Viernes, 27 de noviembre de 2009

Artículo de Olegario González de Cardedal invitando a la reflexión, enviado desde la oficina de prensa del obispado de Tenerife. 

Tres perversiones de humanidad             

Escrito por OLEGARIO GONZÁLEZ DE CARDEDAL   

jueves, 26 de noviembre de 2009

¿Cuáles son las potencias que fundan, regulan, otorgan sentido y dignidad a la vida humana? La cultura, la ciencia, la ética, la religión, la política... En cada una de las grandes épocas históricas los hombres han mirado hacia un foco de luz, al que han considerado como el sol iluminador y vivificador de todo; otras en cambio hemos quedado sorprendidos, fascinados o atolondrados por la complejidad de la realidad, por la variedad de necesidades y posibilidades humanas. 

Si en aquellas épocas los peligros mortales fueron la uniformidad, la violencia, la dictadura personal o ideológica, en otras en cambio, la fascinación viene del lado de los pluralismos. Hay que mantener vivas y activas esas cinco instancias, sin que ninguna de ellas ejerza un despotismo sobre las demás. Hoy somos sensibles a la imposición de la religión en el pasado y a todas las Inquisiciones. ¿Somos igualmente sensibles a la fascinación y absolutización de la política que sufrimos hoy, con olvido o represión de las otras fuentes esenciales de verdad y sentido como son la ética, la religión y la cultura?

El recrudecimiento de las sensibilidades identitarias y la recuperación de una historia anterior reprimida han llevado consigo en la historia europea a una nueva organización democrática en la que se integren las diferencias y encuentren cauce de realización las aspiraciones diversas. Desde el pluralismo de regiones al pluralismo de culturas, de etnias y religiones, estamos hoy a la búsqueda de una integración mejor que la que hemos vivido en siglos anteriores, determinada por los nacionalismos y las ideologías.

En una situación como ésta, dos me parecen las tareas más graves de la humanidad hoy, más allá de las diarias urgencias: la búsqueda teórica de una comprensión de lo humano que haga justicia a sus múltiples dimensiones como ser racional, libre, moral, comunitario, religioso y abierto a la trascendencia, que le hace heredero de todo el pasado, y responsable de todo el futuro, a la vez que afincado en una espera que debe sostener no en desesperación sino en esperanza. La Declaración universal de los derechos humanos (París 1948) se sostenía en la convicción de esa dignidad y responsabilidad comunes a todo hombre. A distancia de aquella fecha ciertas áreas culturales como el islam, ¿siguen manteniendo sus distancias por considerar que esa declaración es fruto de otra cultura (occidental) y de otra religión que no es la suya (cristianismo)? Y Europa, ¿mantiene todavía los asideros de la comprensión antropológica subyacente a aquel texto: la que deriva del humanismo grecolatino, de la religión bíblica afirmadora del hombre como imagen de Dios que se convierte así en su garante y defensor, del pensamiento humanista del renacimiento, de la Ilustración y de los grandes movimientos sociales?

Esta es la sima abierta en nuestra conciencia de occidentales: hemos desistido de una consideración concorde del hombre, en su relación con el cosmos, con el prójimo y con Dios, contentándonos con los fenómenos (filosofía); de buscar los fundamentos objetivos de nuestras acciones que deben ser trenzadas siempre con la libertad pero que están sustraídos a nuestra arbitrariedad (ética); hemos remitido la relación con Dios a la mera decisión subjetiva desde el ateísmo, el agnosticimo, la simple indiferencia u olvido de esa cuestión primordial (religión). Sólo nos quedan una utopía revolucionaria y loca o una política exclusivamente pragmática cuyo objetivo primordial parece ser la conquista o permanencia en el poder. Ambas son igualmente inmorales y mortales. Las más grandes utopías políticas han llevado consigo las grandes catástrofes y los 150 millones de muertos que Europa tiene sobre su conciencia desde el comienzo de la guerra del 14 hasta el final del genocidio de Yugoeslavia.

