Jueves, 17 de diciembre de 2009

 Carta de monseñor Aurelio José Kühn Ofm, obispo prelado de Deán Funes para el Adviento 2009. (AICA)

ADVIENTO 2009 

Queridos hermanos, sacerdotes y fieles de la Prelatura,  PAZ Y BIEN.

Quiero comunicarme con ustedes al comenzar el nuevo año litúrgico, compartir anhelos, inquietudes, esperanzas, y juntos abrirnos al soplo del Espíritu.

Comparto primero unas preguntas: ¿Qué nos está diciendo o pidiendo el Señor hoy, a través de tantos signos? ¿Estamos realmente atentos a lo que pasa en el mundo, en nuestra sociedad, en nuestras familias, en nosotros mismos, en nuestras comunidades parroquiales, en la comunidad diocesana? ¿Seremos capaces de dar respuestas sabias y valederas a los desafíos de la realidad?

La Liturgia de adviento es un constante llamado a la esperanza. El color mismo que se usa, el morado, simboliza el color del cielo antes del amanecer. Mientras pasa la  noche y aparece el sol, todo se ilumina  y cobra vida.

Pasamos también una noche oscura, pero confiamos y esperamos la venida de Jesucristo, el Salvador, que “viene de lo alto a visitarnos cual sol naciente, a iluminar a los que viven en tinieblas y guiar nuestros pasos por un sendero de paz” (Lc 1, 78s). Él mismo dice “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá luz y vida” (Jn 8, 12); “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6).

En este tiempo de adviento preparamos su venida en Navidad. Aunque, en realidad, Jesús, el Salvador, sigue viniendo, se sigue haciendo presente a través de su Espíritu, permanentemente, en la escucha de la Palabra, en los sacramentos celebrados, especialmente en la Eucaristía; se hace presente cada vez que amamos y servimos sincera y desinteresadamente a los hermanos.

Como decía el Papa Juan Pablo II, a pesar de todas las dificultades, tenemos confianza porque Jesús camina con nosotros. Tenemos la certeza tranquilizadora de que, aún cuando todo se hunda a nuestro alrededor, y quizás incluso en nosotros mismos, Cristo sigue siendo nuestro más firme apoyo. Los Obispos en el Documento de Aparecida dicen que “no tenemos otro tesoro que Jesucristo. No tenemos otra dicha ni otra prioridad que ser instrumentos del Espíritu de Dios, en Iglesia, para que Jesucristo sea encontrado, seguido, amado, adorado, anunciado y comunicado a los todos, no obstante todas las dificultades y resistencias” (DA. N. 14). También los Obispos argentinos, en el Doc. “Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad”, de noviembre 2008, nos aseguran que “Jesucristo es la respuesta total, sobreabundante y satisfactoria de las peguntas humanas sobre la verdad, el sentido de la vida y de la realidad, la felicidad, la justicia y la belleza” (n. 1).

Aquí esta, pues, nuestro primer desafío: conocer y hacer conocer, amar y seguir a Jesucristo.

En la Prelatura, como en el resto del país, son muchos los bautizados. Pero, ¿cuántos realmente conocen, aman y siguen a Jesucristo, y viven con fidelidad y alegría su fe cristiana y católica? ¿Cuántos son los que buscan en la Palabra de Dios y en la coherencia de vida, la luz, la fuerza y la esperanza que necesitan? También hay otras preguntas, que nos comprometen a los pastores y catequistas: ¿Somos capaces de despertar el hambre de la Palabra, la nostalgia de Dios, en el corazón de nuestra gente? ¿Los sabemos guiar hacia el encuentro personal con Cristo? “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (DA n. 243). “Quien acepta a Cristo: Camino, Verdad y Vida, en su totalidad, tiene garantizada la paz y la felicidad, en esta vida y en la otra” (DA n. 246). Para ello es condición indispensable el conocimiento profundo y vivencial de la Palabra de Dios. Por eso la Iglesia nos reclama a los pastores y catequistas educar al pueblo de Dios en la lectura y la meditación de la Palabra: que ella se convierta en su alimento para que, por propia experiencia, vea que las palabras de Jesús son espíritu y vida (DA n. 247).

Hemos ya lanzado la misión diocesana. Queremos que esa Buena Noticia, la Palabra de Dios, llegue a todos los rincones, a todas las familias y personas de la Prelatura. Todos necesitamos una luz de esperanza y nuevas razones para vivir y servir. La realidad que vivimos nos golpea con muchas crisis, sociales, políticas, económicas, climáticas y la más grave, raíz de todas, la crisis cultural, moral y religiosa. Todos los días los noticieros nos sacuden con su panorama de violencias, resentimientos descontrolados, violaciones, etc.. Manifiestan toda la inseguridad que vive nuestro pueblo, afectado por una terrible epidemia de corrupción. Las mismas relaciones interpersonales y familiares se ven afectadas. Ya nadie puede decir, “a mí no me toca”. Si no es la violencia física, es la violencia sicológica, o la presión de un sistema que no tiene en cuenta a la persona y al bien común. También nos afectan de sur a  norte los desastres climáticos, de una naturaleza que se defiende quizás de las agresiones del hombre.

Sufro por esta situación  de nuestro pueblo y oro constantemente para que el Señor nos libere de tanto mal.

La Palabra de Dios que escucharemos en este tiempo de Adviento nos llama a confiar y esperar. Pero también a cambiar y convertirnos. Desde lo más profundo surge el clamor: “Ven Señor Jesús” (Ap 22,20) y danos tu luz; enséñanos a amar, como tú  amaste, hasta dar la vida en rescate de muchos. La liturgia insiste es este súplica: “¡Ven, Señor, Jesús, no tardes!”. “Perdona los pecados de tu pueblo”. “Despierta en tus fieles el deseo de prepararse a la avenida de Cristo por la práctica de las buenas obras”. Sí, por la práctica de las buenas obras. El Evangelio dice de Jesús que “pasó haciendo el bien”. Es lo que nos pide también el Señor a nosotros, y lo necesita la familia y toda la sociedad. De nada valen los buenos deseos, las palabras y las promesas, sino las ponemos por obra.

Les prepongo, pues, que preparemos la venida del Señor, en Navidad, y también el Bicentenario de nuestra Patria (2010-2016) en justicia y solidaridad. Ir creando, en sintonía con la liturgia, un clima adecuado, en las familias y en las parroquias, por ejemplo, preparando el pesebre. Jesús siempre dejará un mensaje tanto a los niños que necesitan aprender y asumir valores, como a los grandes, que necesitan despojarse y curarse de muchas ruindades, y empezar a pensar y actuar con nuevos criterios, aquellos que nos propone Jesús en su Evangelio. Tenemos mucho para aprender, y más todavía para cambiar. Porque no se ha llegado al estado de inseguridad y desesperanza actual sin una o muchas razones. Que sea un tiempo también de discernimiento.

Termino con un texto de Aparecida: “¡No teman!¡Abran, más todavía, abran de par en par las puertas a Cristo”…quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada – de la que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera…¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abran, abran de par en par las puertas a Cristo y encontrarán la verdadera vida” (DA n. 15)

Que este tiempo de Adviento, tiempo de espera y de búsqueda del Señor, nos encuentre con un corazón abierto y bien dispuesto. Dios los bendiga. 

Mons. Aurelio José Kühn OFM, obispo prelado de Deán Funes 


Publicado por verdenaranja @ 21:32  | Hablan los obispos
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