Mi?rcoles, 23 de diciembre de 2009

Mensaje de monseñor José María Arancibia, arzobispo de Mendoza, con motivo de la presentación del Plan Diocesano de Pastoral. (AICA)
(26 de noviembre de 2009)
 


PLAN DIOCESANO DE PASTORAL 

“Discípulos misioneros de Jesucristo, en comunión,
para la vida de nuestra pueblo”

1. Una nueva presentación del Plan Diocesano de la Iglesia en Mendoza

   Desde el año pasado, venimos presentado el Plan Diocesano de Pastoral (2008-2012) a las comunidades católicas de Mendoza. Nos mueve el deber de pastores y una gran ilusión. Al prepararlo y entregarlo, confiamos en Dios, que como Padre sabe siempre lo que necesitamos (cf Mt 6,32). Nosotros sólo nos sentimos instrumentos de Jesús, el buen Pastor, que sigue dando la vida por sus ovejas (cf Jn 10,11). Pero atentos al Evangelio, queremos ser ingeniosos y previsores, como el mismo Jesús recomendó: “¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? (Lc 14,28). Sabio consejo, tanto para el mundo civil como para el religioso.  

   Hoy presentamos este Plan a la sociedad civil de Mendoza. No es la primera vez, porque también dimos a conocer el anterior (PDP 1999-2004). ¿Qué nos mueve a presentarlo? Ojalá pueda explicarlo con esta intervención. El título del plan ya contiene cierta respuesta: Discípulos misioneros de Jesucristo, en comunión para la vida de nuestra pueblo. Como Iglesia, queremos trabajar muy unidos e interesados por la vida plena y dichosa del pueblo, porque en él nos sentimos insertos, y con él comprometidos.  

2. Los cristianos son parte de un pueblo y se disponen a servirlo

    Los cristianos somos parte del pueblo en el cual nacemos, en donde habitamos y trabajamos. Con él tenemos todo en común. Gozamos y sufrimos con sus alegrías y sus penas. Somos parte de una misma historia. Vibramos con todo lo que sucede. Vivimos juntos los sueños, anhelos y temores. Compartimos muchas preocupaciones.

   Una carta escrita en el siglo II dice de los cristianos: “... no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su lengua, ni por sus costumbres. En ninguna parte establecen ciudades exclusivas, ni usan una lengua extraña, ... se muestran llevando un tenor de vida admirable ... Habitan en sus propias patrias, pero como extranjeros; participan en todo como los ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña les es patria, y toda patria les es extraña” (Carta a Diogneto). También hoy y aquí, aunque los cristianos no sean siempre ejemplares, subsiste en ellos este fuerte sentido de pertenencia.

   Por tanto, la fe no los aleja ni desliga de la condición de vida que afecta a todos. Al contrario, otorga a los creyentes una sensibilidad especial, brotada del amor a Dios y del amor al prójimo. Así, pues, cuando hoy los católicos de Mendoza programan sus objetivos y metas, quieren ofrecer el mejor servicio a la sociedad a la que pertenecen y a la que aman.  

3.  La fe cristiana en Mendoza y en su historia

   ¿Qué identifica a los cristianos de hoy y de siempre? La fe religiosa en Jesucristo, a quien confiesan como Mesías, Salvador y Redentor. Creen en Él como Hijo de Dios, que con el Padre y el Espíritu Santo recibe una misma adoración y gloria. Nacido de María, por obra del Espíritu Santo, murió y resucitó para perdonar y reconciliar a la humanidad toda. Esta fe tiene que ver con la manera de encarar la vida, de gastarla y de compartirla.

   ¿Cómo surgió esta fe en nuestra tierra? “La fe cristiana llegó a Mendoza en el siglo XVI, con los españoles que fundaron nuevos pueblos en Cuyo. Esa misma fe fue compartida pronto con los pueblos originarios, y más tarde con las corrientes inmigratorias, que vinieron sobre todo de España e Italia. Varias culturas en una misma tierra, constituyeron un desafío de convivencia pacífica y de trabajo común. La fe católica fue sin duda una decidida fuerza de comunión entre todos, que debemos agradecer” (Carta Pastoral 2009). Por ello, esta experiencia religiosa es parte de nuestra historia, que no puede prescindir de ella, ni negarla al interpretar cuanto ha sucedido y todavía acontece.

   A su vez, la misma fe nos exige de manera permanente revisar con sinceridad hechos y conductas. Sólo así se aprende de la historia, a vivir en la verdad y a buscar el verdadero progreso humano. A mi entender, éste es el sentido de la antigua sentencia: La historia es maestra de vida (CICERÓN, De oratore).

