Martes, 17 de noviembre de 2009

Artículo que ha escrito monseñor Rodrigo Aguilar Martínez, obispo de Tehuacán, con el título "Crecer en humanidad".

CRECER EN HUMANIDAD

Cuando el autor sagrado va narrando, en el Génesis, la obra de la creación, menciona repetidamente que Dios todo lo va haciendo bien; pero en la creación del ser humano se precisa más, Dios lo hizo "muy bien": "varón y hembra los creó, a su imagen y semejanza". Dios, a su vez, entrega al varón y la mujer, como su obra maestra que son, el resto de la creación con el mandato: crezcan, multiplíquense, llenen la tierra, sométanla.

No hay nada más hermoso que el ser humano viva y crezca en humanidad.

No hay nada más ruin que el ser humano se envilezca renunciando a su humanidad.

Como humanos, podemos comunicarnos, expresar nuestros pensamientos y sentimientos; nos complementamos, ayudándonos de manera respetuosa y solidaria, aprovechando nuestras facultades de la inteligencia, la afectividad, la voluntad, la libertad, la responsabilidad. La plenitud es cuando usamos estas facultades para ennoblecernos personalmente, o sea para madurar, y también para colaborar en el proceso de madurez de los demás.

Madurar es trascender; es ir más allá de mí mismo, encontrando en los demás a compañeros de camino para la superación; es ir más allá de mi verdad y mi bien, para alcanzar la verdad y el bien que de suyo existen aunque nosotros no existiéramos y que dan consistencia a nuestra vida. La plenitud de la trascendencia se tiene cuando avanzamos en la consecución de la Verdad y el Bien supremos, que le llamamos Dios. Si Dios nos hizo a su imagen y semejanza, lo máximo es cuando reconocemos que Dios Trino y Uno es nuestro Origen y nuestra Meta y cuando asumimos que la plenitud será la total pertenencia a Dios, que se llama santidad.

Desgraciadamente la vida familiar y social está llena de violencia: física, verbal, psicológica desde el propio hogar; robos, asaltos, secuestros, asesinatos. Se cumple aquella frase del filósofo: "el hombre es lobo para el hombre".

¿Dónde está la raíz de la violencia? ¿Qué hacer para afrontarla y resolverla o al menos atenuarla?

La raíz de todo está en nuestro corazón, donde se anida la maldad o la bondad, el engaño o la verdad, el abuso o la ayuda, la solidaridad o la imposición; de nuestra libre responsabilidad depende qué uso demos a las facultades que hemos recibido. Conviene que en la familia, en la comunicación y mutuo acompañamiento que cultivemos, nos ayudemos a ir avanzando noblemente y de manera consistente. Que nuestras familias sean escuela de formación en los valores humanos y cristianos.

Hemos de reconocer y asumir que junto a nuestra tendencia en el sentido de la verdad y el bien, también está nuestra tendencia a la mentira, a la corrupción, a la mediocridad; porque, aunque hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, también estamos marcados por la concupiscencia.

San Pablo expresa esto con mucha claridad, diciendo: "hago el mal que no quiero, no hago el bien que quiero"; pero encuentra en Cristo Jesús la fuerza y el camino de conversión.

De nuestra libre responsabilidad, por supuesto con la gracia de Dios, depende que colaboremos en desterrar la cultura de muerte y construir  la cultura de vida en nuestro derredor.


Publicado por verdenaranja @ 10:34  | Hablan los obispos
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