Viernes, 13 de noviembre de 2009

Homilía de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario, en la misa por los sacerdotes y obispos diocesanos en el Cementerio Sacerdotal. (AICA)
(2 de noviembre de 2009)



MISA POR LOS SACERDOTES Y OBISPOS
FALLECIDOS DE ROSARIO
 

Queridos hermanos,

Estamos celebrando la conmemoración de todos los fieles difuntos. Esta mañana celebramos en el Cementerio municipal “El Salvador”; ahora ofrecemos la misa en este cementerio dedicado a los sacerdotes diocesanos, que sirvieron y ofrecieron su vida en nuestra Arquidiócesis. Los recordamos a ellos y a los obispos fallecidos, que particularmente en este año sacerdotal; lo cual quiere manifestar el recuerdo, la fraternidad, y la amistad entre los sacerdotes, que trasciende esta vida en la tierra. En efecto, nuestro agradecimiento y nuestra oración por los sacerdotes transciende el tiempo, y pone de relieve en sus vidas, la fidelidad de Cristo, y la fidelidad del sacerdote.

Ya antiguamente, encontramos en el judaísmo la piadosa costumbre de pedir por los difuntos en su condición intermedia por medio de la oración. Esta práctica siguió realizándose entre los cristianos primitivos, pero con los ojos puestos en la espera de la resurrección.

Como decíamos el día de todos los santos, recordando la enseñanza del Papa Benedicto XVI, sabemos que en la comunidad humana, y también en nuestra vida sacerdotal mi intercesión por el otro de ninguna manera es algo ajeno para el otro, algo exterior, ni siquiera después de la muerte. En el entramado del ser, mi gratitud para con ellos, mi oración por ellos, puede significar una pequeña etapa de su purificación (cfr. Spes Salvi, nº 46).

Por otra parte, la esperanza en la resurrección y nuestra fe en la vida eterna, como leímos en la segunda lectura y en el Evangelio, están centradas en la Resurrección de Jesús. Si Jesús no hubiera resucitado nuestra fe no tendría valor 1Co 15,14).

La convicción de la fe en la vida eterna se hacía visible en las catacumbas, y en los cementerios. Allí encontramos escritos referidos a los cristianos, que esperan con fe la resurrección y ansian la venida del Señor : Ven Señor Jesús!

San Agustín nos enseña sobre la importancvia de rezar por los difuntos, y nos dice que aunque es humano honrar el cuerpo de los difuntos, por el afecto, y como un deber de humanidad; nosotros podemos ser verdadera ayuda para ellos si ofrecemos el sacrificio de la Eucaristía, acompañado con plegarias y limosnas por los pobres.

Por esto, no son las grandes ceremonias externas, sino la Eucaristía y la oración por los difuntos las que, por la misericordia de Dios, transforman a nuestros seres queridos. Él mismo santo nos decía, comparando la muerte del rico epulón y del pobre Lázaro, que si bien para el rico, vestido ahora de púrpura, se ofrece un funeral espléndido a los ojos de los hombres, con muchos de sus familiares y servidores; sin embargo mucho más rico será a los ojos de Dios el que se ofrezca por el pobre Lázaro, que era pobre y estaba cubierto de llagas; él será consolado no por los hombres sino por los mismos ángeles; los cuales no lo llevaran a un mausoleo frío de mármol, sino que lo llevaran gozosamente a la Casa de Dios.

Por su parte San Gregorio insistía tanto en la centralidad de la Eucaristía y en la oración por los difuntos, que se vincula su enseñanza a un episodio que el mismo narra (Diálogos IV, 55 (PL 77, 420-421), en el cual el santo quiso enseñar la doctrina de los sufragios aplicados a los difuntos, unida a la práctica de celebrar un número de treinta misas seguidas, lo cual se conoció posteriormente con el nombre de misas gregorianas.

Quisiera invitarlos a vivir este día según el auténtico espíritu de la piedad cristiana, orando por neustros difuntos a la luz del misterio pascual. Como nos dice el libro de la Sabiduría, mientras los recordamos aquí en el cementerio, confiamos que sus almas ya estén en las manos de Dios. Cristo murió y resucitó. Vencedor de la muerte nos abrió el paso a la Casa del Padre, al Reino de la vida y de la paz. Quien sigue a Jesús en esta vida, será recibido por Él.

El modo mejor para honrarlos en este día es rezar por ellos, ofreciendo oraciones y actos de fe esperanza y caridad. Ellos han recorrido una parte del camino; y ahora al pedir por ellos, también nos llenamos de consuelo y de paz; porque pertenecemos con ellos a la familia de Cristo, quienes lo siguieron en esta vida, y quienes esperan la Resurrección. En unión al Sacrificio de la Eucaristía, podemos pedir humildemente por su salvación, y experimentar la profunda comunión, en la espera de encontrarnos juntos en el Cielo.

Que la Virgen María , nos ayude a comprender y vivir este misterio de esperanza. Dales Señor el descanso eterno.

Mons. José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario


Publicado por verdenaranja @ 22:42  | Homil?as
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