Lunes, 28 de diciembre de 2009

Homilía de monseñor Oscar Vicente Ojea, obispo coadjutor de San Isidro en la misa de bienvenida a la diócesis. (AICA)
(7 de diciembre de 2009)

MISA DE PRESENTACIÓN COMO OBISPO COADJUTOR 

Querido hermano Jorge, hermanos obispos, queridos sacerdotes, seminaristas, autoridades y representantes del gobierno municipal, gobierno provincial, hermanos de otros credos, laicos de las distintas comunidades de la diócesis y de Buenos Aires.

Hoy celebramos la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, el día en que la mirada de Dios se detiene ante la Virgen y enamorado de su humildad, la invita a ser su madre. La luminosa belleza de su sencillez la convierte en el reflejo más nítido y perfecto de la imagen divina. El es el único que pudo elegir a su madre y eligió la mejor.

Esta mirada de elección preserva a María de toda mancha de pecado en previsión de los méritos de la Redención de Cristo. La transforma en una morada digna para que el Verbo se establezca para siempre entre nosotros por el Misterio de su Encarnación.

En esta Solemnidad que es como la aurora de nuestra salvación yo me incorporo a la historia de esta diócesis de San Isidro como obispo coadjutor. En mi primer encuentro con el clero, les decía que las bienvenidas son más lucidas y brillantes que las despedidas y los renunciamientos. Estos son más opacos y silenciosos. Pero es necesario resaltar que el hecho de que Monseñor Jorge Casaretto haya querido preparar con tiempo y con prolijidad su retiro de la diócesis después de un discernimiento en la oración, pidiendo a la Santa Sede un obispo que lo ayudara, pone de manifiesto su nobleza de espíritu, su coraje y su amor a la diócesis. Pertenece al corazón del Evangelio el trabajo de Dios en el interior hondo de la semilla para que esta pueda dar fruto. Vengo a ser entre ustedes, en este tiempo, un pastor que ayuda, acompaña y aprende. Llego a una diócesis con una historia muy rica en recursos humanos, espirituales y apostólicos, con una gran creatividad y actividad pastoral, y que ha sido modelo en el País de generosidad misionera entregando numerosos sacerdotes que colaboran en distintas diócesis nuestras y del exterior.

Pido al Señor y a la Virgen la sabiduría humilde del que escucha sintiéndome desde ya en profunda comunión con todos ustedes en la oración, cuya fuerza vengo sintiendo durante este último tiempo, en el que me fui despidiendo de Buenos Aires y preparándome para la nueva misión.

Al querido siervo de Dios, Cardenal Eduardo Pironio, le gustaba destacar en este Evangelio de la Anunciación que hemos escuchado, tres palabras del ángel a María que yo desearía compartir brevemente con ustedes.

Las palabras son, alégrate, no tengas miedo, no hay nada imposible para Dios.

Alégrate. El evangelio se abre con estas palabras que son una invitación a la alegría. Una alegría que no es una ficción ni una postura, sino que está fundada en la verdad del amor de Dios. Esa alegría verdadera. Una alegría que brota de la serenidad interior que no es ruidosa sino hija del silencio. Una alegría que nace de la cruz, que la hace fecunda. Una alegría contagiosa, que está al comienzo de todo impulso misionero. La misma alegría que lleva a María a partir sin demora a visitar a su prima Isabel y transmitírsela.

Deseo vivamente que podamos crecer juntos en la conciencia del amor incondicional de Dios, que nos ayude a salir de nosotros mismos construyendo una iglesia misionera.

No tengas miedo. Son tantas nuestras inseguridades de todo tipo. Pero el miedo más grande es el de no ser amado, no ser valorado ni reconocido, sentirse al margen, rechazado o abandonado.

María reconoce su fragilidad de criatura delante de Dios pero se abandona totalmente a El porque tiene la certeza de la fe en su amor. Aún en medio de la oscuridad se arroja segura en sus manos de padre. Solo experimentando como ella nuestra nada, descubriendo nuestros propios límites y debilidades, y confiando plenamente en la voluntad de Dios, podremos tener un corazón compasivo para nuestros hermanos y amar a los pobres de verdad. Vengo a unirnos a todos ustedes en la tarea apasionante de continuar caminando hacia una iglesia en donde todos tengan su lugar y cada uno pueda aportar lo mejor de sí mismo para enriquecer a todos, así recorriendo un sendero que tienda puentes de diálogo paciente entre todos, llegaremos a ser una iglesia que sea verdadera casa y escuela de comunión

No hay nada imposible para Dios. Estas palabras desencadenan el sí de María, aceptando con su corazón y con su vida, ser la madre de Dios.

Cambiar el corazón es el más difícil de todos los milagros. Pero a Dios todo le es posible. Necesitamos para este tiempo de nuestra iglesia una auténtica conversión personal y pastoral, cristalizándola en una nueva actitud y un nuevo estilo evangelizador como nos pide con un espíritu lleno de esperanza la Conferencia de Aparecida.

Lo ponemos en manos de María que es la gran figura del Adviento. Que ella nos regale el aliento de un nuevo espíritu para estar a la altura de la responsabilidad que el Señor nos confía.

Agradezco al Santo Padre la confianza que me ha dispensado al designarme para esta nueva misión pastoral. Agradezco particularmente a mi hermano Jorge, a sus vicarios, a los sacerdotes, seminaristas y a todas las comunidades de la diócesis, su cálido recibimiento y su hospitalidad. A todos mis hermanos obispos y sacerdotes, su apoyo y su oración y a todos los fieles de las distintas comunidades de Buenos Aires, su cariño y su compañía.

Le pido a la Virgen Inmaculada el corazón de su Hijo, el buen pastor, que camina delante de su rebaño, lo acompaña, lo alimenta y le entrega su vida. Deseo de todo corazón aportar a la diócesis la experiencia de lo que el Señor ha obrado en mí en estos 37 años de ministerio, de los cuales 25 fui párroco y estos 3 años de episcopado que fueron un verdadero aprendizaje, junto al Cardenal Bergoglio y a mis hermanos obispos auxiliares, a quienes agradezco su cercanía y su aliento.

Los invito a continuar unidos en este fuerte abrazo de comunión que es la Eucaristía para que el Señor Jesús entregado a nosotros por María Virgen pueda encontrarse con la verdad de cada uno de nosotros y nos dé la gracia de vivir y trabajar en comunión fraterna. Muchas gracias a todos.

Monseñor Oscar Ojea, obispo coadjutor de San Isidro

 


Publicado por verdenaranja @ 22:14  | Hablan los obispos
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