Domingo, 27 de diciembre de 2009

Comentario al evangelio del domingo de la fiesta de la Sagrada Familia, publicado en Diario de Avisos el domingo 27 de Diciembre de 2009 bajo el epígrafe DOMINGO CRISTIANO.

¿Devaluación de la familia?

Daniel Padilla

Ya lo ven. La Iglesia, después de la Navidad, erre que erre, nos suele presentar el cuadro litúrgico de la Sagrada Familia. Es decir, la cámara enfoca, en un primer plano, como tiene que ser, la figura de Emmanuel. Y, después, el objetivo amplía su campo y aparece el marco en el que el Dios eterno va a gastar su tiempo: el hogar de Nazaret. ¡El trián­gulo humano al que desciende el Hijo desde el triángulo divino! Quizá muchos no entiendan esta insistencia de la Iglesia. ¡Invitarnos a contemplar hoy la vida de aquella familia, de corte tradicional y quieto, casera y artesana, en la que cada día era igual al anterior y en donde María, José  y el Niño eran personajes poco noticiables! ¿Qué sentido tiene? Porque, hoy, cuando se habla de la familia, suele hacerse para mostrarnos sus aspectos biológicos, o su evolución socio-cultural, o sus facetas psi­cológicas, o el índice estadístico de sus fra­casos matrimoniales. Y, sin embargo, ahí está la fiesta de hoy. ¿Por qué? Permí­tanme, amigos, que yo me limite, sin más, a subrayar dos pensamientos al hilo del Evangelio de hoy. A lo mejor resulta que son absolutamente actuales.

1. "Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de la Pascua". Los gestos religiosos. La educación de la fe trans­mitida, de padres a hijos, con la palabra y el testimonio. Ir creciendo en un hogar en el que, junto con los otros aprendizajes, se vaya desarrollando, con normalidad, la dimen­sión hacia Dios. Pero, ¿qué ocurre? Suelen llegar los novios a nuestros despachos parro­quiales con vistas a preparar su boda. Brotan entonces las reflexiones que hay que plan­tear a quienes quieren acceder a tan gran sacramento. Y uno constata muchas veces que aquella pareja no está muy dispuesta a ir a Jerusalén a la Pascua. Es decir, adivina que los hijos que de ese matrimonio nazcan no van a mamar, junto con la leche materna, esos gestos de lo religioso, alimento indis­pensable en el crecimiento de la fe.

2. "El niño, cuando lo encontraron sus padres, dijo: ¿Por qué me buscaban? Yo debo ocuparme en las cosas de mi Padre". He aquí algo que, tarde o temprano, tiene que suceder: la emancipación del hijo para vivir su vida. Lo que pasa es que hay dos modos de vivir su vida. Uno negativo, triste y egoísta. Es el de quienes deciden liarse la manta a la cabeza, evadiéndose de todo compromiso y responsabilidad, tratando de beber frenéticamente todos los placeres epidérmicos del siglo. Como hizo aquel hijo pródigo del que habló Jesús. Se fue a vivir su vida. Pero hay otro modo positivo y gene­roso. Es el del joven que un día se siente lla­mado a un determinado rol en la vida y decide realizarlo. Llámenle vocación o como quieran. Los hijos, todos, en un momento determinado de su existencia, son llamados a un determinado compro­miso. Y aceptar el vivir así su vida y com­prometer en ello su existencia, aunque sea a costa de dejar un viento de soledad en sus padres, es algo que ennoblece a los hijos y a los padres.


Publicado por verdenaranja @ 9:15  | Espiritualidad
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