S?bado, 28 de noviembre de 2009

Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la Misa para la veneración de la reliquia del Santo Cura de Ars. (AICA)
(Iglesia del Seminario, 10 de noviembre de 2009)


ANTE EL CORAZÓN DEL CURA DE ARS 

Desde muy temprano la Iglesia veneró las reliquias de los mártires. En el relato o acta de la pasión de San Policarpo, obispo de Esmirna, se lee que los fieles recogían sus restos como objetos preciosísimos, como gemas de gran valor. Ellos eran –los mártires– discípulos por excelencia, los verdaderos imitadores de Cristo. A esos restos sagrados se los designó como reliquias, pero también se los llamó “nombres” –nomina martyrum– “prendas”, “memoria”, “beneficios”, “santuarios”, “bendiciones”. En cuanto la Iglesia adquiere libertad, en el siglo IV, el culto de los mártires, en torno a sus reliquias, se hace público y solemne. Más tarde, el culto de los santos, hombres y mujeres de Dios, incluirá asimismo la veneración de sus reliquias, una manera –por así decirlo– de aferrar con los sentidos, visiblemente, la presencia espiritual de quienes ya reinan con Cristo y son para nosotros modelos e intercesores. Sobre las reliquias de los santos se edifican templos y por el contacto con ellas Dios suele obrar milagros. Esta veneración es un rasgo inconfundible de la piedad católica. Con esta antigua e ininterrumpida tradición nos vincula la recepción que hoy hacemos, fervorosa, esperanzada, del corazón del Santo Cura de Ars. ¡Nada menos que su corazón!

En la Biblia hebrea, el corazón no aparece sólo como el órgano indispensable para la vida corporal, sino también –y sobre todo– como el centro de la vida psicológica, moral y religiosa. Por él se experimenta la alegría y la tristeza, la humildad y el orgullo, el dolor, la indigencia, la miseria. El corazón es la sede del deseo, de la voluntad, de toda la vida afectiva. Pero cuando en el proceso de la revelación se van diferenciando mejor las facultades del alma, se asigna a la inteligencia un lugar en el corazón y los sentimientos y pasiones se desplazan simbólicamente a otros órganos del cuerpo. La inteligencia del corazón es a la vez intuitiva y discursiva: calcula y medita. Allí se conciben los pensamientos, se almacenan los recuerdos, se afina la atención. El corazón contiene los elementos de lo que nosotros llamamos la persona, y lo más secreto de la persona, que nadie conoce y sólo Dios escruta. Es allí donde el Espíritu escribe la ley nueva y de donde brota el amor del hombre a Dios. Aunque en el Nuevo Testamento no faltan influjos de la antropología griega, el lenguaje semítico permite atribuirle al corazón un cúmulo de funciones metafóricas; kardía significa sobre todo el hombre interior, que se llamará el hombre escondido del corazón, como se dice en la primera Carta de Pedro.

El corazón de San Juan María Vianney, que tenemos ante nuestros ojos, representa su alma, su persona; y si a él lo llamamos, sin más, el Cura de Ars –identificándolo por su condición de sacerdote– podemos decir que hoy veneramos su corazón sacerdotal. La santidad de Vianney es santidad sacerdotal, perfecta imitación de Cristo, mediador entre Dios y los hombres. En su estudio sobre El alma del Cura de Ars, Francis Trochu describe la llegada del joven sacerdote a la aldea a la que ha sido enviado, el 9 de febrero de 1818. Recorrió a pie, junto al carro que cargaba sus pocas pertenencias, los treinta kilómetros que separaban Écully de Ars; en cuanto divisó a lo lejos su parroquia cayó de rodillas para encomendar a Dios esos feligreses suyos, que aún no conocía pero que le habían sido confiados. Presentía lo que le esperaba; lo había advertido cuando recibió del vicario general de Lyon su nombramiento y una alusión al estado espiritual de aquella gente, a la que amaba desde entonces con un amor sacerdotal. Comprendió que la conversión de su parroquia era su vocación y su destino, que Dios lo había hecho sacerdote para eso. El biógrafo emplea una expresión discutible: tenía –dice– la obsesión de la salvación de las almas, y afirma que la personalidad del Santo Cura se encuentra entera en esas palabras. Digamos, más bien, que por la salvación de las almas ardía en el fuego del amor divino su corazón sacerdotal.

¡La salvación de las almas! Fórmula que ya no empleamos con frecuencia porque refleja acentos teológicos de otra época, pero que es sencilla y perfectamente católica: que los hombres encuentren a Cristo, único Salvador, que se dejen alcanzar por él, que lo acepten y se unan a él por la fe, que vivan en la gracia de su amor y adopten como guía el Evangelio, que se incorporan plena y activamente a la comunidad de la Iglesia. Ésta debe ser también nuestra obsesión, la de los sacerdotes de hoy, porque para eso hemos recibido el don y la carga del sacerdocio. El ser y el ministerio del sacerdote son la presencia y la acción de Cristo Salvador en la historia de los hombres; están referidos esencialmente al misterio de la salvación, a la dimensión trascendente, al ésjaton del destino humano. Por eso, la vida del sacerdote y el ejercicio de ésta su singular “profesión” se hunden en la atmósfera de lo sobrenatural, se comprenden sólo a la luz de la fe.