   Ahora bien, la relación entre la fe y la cultura como forma de vida, es siempre un verdadero desafío. No sólo porque la experiencia religiosa se encarna en la cultura, sino porque también la ilumina y la cuestiona. ¡Cuántos valores que nos enorgullecen se han forjado en este intenso intercambio! Y a su vez, ¡cuántos de esos valores adquiridos, se consideran hoy perdidos, o son añorados y buscados! Pensemos por ejemplo en: la dignidad de la vida humana; la unión y la concordia de la familia por el amor; el deseo de progresar y el derecho de todos al progreso; la educación necesaria para salir adelante; el respeto a los mayores y a las sanas tradiciones; la responsabilidad para el trabajo; el sentido de patria y de bien común; la preocupación por los enfermos y los más pobres; etc.

   Hoy la fe cristiana es compartida por muchas Iglesias y comunidades religiosas, que no viven en plena comunión. Es una realidad que nos aflige y avergüenza. En varias de ellas existe el deseo de una relación ecuménica más intensa, hecha de diálogo y cooperación. Esperamos incentivarla y lograrla. Por otra parte, otras posturas religiosas y el mismo ateísmo tienen un lugar más destacado. Sin embargo, aún reconociendo la necesidad del diálogo, se valora el aporte de los credos a la vida ciudadana. Sería de lamentar que prevaleciera el rechazo de toda perspectiva trascendente en la concepción del hombre y de la sociedad. Recuerdo con alegría la experiencia de diálogo y oración que tuvimos con otras religiones, en momentos cruciales, tanto en Mendoza como en el país.  Eso fueron: las Mesas del Dialogo Argentino y las diversas Jornadas por la Paz.   

4. Analizar la realidad y reconocer desafíos

   Se escucha con frecuencia criticar a los dirigentes, porque no conocen bien la realidad o la interpretan mal. Una protesta cada vez más insistente. La conducción de una comunidad requiere observar, escuchar y discernir cuanto en ella sucede, como también descubrir sus preocupaciones y expectativas. Incluso la capacidad de ayudarle a repasar sus grandes ideales y a superar los obstáculos que le impiden luchar por ellos.

   La Iglesia Católica comparte esta necesidad. Por eso ensaya nuevos modos de conocer la realidad para encauzar bien su tarea. El Evangelio es ya una luz que penetra la existencia, y un proyecto completo para una vida feliz. No obstante, Jesús no ha querido ahorrarnos el esfuerzo de diagnosticar la situación y de planificar la misión. Al contrario, en su enseñanza advierte la urgencia de reconocer los signos de los tiempos para encarar el presente y el futuro (cf Mt 16,3-6). Para muchos es conocido el método llamado: VER - JUZGAR - ACTUAR,  que la Iglesia y otras instituciones utilizan. En las mismas palabras del método, se deja intuir su valiosa propuesta.

   Por todo esto, la preparación del Plan estuvo precedida por pasos decisivos; menciono sólo algunos:

-el plan anterior se trazó sobre un primer diagnóstico de la realidad mendocina (1997-1998)
-terminado el quinquenio (1999-2004), se hizo una amplia evaluación (2005-2006)
-se recogieron entonces provechosos “aprendizajes”
-fue actualizada la mirada sobre la realidad
-y se reconocieron nuevos desafíos
-se repasaron las motivaciones y las actitudes necesarias
-el pueblo fue consultado en una asamblea diocesana (2007)
-se tuvieron en cuenta las propuestas pastorales para la Argentina y para toda América.

   Es interesante detenerse un poco en la noción de DESAFÍOS. La palabra sola ya indica que la realidad no se estudia sólo para describirla en sus aspectos positivos o negativos. Se intenta más bien un análisis comprometido y comprometedor, de manera que la situación aparezca como una interpelación a la acción responsable de todos. Cada uno según su responsabilidad. No es un estudio indiferente para quienes lo emprenden, sino un llamado imperioso a reconocer, asumir, programar y volver a evaluar.

   ¿Cuáles fueron los desafíos reconocidos? Me permito mencionar unos diez:

-Quienes se llaman cristianos, deben vivir más intensamente su encuentro con Jesucristo, y con gozo descubrirlo como un tesoro para sus vidas
-Cuando muchos se han apartado de Dios o apenas lo conocen, han de emprender una decidida acción misionera, en favor de todos y sobre todo de los alejados
-En una cultura materialista, tienen que ser testigos de valores trascendentes
-En medio de una sociedad dividida y hasta enfrentada, están llamados a ser constructores de unidad, de consenso, de armonía y de paz
-El Evangelio que enriqueció la cultura, ha de ser propuesto de nuevo, para suscitar una convivencia basada en la verdad, la justicia y el amor solidario
-Si la dignidad humana no es respetada, tienen que defenderla como primer derecho
-En un ambiente individualista, han de educar ciudadanos para el bien común y una verdadera amistad social
-Conociendo la crisis familiar, les urge animar a todas las familias a vivir con alegría y esperanza la belleza de su vocación y misión
-Puesto que la educación ha sido criticada y con razón, es necesario impulsar una revisión integral, con la activa participación de familias y docentes, para que todos consigan su madurez personal y la debida inserción social
-Para responder a estos desafíos, es necesaria una conversión personal y pastoral, que suscite la responsabilidad de todos los bautizados, y que aliente vocaciones de especial consagración a Dios.  

