S?bado, 07 de noviembre de 2009

Comentario al Evangelio de este domingo XXXII del tiempo ordinario, (Marcos 12, 38-44), redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, obispo de Huesca y de Jaca.  

Darlo todo 

El texto de este domingo nos trae la deliciosa escena de un Jesús que observa lo que está ocurriendo en los aledaños del Templo de Jerusalén, y hace de su observación una hermosa enseñanza. Ante sus ojos aparecen los letrados y fariseos, esa gente importante, reconocida y mandamás, autorizadísimos por sus propias leyes, que iban y venían al Templo dándose una importancia arrogante. Jesús señala no sólo el uso pertinaz que estos personajes tenían, sino también el abuso injusto que ellos practicaban aprovechándose de las capas más bajas de aquella sociedad, como eran las viudas.

Y junto a este grupo que así usa y así abusa, el Señor observa precisamente a una viuda que llega al Templo sin alarde ni presunción, y allí frente al cepillo ella contrastaba con otra gente rica y principal que echaba en abundancia. Aquella pobre mujer no: tan sólo echó dos reales.

A diferencia de la viuda de Sarepta --de ella nos habla la 1ª lectura (1 Reyes 17,10-16)-- que su pobre donación fue bendecida por Dios obrando un milagro de abundancia en donde sólo había escasez, la viuda del Evangelio no será chistada por Jesús para premiarla de alguna manera evidenciando ante los demás su gesto generoso. No nos cabe duda que esta buena mujer habrá recibido el céntuplo en su encuentro con Dios, pero por el momento ni siquiera de ese reconocimiento gozó nuestra protagonista. Y sin embargo, Jesús la vio, y la ensalzó hasta el punto de colocarla como ejemplo. Exactamente igual que vio a los letrados y los puso de contraejemplo. Nada escapa a la mirada de Dios.

¿Qué es lo que Jesús vio en esta viuda? Que lo había dado todo. Por poco que fuera, éso era cuanto tenía. El premio de esta mujer estaba en la paz y en la falta total de agobio asfixiante, de zozobra angustiosa, porque vivía en la libertad de quien nada tiene que defender porque todo lo ha entregado ya. Curiosamente, los que viven así tienen esa felicidad que imposiblemente pretenden alcanzar aquellos que se resisten a darlo todo. Y aquí resalta la paradoja evangélica: quien entrega, tiene, quien retiene se quedará sin nada. Lo habremos experimentado tantas veces a propósito del perdón: quien se resiste a perdonar, quien quiere seguir siendo rico de sus razones, acaba frecuentemente en la soledad, en el resentimiento y en la amargura, mientras que quien aun teniendo razones las sabe "perder", resulta que encuentra una alegría inusitada, una paz inesperada. Darlo todo, gratuitamente, como gratis lo hemos recibido, y también nosotros experimentaremos que las promesas de Jesús no son vacías. Somos lo que somos ante Dios y nada más.


Publicado por verdenaranja @ 9:43  | Espiritualidad
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