Mi?rcoles, 18 de noviembre de 2009

Reflexión para sacerdotes en una mañana de retiro en el arcipretazgo de La Orotava - Tenerife, Noviembre 2009.    

"Constituidos servidores..."

PREÁMBULO

Siempre supone un esfuerzo el hecho de hacer un hueco para reflexionar, buscar el oasis en medio de la aridez del desierto de la vida ministerial. Pero la experiencia demuestra que merece la pena "parar y refrescarse"... A eso les invito, a sentirnos cómodos... a colocar junto a nosotros la "mochila" de la vida con los acontecimientos agradables y desagradables que definen nuestro presente y condicionan nuestro ministerio... a recordar el día en el que el Maestro se arrodilló delante de nosotros y nos constituyó ministros suyos "cualificados y dignos"... a refrescar el contenido principal de lo que somos y para lo que vivimos...

Es una tarea apasionante, nunca lograda del todo, pues hasta los maestros en espiritualidad sacerdotal advierten sobre el riesgo de creerse "inmunes" frente a lo que acontece a nuestro alrededor creyendo que no influye en nuestra personalidad "sacerdotal". Es pues tiempo también de conocer el "agua de la pecera" en la que nos estamos moviendo y que respiramos hasta el punto de "tragarla" con frecuencia...

Merece la pena el esfuerzo en esta mañana, no sólo por nosotros mismos, sino también por el Pueblo de Dios para el que hemos sido "constituidos como servidores", hay quienes no somos totalmente conscientes de que nuestra vida es "regalo de Dios" para otros y, quizás, respuesta a sus plegarias, pero los santos sí que lo entendieron y temblaron ante la grandeza de su misión, uno de ellos, San Juan María Bautista Vianney, afirmaba:

"Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina".

Que sean sus palabras las que "justifiquen" el esfuerzo de sentarnos junto al Maestro para "vivir" la definición de oración que enseña Sta. Teresa de Jesús: "No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama." 

"Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin. Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura". (Jn 13, 1-5)

Disfrutemos del acontecimiento, una vez más pongamos al servicio del ministerio a la imaginación y, sabiendo del carácter misterioso de nuestra vocación, "sentémonos a la Mesa" porque el Maestro, también, ha pronunciado nuestro nombre, ha enamorado nuestro corazón y nos ha pedido que le sigamos "dejándolo todo" para poder hacernos partícipes de su Misión... ¿Y si quisiera hoy, de manera espiritual, limpiarnos los pies del "barro del camino" que nos impide seguirle al ritmo que Él quiere?

El Papa, en la homilía pronunciada en la Misa Crismal de 2006 decía: "El misterio del sacerdocio de la Iglesia radica en el hecho de que nosotros, seres humanos miserables, en virtud del Sacramento podemos hablar con su 'yo': in persona Christi. Jesucristo quiere ejercer su sacerdocio por medio de nosotros. Este conmovedor misterio, que en cada celebración del Sacramento nos vuelve a impresionar, lo recordamos de modo particular en el Jueves Santo. Para que la rutina diaria no estropee algo tan grande y misterioso, necesitamos ese recuerdo específico, necesitamos volver al momento en que Él nos impuso sus manos y nos hizo partícipes de este misterio."

Es una homilía cargada de sentimiento y que bien nos vendría hoy para "afectarnos" hasta el punto de refrescar la respuesta al por qué soy sacerdote... "Reflexionemos nuevamente en los signos mediante los cuales se nos donó el Sacramento. En el centro está el gesto antiquísimo de la imposición de las manos, con el que Jesucristo tomó posesión de mí, diciéndome. 'Tú me perteneces'. Pero con ese gesto también me dijo: 'Tú estás bajo la protección de mis manos. Tú estás bajo la protección de mi corazón. Tú quedas custodiado en el hueco de mis manos y precisamente así te encuentras dentro de la inmensidad de mi amor. Permanece en el hueco de mis manos y dame las tuyas. [...]

Recordemos, asimismo, que nuestras manos han sido ungidas con el óleo, que es el signo del Espíritu Santo y de su fuerza. ¿Por qué precisamente las manos? La mano del hombre es el instrumento de su acción, es el símbolo de su capacidad de afrontar el mundo, de 'dominarlo'. El Señor nos impuso las manos y ahora quiere nuestras manos para que, en el mundo, se transformen en las suyas. Quiere que ya no sean instrumentos para tomar las cosas, los hombres, el mundo para nosotros, para tomar posesión de Él, sino que transmitan su toque divino,

poniéndose al servicio de su amor. Quiere que sean instrumentos para servir y, por tanto, expresión de la misión de toda la persona que se hace garante de Él y lo lleva a los hombres [...]" Ya sabemos y hemos repetido hasta la saciedad que este don lo llevamos en vasijas de barro... ¿pero de verdad lo creemos? Nuestras inseguridades y temores no vendrán de una falta de humildad sincera entendida como arrodillarse en la presencia del Maestro a mostrarle nuestras "heridas" para que sea Él quien nos "cure y nos sane" y no nuestros recursos personales o los criterios de conveniencia de los demás.

Decía el Papa en la homilía antes mencionada: "Él, con gran bondad, nos tomó de la mano, nos atrajo hacia sí y nos dijo `No temas. Yo estoy contigo. No te abandono. Y tú no me abandones a mí'. Tal vez en más de una ocasión a cada uno de nosotros nos ha acontecido lo miso que a Pedro cuando, caminando sobre las aguas al encuentro del señor, repentinamente sintió que el agua no lo sostenía y que estaba a punto de hundirse. Y, coi Pedro, gritamos: 'Señor, isálvame! [...] Pero entonces miramos hacia Él... y Él nos aferró la mano y nos dio un nuevo 'peso específico': la ligereza que deriva de la fe y que nos impulsa hacia arriba. Y luego, nos da la mano que sostiene y lleva. Él nos sostiene. Volvamos a fijar nuestra mirada en Él y extendamos las manos hacia Él. Dejemos que su mano nos aferre; así no nos hundiremos, sino que nos pondremos al servicio de la vida que es más fuerte que la muerte, y al servicio del amor que es más fuerte que el odio. [...] Una de mis oraciones preferidas es la petición que la liturgia pone en nuestros labios antes de la Comunión: 'Jamás permitas que me separe de Ti'. Pedimos no caer nunca fuera de la comunión con su Cuerpo, con Cristo mismo; no caer nunca fuera del misterio eucarístico. Pedimos que Él no suelte nunca nuestra mano..."

La imagen es preciosa, aferrados a la mano del Maestro, nuestra única seguridad sacerdotal, y luego vivir lo demás y con los demás... pero "agarrados a Cristo" como los niños a las manos de quienes los han criado y cuidado con amor, sólo quien se ha sentido amado presta su confianza y no teme aunque tiemble...

Terminemos esta primera meditación con las palabras del Papa: "Éste es el significado profundo del ser sacerdote: llegar a ser amigo de Jesucristo. Por esta amistad debemos comprometernos cada día de nuevo. Amistad significa comunión de pensamiento y voluntad. [...] Y esta comunión de pensamiento no es algo meramente intelectual, sino también una comunión de sentimientos y de voluntad, y por tanto también del obrar. Eso significa que debemos conocer a Jesús de un modo cada vez más personal, escuchándolo, viviendo con Él, estando con Él [...] Jesús asumió nuestra carne. Démosle nosotros la nuestra, para que de este modo pueda venir al mundo y transformarlo. Amén"

(Meditación personal)


Publicado por verdenaranja @ 16:53  | A?o Sacerdotal
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