5. Una planificación comprometida y esperanzada

   Como toda programación, la nuestra necesita ser estudiada y puesta en práctica progresivamente. Los cambios deseados no se logran de golpe ni fácilmente. Las dificultades y resistencias son varias y previsibles. Pero no se superan sin esfuerzo y constancia. Los fieles católicos comparten las limitaciones y hasta los vicios del ambiente en el cual viven y trabajan. Como suelen decir los estudiosos de la cultura argentina: somos hábiles para observar y criticar; rápidos y audaces para imaginar soluciones. Pero confiamos que otros las pongan en práctica; y si emprendemos los cambios, nos falta el decidido compromiso, que supone un trabajo compartido, honesto, y perseverante.

   Los grandes ideales sólo se consiguen perseverando en ellos y dedicando tiempo suficiente y trabajo paciente. Así sucede en la vida de las personas, de las familias y de los pueblos. Por eso los programas que se abandonan, o se modifican sin buscar la debida continuidad, no dan los frutos esperados.

   Somos conscientes de que esta experiencia de vida debe ser asumida en la programación. Por eso el Plan Diocesano, asumiendo los DESAFÍOS señalados, propone ante todo: PRIORIDADES y OBJETIVOS precisos; luego las ESTRATEGIAS para alcanzar los objetivos; y también las ACTITUDES interiores, sin las cuales los objetivos y las estrategias no resultan motivadores. En el último capítulo, y con saludable realismo, se marca un proceso de ASIMILACIÓN y aplicación, con las oportunas EVALUACIONES. Es sabido que, sólo revisando con audacia y franqueza la marcha, se pueden alcanzar las metas propuestas y anheladas.

   En toda la tarea de planificación, ha sido útil contar también con aportes de la ciencia y de la técnica, de las cuales hace tiempo se vale la pastoral. Sin embargo, la principal confianza está en la fe que engendra alegría, en la esperanza que no defrauda, y en el amor de Dios experimentado cada día. Desde esa visión he presentado el Plan actualizado, diciendo:

“El Plan Diocesano de Pastoral es un proyecto común que hemos ido madurando juntos porque Cristo es nuestra esperanza. Hoy no resulta fácil sostener en el tiempo un proyecto común de largo alcance. Los objetivos y estrategias de nuestro Plan se resuelven en esta gran meta. En palabras del Santo Padre: "La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando "hasta el extremo", "hasta el total cumplimiento" (cf. Jn 13,1; 19,30). Quien ha sido tocado por el amor empieza a intuir lo que sería propiamente "vida"... Si estamos en relación con Aquel que no muere, que es la Vida misma y el Amor mismo, entonces estamos en la vida.  Entonces "vivimos"." [SS 27] (Carta 8/12/07/ n. 10)

6. Una decidida contribución al bien común

   La Iglesia en Mendoza, dentro de sus limitaciones, quiere cumplir su misión con la seguridad de ofrecer un decidido aporte al bien común. Mucho se habla de “crisis” en nuestro país, mencionando causas y soluciones desde diversas posturas. En esos comentarios sobresale una constatación reiterada: nuestra crisis tiene componentes morales más importantes aún que los económicos, políticos y sociales.

   En este tiempo se lamenta la pérdida de valores. En un estudio interesante sobre la Argentina, el autor afirma de la religión: “Los grandes valores sociales, que son racionales, y por ello son aceptados también por los ateos, pueden ser reforzados gracias a los valores religiosos, que agregan nuevas y profundas motivaciones a su cumplimiento, ya que una opción religiosa toca la intimidad de las personas y sus convicciones más personales. Las creencias religiosas otorgan al cultivo de los valores una fuerza peculiar, porque los conectan con el sentido último de la existencia”.[1]   

   El Plan Pastoral para Mendoza quiere promover -desde la fe cristiana- muchos e importantes valores. Unas diez veces menciona el Bien Común, y otros vocablos relacionados aparecen con frecuencia: la justicia es mencionada 19 veces; la verdad 15; la solidaridad 6; la amistad 6; la fraternidad 7; el amor más de 70; el compromiso unas 40 veces; y la palabra “vida” aparece nada menos que 170 veces.

   En sintonía con este Plan, se pueden nombrar otros programas de la Iglesia en la Argentina: De habitantes a ciudadanos; Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad; Tu voto vale (ACA); Cáritas y Más por Menos, que de varias maneras colaboran con la promoción integral de los más necesitados.

   Para terminar, agradezco a todos los presentes su participación en este encuentro. Al expresarles mi gratitud en nombre de la Iglesia Católica en Mendoza, expreso nuestro profundo y vivo interés de seguir colaborando -respetuosa pero eficazmente- con el bien integral de todo el pueblo, con el cual estamos todos comprometidos. 

  
Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza 

Notas

[1]. V. M. FERNÁNDEZ, Valores argentinos o un país insulso, Ed Bouquet, Bs As 2006.


Publicado por verdenaranja @ 22:56  | Hablan los obispos
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