Mi?rcoles, 28 de octubre de 2009

ZENIT nos ofrece el discurso de monseñor Francesco Follo, Observador Permanente y jefe de la Delegación de la Santa Sede en la 35a Sesión de la Conferencia General de la UNESCO, pronunciado el pasado 10 de octubre, que ha hecho público  la Santa Sede el 22 de Octubre de 2009.

Sr. Presidente de la Conferencia General,
Sr. Director General,
Excelencias,
Es para mí un gran honor tomar la palabra ante esta prestigiosa Asamblea, y presentarles las más vivas felicitaciones por parte de a Su Santidad el Papa Benedicto XVI por la elección de ustedes.

Quisiera igualmente expresar el agradecimiento y aprecio de la Santa Sede por la labor de la Secretaría de la UNESCO. Los documentos preparados, especialmente los 35 C / 3 C / 5 y C / 6, han llamado su atención. Estos muestran los logros y los mayores desafíos que el ejercicio de cada una de las cinco funciones de la UNESCO ha estudiado. Son, entre otros, el énfasis en el desarrollo sostenible, como subrayan, por ejemplo, algunos temas de las conferencias sobre Educación, en un intento de responder a la grave crisis financiera, económica y social que afecta a nuestro mundo. La preocupación por responder a las preguntas relativas a la gestión del planeta, es decir, de la ciudad, se extiende también al gobierno de los océanos.

A propósito de esto, en su última encíclica Caritas in veritate, el Santo Padre insiste en la importancia de los valores morales en los que se debe basar el análisis de la globalización. Él cree que "la globalización requiere ciertamente de una autoridad, ya que se trata el problema del bien común debe llevarse a cabo en conjunto; sin embargo, esta autoridad debe ser ejercida de forma subsidiaria y poliárquica para, por un lado, lo atentar contra la libertad, y por otro, ser concretamente eficaz” (Cf. n. 57).

Permítanme presentarles una reflexión sobre los principios fundamentales que apoyan todo el proyecto de la UNESCO. Es posible destacar tres: la verdad, la cultura y la ciudad. Semejante reflexión puede ser útil para todas las iniciativas de las que la UNESCO es patrocinador o socio.

¿Qué relación existe entre estas tres dimensiones - la verdad, la cultura y la ciudad? La cultura sirve como término medio, como vínculo entre la verdad y la ciudad. Por una parte, permite a los hombres vivir juntos y pone los cimientos a ese mismo "vivir juntos". De hecho, no hay comunidad humana sin cultura, ni cultura sin comunidad humana – por tanto sin ciudad. Por otro lado, las culturas merecerían sólo la atención de los etnólogos si no tuviesen lo que llamamos "valores", o mejor dicho, verdades. Se trata por tanto de verdades sobre el hombre, sobre el conjunto de los hombres, y por tanto sobre la ciudad.

“La complejidad y la gravedad de la situación económica actual, escribía también Benedicto XVI en la misma encíclica, nos preocupan justamente, pero debemos asumir con realismo, confianza y esperanza las nuevas responsabilidades a las que nos llama la situación de un mundo que necesita renovarse en profundidad al nivel cultural y redescubrir los valores de fondo sobre los cuales construir un futuro mejor” (n. 21).

Así es importante tomar conciencia de que la economía está al servicio del hombre. El hombre es un ciudadano y la ciudad es el lugar donde los hombres debaten sobre la verdad, el lugar donde a menudo lo encuentran o donde les es enseñada. La estabilidad económica es necesaria para favorecer este debate, pero la cultura – lo que griegos llamaban paideia, es decir el acceso del hombre a su plena humanidad – no es un lujo reservado solamente a las economías prósperas. Es al hombre y a la cultura a quienes la economía debe servir. Y, uno de los objetivos nobles de la UNESCO sería proclamarlo y promoverlo.

La cultura se encuentra por tanto en el lugar donde los hombres se preocupan por la verdad y la buscan. Sería posible evocar dos formas. La primera parece evidente: es la de la enseñanza, o de la educación, que la ciudad le debe prodigar a quienes la constituyen. La ciudad no puede fundarse en aproximaciones o errores colectivos. Si se considera educadora, necesariamente debe tratar al ciudadano como hombre, como persona razonable y respetable. La segunda forma que debe revestir el interés de la ciudad por la verdad, es la apertura del espíritu, que es una forma de la humildad porque acepta, a través de su disponibilidad, la riqueza del otro y de las otras culturas.