¿Qué pasará con aquellas políticas radicalmente pragmáticas, que renunciando a buscar fundamentos éticos de carácter mínimamente universal para sus decisiones, se remiten solo a la opinión popular, opinión que se ha construido previamente desde los inmensos resortes del poder informativo y económico que el gobernante tiene hoy en sus manos? La decisión democrática es siempre necesaria e insustituible pero por sí sola no es suficiente. Con ella se han cometido los grandes genocidios y exterminios. Hay algo en la vida humana que no es regulable desde la sola legislación exterior. Tampoco es aceptable aquella postura que deja al poder político hacer todo lo que quiere, ya que en su interior nadie es obligado a perpetrar lo que objetivamente son crímenes aunque estén permitidos por la ley. Todos somos responsables de nosotros mismos y del prójimo, del bien propio y del bien común. Una sociedad que se escuda en ese individualismo feroz y desiste de buscar, proteger y mantener el bien común, es una selva dejada a merced de los tigres y leones.

Esta es la situación real de España: desde el ejercicio de una democracia, remitida primordialmente a su legitimidad formal se han aprobado o se van a aprobar legislaciones que están contra el sentido moral propio de una sociedad fiel a su mejor legado histórico, consciente de los derechos humanos primarios y abierta a un futuro. «¡Sin niños no hay esperanza!», decía Péguy. Aquí la responsabilidad primaria es de los políticos, pero en última instancia todos los ciudadanos somos responsables: por acción u omisión, por palabra o por silencio. Todos desde la primera autoridad del país, cuya misión es «arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones». ¿Quién debe velar por un Tribunal Constitucional del que desde hace tres años esperamos una respuesta, permitiendo con el lapso del tiempo que se creen situaciones irreversibles a la vez que el poder político en connivencia afirma que así llevan las cosas tres años y que no ha pasado nada? Así las cosas, ¿qué significa la justicia? ¿Dónde queda la atención preferencial, propia de un Estado social de derecho, a las regiones pobres y a las clases sociales golpeadas hoy por el paro y la pobreza?

¿No tendremos que avergonzarnos de haber asistido pasivamente a una ley que declara el aborto un derecho? ¿Y avergonzarnos de otra ley que iguala como matrimonio realidades objetivamente diferentes como son, por un lado la unión de hombre y mujer capaces de procrear siendo así creadores de futuro, y por otro la unión de dos hombres o de dos mujeres? ¿Y avergonzarnos de una tercera ley que hace posible el divorcio en un tiempo mínimo después de contraer matrimonio, dejando en el vacío las decisiones claves, que aparecen así como insignificantes y reversibles al primer sobresalto? ¿No remite todo esto a una actitud meramente política, que no cultiva los fundamentos morales ni alienta las convicciones educativas desde las que la vida adquiere solidez, garantía y responsabilidad? Una cosa es despenalizar el aborto en casos extremos; una cosa es regular jurídicamente relaciones reales entre personas del mismo sexo; una cosa es tener la flexibilidad necesaria en ciertos casos de separaciones. Y otra cosa es favorecer positivamente o presentar como derechos actuaciones que son claramente inmorales.

Los que vivimos en España no podremos mantener la frente alta y la cara limpia, cuando nuestros descendientes nos recuerden estos desmanes. Todos sabemos cuales son los intereses, presupuestos y cargos que están detrás de ciertas decisiones de partidos y de personas. ¿Dónde está la palabra de las Universidades, de los cuerpos profesionales, de las organizaciones de padres y de madres, de los sindicatos, de los profesores y educadores? ¿Dónde los reales socialistas de la mejor tradición? ¿Dónde los cristianos defensores de la persona desde el comienzo hasta el final? Un partido político no propondría tales leyes si no contara con la adhesión, inmediata o construíble de sus electores. En los tres casos citados (aborto como derecho, matrimonio de homosexuales, divorcio exprés), ¿no se está pervirtiendo algo esencial para la vida humana? Partidos, personas, grupos, autoridades, individuos: todos somos responsables hoy y no podremos exculparnos mañana. La verdad hay que decirla en el momento necesario, no después; la justicia hay que hacerla en su tiempo propio, no al siglo siguiente. Hoy hacemos crítica despiadada del siglo XX y ¿no estamos repitiendo sus fraudes y fratricidios? TERCERA DE ABC


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