Domingo, 22 de noviembre de 2009

Comentario a las lecturas del domingo de la Fiesta de Jesucristo Rey del Universo, publicado en Diario de A Visos el domingo 22 de Noviembre de 2009 bajo el epígrafe DOMINGO CRISTIANO. 

¿Un rey o un poeta?

Daniel Padilla

Tú lo dices, yo soy rey. Para eso he nacido y para eso he venido al mundo". La verdad, Señor, que oyéndote decir esas cosas, yen la situación en que las dijiste, uno se queda anonadado. Porque, reconstruyamos la escena.

Allá estaban los dos, frente a frente. Por un lado Pilatos, representante del poder constituido: el César de Roma. Procura­dor romano, argumento indiscutible de un pueblo guerrero y dominador. Por otro lado tú, autoproclamándote "rey de los judíos" -descendiente, sí, del reinado de David, una realeza venida a la nada-, pero añadiendo que "tu reino no es de este mundo", ya que, en realidad, no pasas de ser "el hijo del carpintero". Pila-tos, que simboliza el derecho y la fuerza, el poderío y la opresión. Y tú, "cordero que no bala al ser llevado al matadero", y que te propones reinar por la ley de "poner la otra mejilla".

Dime, Señor: ¿eres un rey, o un poeta? ¿Acaso un soñador de utopías, un alqui­mista de reinos fabricados con nubes y con imposibles? Porque la escena de hoy no es una escena suelta. Es el broche final de todo un mensaje proclamado. En efecto. Tú afirmaste que tu reino se tenía que parecer a "una red de pescar en la que caben toda clase de peces", a "un grano de mostaza que, siendo la semilla más pequeña, se convierte en el más grande de los arbustos", a "un banquete al que son llamados todos, hasta los más desheredados". Dijiste que, en tu reino, no debe existir otra ley que la del amor. Un amor que lo desmenuzaste bien clara­mente: "Dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo...". Un amor que llegue al perdón supremo -"setenta veces siete, Pedro"- y a la "no vio­lencia" -"mete tu espada en la vaina, Pedro, porque el que a espada mata, a espada muere"-. Un amor, en fin, cuya "mayor demostración consiste en dar la vida por los demás". Como tú estás a punto de hacerlo, Señor, ahora.

Esa es la descripción que hiciste de "tu reino". De verdad, no parece de este mundo. Pero tengo la impresión de que ninguno de los protagonistas de esta mañana te entendió. No lo hizo Pilatos, que es claro que no lo tomó en serio. Por eso, con mucha ironía, mandará poner sobre tu cruz aquella inscripción: "Jesús nazareno, rey de los judíos". No te enten­dieron los tuyos, los judíos que te entre­garon. Cayeron en la mayor contradic­ción: odiando como odiaban al pueblo invasor, antes que aceptar tu reino, pro­clamaron públicamente su adhesión al César: "Nosotros no tenemos más rey que el César". ¡Algo de verdad increíble!

Y acaso nosotros, los cristianos de todos los tiempos, tampoco te entendemos. Porque la verdad lisa y llana es que hemos solido andar basculando entre dos extre­mismos; unas veces "dando al César lo que es de Dios", y otras veces "dando a Dios lo que es del César". Sí. Ha habido épocas en que nos hemos hecho tan tem­poralistas y terrenos, tan mundanos y mundanizados, tan rendidos al poder, al dinero y a la fuerza, que convertimos el cristianismo en un "reino de este mundo". Otras veces, al revés, asustados por la civi­lización laica y secular que nos ha inva­dido, preferimos la huida y la evasión a lo "puramente espiritualista". Y no, amigos. "Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres son los gozos y las esperanzas de los discípulos de Cristo". Y si Dios, al encarnarse, entró en la historia de la Humanidad asumién­dola, el cristiano ha de seguir ese modo de "reinar".


Publicado por verdenaranja @ 9:40  | Espiritualidad
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