Lunes, 21 de diciembre de 2009

Mensaje de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario sobre la misión de Adviento y Navidad (2009). (AICA)


MISIÓN DE ADVIENTO Y NAVIDAD 

Queridos sacerdotes, religiosas, religiosos y fieles laicos.

Después de saludarlos cordialmente, deseo que tengan un Adviento bendecido por Dios.  Este tiempo nos invita a la oración, a la escucha de la Palabra de Dios y a adorar el misterio de su nacimiento, para que la Luz de Cristo brille en nosotros con su amor.

Como reflexionamos en el Consejo Pastoral arquidiocesano, con los laicos y sacerdotes de los Movimientos e instituciones  arquidiocesanas, y con el Consejo Presbiteral, deseo pedirles a los párrocos, a los sacerdotes, a los religiosos, religiosas y laicos,  que se unan a la Misión de Adviento y Navidad; ya que la celebración del nacimiento de Jesús, también depende del fervor pastoral de su preparación, y de los gestos concretos de evangelización.

Dios va a bendecir el ciento por uno nuestra entrega  y la de todos los fieles, al celebrar mejor dispuestos la Navidad de su Hijo Jesucristo, en el Año sacerdotal y en el Jubileo de nuestra familia diocesana, si salimos a su encuentro y  abrimos los corazones al prójimo, "porque encontrarán  un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre" (Lucas 2,12).   

Alégrense y no teman

"No teman. Miren, les doy una Buena Noticia, una gran alegría para todo el pueblo" (Lucas 2, 10). La certeza de la venida de Jesús nos invita en primer lugar a recibirlo con fe, y adorarlo como hicieron los pastores; y al mismo tiempo  nos mueve también a  nosotros cristianos  a anunciarlo a los demás.  Si su "visita" es tan cercana, y reconocemos que Él viene a nosotros y está muy cerca en cada momento de nuestra vida; también nosotros debemos acercarnos a los demás,  y  salir a anunciar su presencia,  y  ayudarnos a ver el mundo con una mirada nueva.  La Navidad no es solo el deseo de paz, sino el poder vivir esa paz en la familia y en la sociedad, porque "un Niño nos ha nacido" (Is.9,5).                         

Sin embargo, la paz que anuncia la Navidad, se contrapone a un cono de sombra, formado por la violencia y la inseguridad que padecen muchos. Quienes han sobrellevado una agresión, o sus familiares y conocidos, fruto de este mal, quedan profundamente heridos en su interior, y necesitan ser reconfortados. 

Por eso es muy fácil que sin quererlo, haya crecido  el temor; o se hayan dejado algunas costumbres o tareas, incluso solidarias,  que antes se realizaban con mayor entrega; o se llegue a imaginar equivocadamente que quien no está bien vestido, o está en la calle; excluido o abandonado pueda ser más fácilmente causa de esta situación. En cambio, tenemos que reconocer que la violencia y la inseguridad la padece el hombre y la mujer de cualquier condición social;  y en realidad proviene de varias razones, entre ellas del olvido de Dios, y de la falta de amor, y de un trato más humano.   

Otra de las causas centrales de esta situación de fragilidad que vivimos está en la cultura relativista que se ha impuesto, donde pareciera que  nos acostumbramos a  ver  como en el negativo de una fotografía, donde lo blanco aparece como negro, y lo negro blanco. Además, ésta contribuye a encerrarnos en el egoísmo, nos hace indolentes ante el sufrimiento de los demás, o nos acostumbra a la injusticia. 

También se experimenta un desprecio por la vida, aún desde el seno materno; se percibe crueldad en la violencia delictiva, frecuentemente vinculada  al tráfico y al consumo de drogas, "que no solo causan dolor y muerte en muchas familias, sino también pone a los jóvenes en el riesgo de perder el sentido de la existencia" (CEA, 13. XI. 2009, nº 4 y 8).

En el fondo  se trata de una crisis moral, porque constatamos que se han debilitado valores fundamentales de la vida en familia, y de la convivencia social; que  a la vez llevan consigo  un debilitamiento  de la vida religiosa, porque "no hemos tenido en cuenta a Dios como Creador y Padre, fundamento de verdadera fraternidad" (cfr. ibidem, nº9 y 10).

Por ello, recordemos lo que  nos dice el Santo Padre: " Dios no es del todo invisible para nosotros, no ha quedado fuera de nuestro alcance. Dios nos ha amado primero...y este amor de Dios ha aparecido entre nosotros, se ha hecho visible, pues Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él (1 Juan 4,9)" (Dios es amor,  nº 17). La fe ilumina todo con una nueva luz, y manifiesta el plan divino sobre toda la vocación del hombre. Por ello nos orienta hacia soluciones plenamente humanas (cfr. Gaudium et Spes , nº 11).

Es la luz de Cristo, que nace en Navidad, la que ilumina, y nos permite ver y obrar con la claridad de la verdad y del amor. Su venida nos invita a confiar más en Dios, y nos ayuda a compartir los dones recibidos, ya que necesitamos que Él llegue a todos con su mensaje de esperanza. 

Como expresan los Obispos en Aparecida: "los cristianos necesitamos recomenzar desde Cristo, desde la contemplación de quien nos ha revelado en su misterio la plenitud del cumplimiento de la vocación humana y de su sentido. Necesitamos hacernos discípulos dóciles, para aprender de Él, en su seguimiento, la dignidad y la plenitud de la vida. Y necesitamos, al mismo tiempo, que nos consuma el celo misionero para llevar al corazón de la cultura de nuestro tiempo, aquel sentido unitario y completo de la vida humana que ni la ciencia, ni la política, ni la economía ni los medios de comunicación podrán proporcionarle".

