en Jesús.-

Junto con toda la Iglesia en Argentina necesitamos trabajar en este camino “hacia el Bicentenario en justicia y solidaridad”. No quiero hablar de lo que otros deberían hacer. Siento la urgencia de decirnos qué es lo que ha de ser nuestro aporte como creyentes para nuestra patria y nuestra sociedad

  • Recuperar el respeto por la familia y por la vida en todas sus formas. Es decir de toda vida humana, en todas sus etapas, en especial en los indefensos, los excluidos que finalmente son descartado. Trabajar en la solidez de la familia que ha de ser el lugar en el que se generen los valores                                             más sólidos y dónde se aprenda a amar y a ser amado.
  • Avanzar en la reconciliación y en la capacidad de diálogo. Es decir educar y favorecer en nosotros y entre nosotros todos los gestos, obras y caminos de reconciliación y amistad social, de cooperación e integración. Oímos y hablamos con frecuencia de luchas. La lucha nunca ha de ser contra hombres sino contra lo malo.
  • Alentar el paso de ser simplemente habitantes a ser ciudadanos responsables. Es preciso afirmarnos que es preciso cumplir los deberes que derivan de nuestra ser ciudadanos.
  • Animar a un incansable procesos para superar la pobreza que, guste o no, es un escándalo siempre. Nosotros necesitamos más que lamentarnos, trabajar para la superación del sufrimiento de tantos hermanos nuestros que lo sufren y estando con nosotros est5amos urgidos a elevarlos en la condición en que viven.

Necesitamos afianzar la educación y el trabajo: son la clave del desarrollo y de la justa distribución de los bienes. Porque una tenaz educación en valores y una formación para el trabajo junt6o con políticas generadoras de trabajos dignos harán superar la pobreza y el asistencialismo desordenado que terminan generando desigualdad y dependencias dañinas.

Deseamos también que este año la Peregrinación de los Pueblos sea para todos los hermanos una ocasión para celebrar el Año Sacerdotal que el Papa Benedicto XVI inició el pasado 19 de Junio para agradecerle al Señor el regalo del Sacerdocio para la Iglesia y el mundo, bajo el lema: “FIDELIDAD DE CRISTO, FIDELIDAD DEL SACERDOTE”. En la peregrinación queremos orar por los sacerdotes y junto con ellos por su fidelidad y su crecimiento en su vida y ministerio sacerdotal.

Hermanos: nos es preciso

  • Crecer en nuestra condición de discípulos. 
  • Vigorizar nuestra condición de testigos
  • Con una vida en y desde Jesús   y   hacia el hombre, hacia todo hombre, hacia cada hombre

Unamos los dos lemas de la Peregrinación

MARÍA, DANOS UN CORAZÓN MISIONERO PARA ANUNCIAR A JESUCRISTO
“FIDELIDAD DE CRISTO, FIDELIDAD DEL SACERDOTE”

Mons. Mario Luis Bautista Maulión, arzobispo de Paraná


Publicado por verdenaranja @ 19:42  | Homil?as
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