Viernes, 04 de diciembre de 2009

Homilía de monseñor Néstor Hugo Navarro, obispo del Alto Valle del Río Negro. (AICA)
(General Roca, 15 de noviembre de 2009)



PEREGRINACIÓN A LA VIRGEN MISIONERA
 

Como en años anteriores, hoy hemos venido peregrinando desde distintos lugares a nuestro sitio diocesano de piedad mariana que es esta Ermita en paso Córdova donde veneramos a María en la advocación de la Virgen Misionera. Venimos a manifestar el amor de corazón que sentimos por Ella y se lo queremos ofrecer. Le damos gracias por acompañarnos y protegernos, como acompañó y protegió a su Hijo Jesús. Hemos venido también para decirle a la Virgen que nos ayude a vivir en cristiano; que nos ayude a recrear en nuestra alma la fe y la esperanza y a renovar nuestro compromiso de  caridad en favor del hermano pobre, y ser dentro de la historia, muchas veces dolorosa por el egoísmo humano, fermento de libertad y de progreso, de fraternidad, de unidad y de paz. Que nos ayude a ser discípulos y misioneros de Jesús.

Al final del año litúrgico (hoy es el domingo 33 “B”), la Iglesia, con sabia pedagogía, nos hace mirar hacia el fin del tiempo y de las cosas. La Palabra de Dios nos hace comprender que todas las obras humanas y hasta aquellos imperios que parecen más fuertes y poderosos, tienen un final en la historia.

El evangelio de hoy cierra el discurso más largo de Marcos. Jesús va a hablar del fin del mundo, pero no de la manera trágica que lo entendemos generalmente, sino del fin de este mundo, es decir, del fin de un estilo y una forma de vida, del fin de un mundo viejo y calamitoso.

Este evangelio no pretende asustar ni amenazar a nadie. Al contrario, es un anuncio de esperanza. Afirma convencido que Jesús vendrá lleno de poder y de gloria para congregar a sus fieles, de cualquier parte y en cualquier lugar que se encuentren. Entonces habrá llegado el momento cuando se alcance la victoria definitiva sobre la muerte, ya que “El transformará nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso, con el poder que tiene para poner todas las cosas bajo su dominio” (Flp. 3,21).

Esta palabra del Señor mantiene toda su fuerza y actualidad, porque igual que en aquellos tiempos, también hoy la fe puede estar fuertemente sacudida por los problemas y angustias de un mundo tan difícil e inseguro y tan lleno de conflictos sociales, donde tantos hombres están excluidos de los bienes de la tierra. Sin embargo, el verdadero creyente sabe que la salvación prometida por Dios no está a merced de personas o circunstancias que la hagan fracasar, por más penosas que sean.

Sí, hermanos, la salvación del  hombre y del mundo, será una hermosa realidad, si es que nosotros los creyentes y los hombres de buena voluntad no nos evadimos de nuestras responsabilidades cristianas y ciudadanas. Porque la gracia de Dios va haciendo su obra a través de nosotros. La salvación no es algo que se produce de cualquier modo y al final, sino que se va gestando en el transcurso de la vida. El futuro está escondido en el presente; por eso, Jesús nos exhorta tantas veces con una palabra estimulante: “¡Vigilen!” “¡Estén despiertos!”.

Sí, debemos vigilar en primer lugar sobre nosotros mismos, para no cerrarnos al amor de Dios y a sus exigencias de obrar con piedad, justicia y caridad, porque de lo contrario todo (familia, país, mundo) tambaleará, se oscurecerá. La vida humana cerrada a Dios es una calamidad, cuyos frutos son el hambre, la guerra, los odios, la perversión moral...