Y luego afirman también: "En Cristo Palabra, Sabiduría de Dios, la cultura puede volver a encontrar su centro y su profundidad, desde donde se puede mirar la realidad en el conjunto de todos sus factores, discerniéndolos a la luz del Evangelio y dando a cada uno su sitio y su dimensión adecuada (D.A. nº 41).                 

Por esto alégrense y no teman, como anuncian los ángeles, porque Dios va a nacer en Belén. De un modo particular, este anuncio debe llegar a todos, a las familias, a los mayores y a los jóvenes, que nos colocan ante el desafío de trasmitirles la esperanza y la alegría por la venida de Jesús.        

El pesebre, signo visible de la Navidad 

Frecuentemente, en  la preparación de las Fiestas,  ya no se ve al Niño Jesús en los negocios y lugares públicos; y por eso podemos invitar a preparar el pesebre en sus vidrieras; así como también en las casas, destacando el papel central de su venida, recordando  que no hay Navidad sin Jesús. 

Sabemos que no es algo indiferente en este tiempo, armar  el pesebre  en  alguna plaza o calle de la parroquia, en la puerta de la iglesia o  en su interior, sino que forma parte visible de la Misión de Adviento, y ayuda a recordar o descubrir que la Navidad es verdaderamente el nacimiento del Salvador. 

También podemos bendecir la imágenes del Niño Jesús en las parroquias, que después  se colocarán en los nacimientos de  las casas, en los geriátricos y hospitales; y  ofrecer una oración para rezar al colocar la imagen del Niño Jesús en el nacimiento. Esto también  ayuda a que Él  sea acogido por todos, y   nuestras casas se transformen en un nuevo Belén.

Confiamos que al pesebre que realizarán los jóvenes el próximo 22 de diciembre por la noche, en el Monumento a la Bandera, con la colaboración del Decanato Centro, al que están  invitados a participar; se sumen muchos otros pesebres en nuestras ciudades y pueblos de la Arquidiócesis.

También la Pastoral de Migraciones y Turismo se une a esta Misión, invitando a las colectividades a celebrar este tiempo de Adviento y Navidad con profunda fe en varios lugares de la Arquidiócesis.

La preparación interior 

En el Adviento, podemos crecer en la fe. La preparación exterior de la que hablamos, requiere al mismo tiempo entrar en comunión con Dios; necesitamos una vez más su gracia; y por eso estamos invitados a acercarnos al Sacramento de la Reconciliación. Seguramente que para ello, nuestros sacerdotes dedicarán un mayor tiempo para recibir a los fieles, y escuchar confesiones con mayor disponibilidad;  inclusive podremos contar en algunas ocasiones con algún otro sacerdote invitado, que visite la parroquia y pueda estar dispuesto para este fin.

También si  logramos hacer un retiro espiritual en cada comunidad, éste nos va a ayudar notablemente a alcanzar una visión más interior de la Navidad, y veremos que esta posibilidad del encuentro con Jesús, abrirá los ojos de nuestra fe. 

Asimismo, si  los misioneros de la Parroquia visitan las casas del barrio para invitar a la Misa de Nochebuena y de Navidad, y a participar en esta celebración de la venida de Jesús, seguramente serán muchos los que se sientan motivados a acercarse a las parroquias y capillas. De este modo, la fiesta en familia adquiere un sentido más hondo, cuando  recibimos al Niño, que viene a salvarnos; porque así  revivimos la noche de Belén.

Por ello es importante que sean muchos los que sientan el llamado a preparar estas Fiestas; participen colaborando en la liturgia parroquial, se reunan para cantar villancicos,  reciban cordialmente a quienes se acercan por primera vez a la misa de Nochebuena y  Navidad; de tal manera que todos puedan sentirse en la Casa de Dios, como en su propia casa, y se acerquen a adorarlo.

La solidaridad

Durante este tiempo, algunas comunidades parroquiales y los movimientos van preparando un encuentro fraterno, o  la cena de Nochebuena, o el almuerzo de Navidad, con aquellos que más necesitan; descubriendo la importancia que tienen estas actitudes fraternas  en la sensibilidad de nuestro pueblo. Hagamos la prueba y comprobemos que la multiplicación de estos gestos solidarios,  movidos por la caridad,  cambian profundamente  nuestro corazón. 

En este sentido, también ha sido un aporte grande la preparación de las cajas de Navidad,  que ya se han comenzado a recibir en nuestra  Caritas arquidiocesana. También el arbolito solidario, y otras iniciativas solidarias ayudan a ver que Él nos ama y nos hace experimentar su amor a través de la comunidad cristiana.

Asimismo, la visita  del sacerdote y de los misioneros a los hospitales y a los enfermos del territorio parroquial , en los días previos a la Navidad son una  presencia que alivia y reconforta, no solo a quienes no tienen salud, sino también a sus familiares y acompañantes.

Que Dios  abra nuestros corazones para  recibirlo en la esperanza y la alegría, y hagamos siempre lo que Él nos pide, descubriendo su presencia entre nosotros. Tengamos presente la spalabras del Santo Padre: “Jesucristo no sólo mira a los cristianos, o sólo a los creyentes, sino a todos los hombres, porque Él, que es el centro de la fe, es también el fundamento de la esperanza. Es la esperanza que todo ser humano necesita constantemente” (Benedicto XVI, Angelus, 29.XI.2009).

Pidiendo la protección y la guía de la Santísima Virgen, la elegida del Señor, de quien nace el autor de la vida, me encomiendo a sus oraciones y les deseo un Adviento y una Navidad llena de esperanza.

Mons. José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario


Publicado por verdenaranja @ 22:24  | Hablan los obispos
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