La Iglesia, por su parte, se interesó muy rápidamente por el desarrollo de las ciencias de forma particular. La teología medieval había abandonado el terreno que debían ocupar las ciencias. La primera academia científica que se fundó es la Academia Pontificia de las Ciencias. Fue creada en 1603. Entre "ciencia" y "humanidades", no debía haberse abierto una brecha, pero ciertamente lo hizo. Hablamos corrientemente y demasiado a menudo de cultura, en general, y de cultura científica, en particular, como de dos realidades separadas o indiferentes una a la otra, incluso opuestas. Convendría pues llenar esta fosa poco a poco.

La ciudad es una realidad natural y le incumbe reunir a las culturas. Éstas no merecen, sin embargo, ser llamadas así a menos que acepten ser inspiradas y fundadas sobre el respeto al hombre.

¿Qué es el hombre? Esta es una pregunta vasta y compleja a la que toda cultura verdaderamente humana debe someterse y a la que debe responder. La respuesta a esta pregunta será digna de tener en cuenta sólo si trasciende todas las barreras culturales sin ignorarlas. La verdadera respuesta no puede ser otra que el hombre en su verdad. Esta verdad, que siempre hay que redescubrir, es una realidad posible. Por ejemplo, somos seres humanos porque hemos tenido derecho a nacer. Esta realidad crea por sí misma otros derechos. Evitemos, pues, hablar de estos derechos sin ser conscientes y sin hacer referencia al hecho que están enraizados en el respeto profundo al hombre total, desde su concepción hasta su muerte naturales. Una cultura puede considerarse noble sólo en base a su capacidad para aprehender al hombre en su verdad y para reconocerle los derechos vinculados a la verdad de su ser. Sin olvidar que, como dice el Papa Benedicto XVI, “el hombre va siempre más allá de lo que ve o percibe a través de la experiencia. Descuidar el interrogante sobre el ser del hombre conduce inevitablemente a rechazar la búsqueda de la verdad objetiva sobre el ser en su integridad y, de hecho, a no ser ya capaz de reconocer el fundamento sobre el que se basa la dignidad del hombre, de todo hombre” (Discurso a los participantes en el congreso interacadémico promovido por la Academia de las Ciencias de París y por la Pontificia Academia de las Ciencias, Sala de los Papas, 28 de enero de 2008).

Busquemos, pues, que cada cultura no se encierre en sí misma, como si estuviéramos ante una entidad autónoma y autosuficiente. Si nuestra institución, la UNESCO, tiene sentido, es precisamente el de manifestar no solamente que los hombres cultivados pueden conversar juntos – como seguramente ya hacemos – sino también y sobre todo hacer comprender que cada cultura vive siempre en interacción con otras culturas, y que “la” cultura es un acontecimiento más que un hecho establecido y adquirido.

Somos conscientes no solamente de que las grandes culturas tienen un valor universal, sino también de que éstas dialogan entre sí en los diferentes campos en los que se encuentran y se complementan. Las culturas se reavivan, poco a poco, cuando aceptan una interpenetración recíproca basada en el respeto de una hacia otra, y sobre todo en el respeto del hombre, que es señor y sujeto de la cultura. Yendo más allá, es posible decir que la interculturalidad existe ya, pero que es un deber que debe realizarse en mayor medida. La interculturalidad es auténtica sólo si permite al porvenir ser fiel a su pasado, a lo mejor de éste, para intentar construir un futuro positivo para el hombre y para la “ciudad”.

La UNESCO podrá quizás insistir en mayor medida en su papel de agencia “pensante” dentro del sistema de las Naciones Unidas y reforzar así los medios y los instrumentos que tiene para ser un verdadero “laboratorio de ideas” abierto a la contribución de todos. En este sentido es necesario reconocer, es más, incluso redescubrir, la utilidad y la necesidad de la reflexión filosófica, por desgracia considerada demasiado a menudo como la más inútil de las disciplinas porque es la más libre de los intereses particulares y de parte. Es en cambio una disciplina útil e indispensable porque está particularmente al servicio del hombre, y por tanto al del bien de toda la humanidad, de la “ciudad”. Promoviendo todo lo que contribuye a hacer crecer la dignidad del hombre, de su mente y de su inteligencia, la UNESCO será fiel a su vocación y a su alta misión.

¡Gracias por vuestra atención!

[Traducción del original francés por Inma Álvarez]


Publicado por verdenaranja @ 22:58  | Hablan los obispos
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