La cultura moderna ha intentado vaciar al cristianismo de sus misterios para reducirlo a ser una religión dentro de los límites de la pura razón, según el programa de Kant; la revelación divina y los dogmas de la fe rebajados al nivel de una ética de la civilización, de una moral establecida por consenso; la gracia se identificaría con la naturaleza y su expansión por medio de la libertad; la salvación se obtendría por el ejercicio de una filantropía en la que la inspiración religiosa y el vínculo sacramental con el Cristo viviente y con la Iglesia resultan algo superfluo, innecesario. Esta concepción naturalista, humanitaria de la fe cristiana, reapareció en la teoría del cristianismo anónimo, minando el dinamismo misionero de la Iglesia y limitando el horizonte del esfuerzo pastoral al ámbito de la promoción social. El magisterio postconciliar, siguiendo precisamente las orientaciones del Concilio, ha insistido siempre en que la conversión de los corazones es un requisito indispensable para el cambio de las estructuras de injusticia que son consecuencia del pecado; la vida digna y plena sólo se encuentra en Cristo Salvador y la promoción del hombre en sentido cristiano es inseparable de la evangelización. Los servicios de caridad organizados por Vianney en Ars, sus esfuerzos por humanizar y elevar la vida de sus feligreses, pobres y ricos, procedían de su fervor sacerdotal, de su celo, de su obsesión por la salvación de sus almas.

La cultura relativista, que impregna la mentalidad de las multitudes en el mundo contemporáneo, se manifiesta también en el ámbito de lo religioso. La opinión general, forjada por los medios de comunicación, acepta fácilmente que no existe una verdad religiosa y que todas las religiones constituyen igualmente medios válidos de salvación, a la par del humanismo laico y solidario. En este contexto cultural debemos empeñarnos actualmente en la misión. La figura del Cura de Ars resulta entonces emblemática: hacer presente a Dios por la incansable predicación de la Verdad y por el testimonio de un amor que refleje y comunique la misericordiosa ternura del Padre: sólo es posible perseverar en esa entrega abrazando la cruz del Redentor y dejándose arrebatar por el Espíritu Santo.

El secreto de la santidad y del fecundo apostolado de Vianney fue su identidad sacerdotal sin fisuras, apoyada en la continua unión con Dios. En los años en que se encontraba abrumado por el trabajo pastoral, por las horas interminables pasadas en el confesionario, practicaba lo que San Francisco de Sales llamó la oración vital; en su caso, tal estado de oración fue el fruto de largos y costosos esfuerzos por referir a Dios todas las circunstancias de la vida cotidiana. Solía decir: desde el comienzo de la jornada trato de unirme fuertemente a Nuestro Señor y luego obro con el pensamiento de esa unión. De esa unión con Dios se nutría su caridad pastoral, cuyo ejercicio lo consumía enteramente, sin reservarse nada para sí, porque lo veía como el cumplimiento de la elección de la que había sido objeto, de su vocación, de la voluntad de Dios.

En estas horas en que veneramos como una reliquia sagrada su corazón de carne, nuestra contemplación y nuestro deseo intentan alcanzar una participación en su espíritu. Reconocemos como una gracia esta oportunidad providencial. El Año Sacerdotal, promulgado por Benedicto XVI para recordar el sesquicentenario de la muerte del Santo Cura de Ars, nos es ofrecido para que sacerdotes y laicos reconozcamos con nuevo y gozoso aprecio la riqueza concedida por el Señor a su Iglesia en la institución del sacerdocio católico. Los fieles laicos pueden y deben ayudarnos con su oración, su colaboración y cercanía cordial, a que quienes hemos recibido por la ordenación la gracia de hacer presente mediante nuestro ministerio a Cristo Salvador de los hombres, para que aspiremos seriamente a la santidad, a la conversión personal y pastoral. Nos alienta el ejemplo y la intercesión de San Juan María Vianney.

Postrados en espíritu ante la reliquia de su corazón le pedimos intervenga en nuestro favor para que, con la participación de muchos laicos generosos y bien formados podamos hacer realidad el ideal de ser una Iglesia misionera, por el estilo infundido a la acción pastoral ordinaria y por el empeño permanente en llegar a todos con la verdad y la gracia del Salvador. Que podamos, especialmente, llenar nuestra responsabilidad sobre aquellos que hemos bautizado y a quienes debemos evangelizar y educar en la fe. ¡Que nos consuma el celo por la salvación de todos! Propongo que también nos unamos en una intención no menor: que surjan de nuestras familias, de nuestras comunidades parroquiales, de los movimientos eclesiales y de nuestros colegios, jóvenes enamorados de Cristo, animados por la fe que vence al mundo, valientes y puros, que se ofrezcan al servicio de la Iglesia para la salvación de las almas. ¡Que nosotros sepamos discernir y cultivar los gérmenes de vocación que el Señor siembra misteriosamente, contando con nuestro trabajo, nuestro testimonio y nuestra oración! 

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata

 


Publicado por verdenaranja @ 23:00  | Homil?as
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