Martes, 10 de noviembre de 2009

Texto del micro radial de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, emitido por LT 9. (AICA)
(31 de octubre de 2009)

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS 

Una antigua tradición cristiana celebra, el 1 de noviembre, el día de Todos los Santos. Son diversas las interpretaciones sobre la fecha del inicio de esta tradición. Desde los primeros siglos los cristianos veneraban a los mártires en celebraciones que eran más bien locales. Particular relieve presenta esta celebración en Roma, que luego se fue extendiendo a toda la Iglesia. Con el tiempo, además de los mártires, se fue incluyendo en este día a otros cristianos que habían dado testimonio de una vida santa, y así eran reconocidos por la Iglesia. El tema histórico, referido a la fecha como a los lugares donde nace esta tradición sigue abierto, en cambio el significado de lo que se celebra permanece igual, es decir, se celebra la santidad como una realidad vivida.

Partiendo de que “sólo Dios es santo”, como dicen las Sagradas Escrituras, parecería que es indebido hablar de la santidad en la vida de los hombres. Sin embargo, esta realidad es, precisamente, la vocación a la que está llamado todo cristiano, como nos dice el mismo Jesucristo: “sean santos como mi Padre es santo”. Esto significa que entre Dios y el hombre no hay un abismo, una diferencia que nos impida participar de su misma vida. Es más, el mismo Jesucristo nos dice: “Para esto he venido, para que tengan la vida de Dios y la tengan en abundancia” (Jn. 10, 10). No estamos hablando, por ello, de una utopía inalcanzable sino de la posibilidad real de vivir y participar en este mundo de la misma vida de Dios, que un día la viviremos en plenitud. Como vemos, la vida del hombre, en cuanto ser espiritual, no termina en los límites de este mundo, sino que es un peregrino que camina con la esperanza de una vida plena que ya ha comenzado a gustar y a vivir en este mundo.

Para el cristiano la santidad no es la espera de una recompensa después de la muerte, sino un hoy que está llamado a vivir. Este presente es posible porque Jesucristo no nos dejó sólo una doctrina sino su misma vida, la vida de Dios, que la recibimos como gracia que nos transforma interiormente. A partir de esto podemos comprender el significado del Evangelio de este domingo que es el de las Bienaventuranzas, donde se nos habla de la santidad como presente y, al mismo tiempo, como plenitud. “Bienaventurados, nos dice, los que tienen alma de pobres, porque a ellos pertenece el Reino de los Cielos. Bienaventurados los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Bienaventurados los afligidos porque serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Bienaventurados los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios…” (Mt. 5, 3-9).

Cuando la Iglesia celebra el tránsito de los hombres santos de este mundo al cielo, nos dice el Concilio Vaticano II, ella proclama que en ellos se ha cumplido el camino pascual de Jesucristo, es decir, el triunfo de la gracia sobre el pecado, de la vida sobre la muerte, del amor sobre el egoísmo. Ellos se convierten en el mejor testimonio de un evangelio hecho vida. Esta es la razón por la que la Iglesia nos propone sus vidas como ejemplo. La santidad, por otra parte, no es camino para algunos sino una vocación para todos.

Reciban de su Obispo mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz


Publicado por verdenaranja @ 22:38  | Hablan los obispos
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