Lunes, 09 de noviembre de 2009

Homilía de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario, en la misa de Todos los Santos en la catedral de Rosario. (AICA)
(1 de noviembre de 2009)


"Los santos triunfaron, porque vivieron
con los mismos sentimientos de Cristo"
 

Queridos hermanos,

 celebramos la fiesta de todos los santos. Una gran fiesta de nuestra vida cristiana. La fiesta que nos invita a mirar al cielo, y dejar  la gravitación permanente de esta tierra.

La liturgia nos invita a mirar al cielo

Es bueno que la liturgia nos invite a mirar al cielo. Es bueno pensar  que Dios nos espera, y que allí viviremos la eternidad a la que estamos llamados; como nos dice San Pablo “Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos recibir  al Señor” (Fil,. 3,20), ya que no tenemos aquí la ciudad permanente, sino que buscamos la ciudad futura (He 13,14).

La tradición de celebrar en una única fiesta a todos los santos, nos permite unirnos a la asamblea festiva de quienes ya están en el en el cielo, mirar a ese gran número de intercesores, conocidos y desconocidos,  que nos orientan en nuestra vida de cristianos, guiados por la fe.

Las lecturas del Apocalipsis y de la Primera Carta de San Juan nos hacen mirar a la eternidad.  Es verdad, que “Todavía no se ha manifestado lo que seremos” pero sabemos que “cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es” (1ª Juan 3,2). Por eso el sentido profundo de nuestra vida, buscando la santidad,  es una peregrinación, para alcanzar esta meta final, donde nuestra ser tendrá su plenitud.

San Agustín nos exhorta a que  “Dios, después de esta vida, sea nuestra Patria” (Ag. En. in ps., XXX,III,8). Y en el Apocalipsis, la visión  de "una enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas” (Apo. 7,9), nos llena de  profunda esperanza.

 Las Bienaventuranzas nos abren el camino para llegar a la vida.

Sin embargo, para alcanzar la felicidad del cielo, siguiendo el ejemplo de los santos, necesitamos orientar nuestra vida presente a las enseñanzas del Evangelio. Las Bienaventuranzas que narra San Mateo en el Evangelio de hoy, son las que  nos abren el camino para llegar a la vida, a la que estamos llamados, y nos ofrecerán una felicidad plena.

Los santos se han dejado impregnar completamente por esta invitación, se han dejado guiar hacia la eternidad,  y la virtud luminosa de la esperanza les abrió las puertas de la vida futura.

Esta entrega se fue realizando en el tiempo, en medio de una existencia muchas veces asediada por el mal y las tentaciones, por el egoísmo y la falta de amor. Por esto, los santos triunfaron, porque vivieron con los mismos sentimientos de Cristo; unidos a su muerte y a su resurrección,  su amor fue más grande que el mal. En ellos se cumplieron las bienaventuranzas, porque fueron pobres, afligidos, y humillados. Porque esperaron contra toda esperanza.

Nosotros estamos llamados a la santidad. Como nos dice San Pablo: "Él  nos ha elegido antes de la creación del mundo, para ser santos e irreprochables en su presencia por el amor…" (Ef.1, 4).

El camino al cielo es el sí al espíritu de las bienaventuranzas, es la respuesta que demos a la gracia vivida con fidelidad, es la entrega  confiada al amor del Padre que nos llama y espera.                                     

Así vivimos y nos preparamos para la felicidad de ser santos: si tenemos alma de pobres; si somos afligidos, pacientes, con  hambre y sed de justicia; misericordiosos, con un corazón puro, y ansiosos por la paz; perseguidos por hacer el bien y practicar la justicia;  insultados, perseguidos, y calumniados a causa de Jesús.   

La santidad  tiene relación a nuestro trato diario con los demás

De este modo, también la santidad  tiene relación a nuestro trato diario con los demás. Sabemos que nuestras existencias están en profunda comunión entre si. Necesitamos los unos de los otros. En mi vida entra continuamente la de los otros: en lo que pienso, digo, me ocupo o hago. Y viceversa, mi vida entra en la vida de los demás, tanto en el bien como en el mal (cfr. Benedicto XVI, Spes Salvi, nº 48). “Como cristianos, nunca deberíamos preguntarnos solamente cómo puedo salvarme yo mismo. Deberíamos preguntarnos también: ¿qué puedo hacer para que otros se salven y para que surja también para ellos  la estrella de la esperanza?” (ibídem).

Siguiendo el camino de las bienaventuranzas, sabemos que, aún en nuestra debilidad, se va desarrollando en nosotros el profundo misterio de la santidad, en el que el Señor nos prepara para la  transformación definitiva, cuando lo veamos tal cual es, y seamos semejantes a Él.              

María, Madre nuestra del Rosario, Madre de la esperanza,  enséñanos este camino,  y alegrarnos un día contigo en el cielo.

Mons. José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario


Publicado por verdenaranja @ 21:37  | Homil?as
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