El Señor nos pide responsabilidad: “¡vigilen!”. Nuestra vida es un tiempo corto, un suspiro, que sólo Dios Padre sabe cuándo concluirá. Le corresponde a Él poner fin a la historia, ya que fue Él quien la comenzó (“No les corresponde a ustedes conocer el tiempo y el momento que el Padre ha establecido con su propia autoridad”, Hech. 1,7). Por eso, lo más importante no es conocer el día de la muerte o del fin del mundo, como pretendían los discípulos, sino saber cómo se debe vivir la vida lo más plenamente posible, según el evangelio de Jesús.

“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”, proclamaba el evangelio de hoy. Todas las palabras de los hombres, todas sus obras, todas sus promesas, pasarán; en realidad, todo lo que no se apoye en la inconmovible palabra de Dios, desaparecerá tragado por la historia. Sólo permanecerá la palabra del Señor; lo que él ha dicho sobre la justicia, la verdad, el amor, la paz, el perdón... Esta palabra no pasará, y si queremos mejorar el futuro, sobre esta Palabra hay que construir ahora, ya en el presente.

Hace pocos días celebramos a María como mediadora de todas las gracias: con esto queríamos decir que ella es la colaboradora especial del único Mediador y Salvador, su Hijo Jesucristo. A partir de esta mediación maternal, ella sabe que podemos superar nuestras carencias por más dramáticas y difíciles que sean, si hacemos todo lo que Jesús nos dice, como les recomendó a los sirvientes de la fiesta de bodas en Caná de Galilea. Nuestra fe nos hace estar convencidos que su Hijo le encargó no sólo la vida y el desarrollo de la Iglesia, hasta que El vuelva, sino que también nos puso al cuidado de su Madre. Jesús le pidió que protegiera nuestra esperanza en sus promesas y nos enseñara a crecer en el amor al prójimo, especialmente a sus hijos más pequeños, pobres y frágiles.

Queridos hermanos peregrinos, ella es nuestra Madre y no lo decimos con  palabras de simple consuelo humano. Son palabras grabadas que la Iglesia grabó en su corazón, desde ese viernes por la tarde cuando Jesús las pronunció Jesús, en el Calvario: “Mujer, aquí tienes a tu hijo”...., le dijo a su Madre. “Aquí tienes a tu madre”..., le dijo a su discípulo Juan que “desde aquel momento, la recibió en su casa”. Esta peregrinación debe ser sobre todo un fuerte momento espiritual, en que tengamos otra vez la oportunidad de decirle a María que es bienvenida en nuestra casa y a pedirle humildemente que se quede en ella.

El miércoles pasado los Obispos que participábamos de la Asamblea Plenaria del Episcopado, fuimos a la Basílica de Luján para celebrar juntos la Misa e iniciar la Misión Continental en Argentina, como nos lo propone el Documento de Aparecida. A los pies de la Virgen, nos comprometimos a animar y llevar adelante la tarea de hacer conocer el Evangelio a todos, especialmente a los que se han alejado de la Iglesia o todavía no conocen a Jesús. Le rezamos a María para que nuestras parroquias, comunidades religiosas, colegios, instituciones y movimientos, se pongan en estado de misión.

Fue la oportunidad también, ante las reliquias del Santo Cura de Ars, patrono de los sacerdotes, de rezar en este Año Sacerdotal que ha convocado el Papa Benedicto XVI, por todos los sacerdotes, por su perseverancia, por su santificación, por su ministerio y por el aumento de las vocaciones sacerdotales. Con estas mismas intenciones, también dirigimos aquí nuestras oraciones a la Virgen por nuestros Sacerdotes del Alto Valle.

“(Que) el Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos reconforta en todas nuestras tribulaciones”, por intercesión de la Madre de su Hijo, nos bendiga a nosotros, a nuestras familias y a nuestras comunidades, y nos conceda pasar un día de descanso fraterno y distendido y tener un feliz regreso a nuestros hogares. 

Mons. Néstor Hugo Navarro, obispo de Alto Valle del Río Negro


Publicado por verdenaranja @ 22:31  | Homil?as
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