S?bado, 02 de enero de 2010

Guión litúrgico ofrecido entre los materiales de Caritas 2009 – “Frente al uniformismo, diversidad”, recibido en la parroquia para su posible celebración.

INTRODUCCIÓN

Porque el nacimiento de un niño no era una fiesta para todos, porque a la mayoría de los hombres la vida resultaba una triste y penosa esclavitud, porque un poder tiránico avasallaba la libertad de los pueblos e imponía leyes injustas, una paz muda, una cultura uniforme, porque la dignidad de la persona se medía por la fuerza, la riqueza o la suerte, porque la humanidad vivía en una crisis desesperanzada y deprimente, y porque sólo un Dios podía salvar al hombre, quiso el Hijo de Dios hacerse hombre.

El nacimiento de Jesús fue un exceso de amor y misericordia. No vino a deslumbrar ni a conquistar nada, sino corazones. Vino a devolver al ser humano su dignidad y su hermosura. Es como si Dios nos dijera: «Quiero estar contigo, porque te quiero; limpiaré tu corazón y abriré tus ojos para que reconozcas tu grandeza y tu dignidad».

El amor de Dios pone de manifiesto la diversidad de dones que nos ha regalado para ponerlos al servicio de una nueva sociedad, de un nuevo tiempo.

ACTO PENITENCIAL

Padre, Tú nos diste a tu Hijo para hacernos hijos tuyos, revistiéndonos de divinidad: perdona nuestra inhumanidad.

Cristo, Tú te hiciste hombre para hacernos hermanos, viviendo en Comunión: perdona nuestras divisiones y desigualdades, nuestra insolidaridad.

Espíritu Santo, Tú ungiste y enviaste a Jesús para evangelizar a los pobres: perdona que no sepamos acercarnos y alegrar a los pobres. 

LECTURAS
(Is 9, 2-7; Tt 2, 11-14; Lc 2, 1-14 

El contraste que se da entre los hombres aparece aquí con estilo impresionante: por una parte, las tinieblas, la vara, el yugo, el bastón, la bota, la túnica ensangrentada; por otra, el nacimiento de un niño, el reino de la luz y la alegría, la justicia, el respeto y la paz sin límites. Este niño nos abre a la esperanza más grande.

Ha aparecido un niño que es ternura y gracia de Dios, no para un pueblo, sino para todos los hombres. Esta gracia nada destruye, sino que lo restaura y lo dignifica todo.

Jesús nació en el reinado del emperador Augusto, cuando la paz romana llegó a imponerse a golpe de espada. Pero entonces nació la paz cristiana en forma de un niño indefenso. Esta paz no se imponía, sólo se ofrecía y contagiaba. Desde entonces los hombres son menos «romanos» y más «cristianos».

PARA LA HOMILÍA 

Un amor excesivo

«Dios envió (a su Hijo) con clemencia y man­sedumbre (...); para salvarnos le envió; para persuadir, no para violentar, pues en Dios no se da la violencia. Le envió para llamar, no para castigar; le envió, en fin, para amar, no para juzgar» (Carta a Diogneto, s. II).

Estas palabras son un eco de Juan 3, 16-17: Tanto amó Dios al mundo... Es admirable misterio. «No envió a uno de sus servidores o a un ángel o príncipe alguno» (íd.). Envió a su Hijo único. No lo envió de visita, de paso, para que nos diera alguna lección o algún buen ejemplo. Tampoco lo envió para darnos un castigo ejemplar, en plan apocalíptico. Lo envió para que se hiciera como nosotros y se quedara para siempre con nosotros, sólida­mente asentado en nuestros corazones.

Vinó el Hijo de Dios para contagiarnos de su vida y libertad y para probarnos el inmenso amor del Padre. No había méritos que nos hicieran amables, todo lo contrario, había razones sobradas para despreciar a este mundo de locos y malvados. Pero Dios qui­so envolverlo en su misericordia. Es su amor el que nos hace amables. Este amor fue un abrazo transformante. Dios asume la debili­dad humana y el hombre recibe la dignidad divina. El Dios encarnado diviniza a toda la humanidad.

Salió un decreto del emperador Augusto

Los emperadores regían el mundo a base de decretos y legiones. Se decreta que Roma tiene que ser la Ciudad, el centro del mundo; y las legiones recorrerán la geografía más co­nocida para implantar por la espada el sello romano. Se decreta que las únicas leyes que valgan serán las que apruebe el Senado ro­mano o las que dicte el emperador, y los go­bernadores las impondrán en sus países con dureza. Se decreta que todos los súbditos del Imperio han de tener «papeles» romanos y pagarán impuestos a Roma, con moneda ro­mana, y la administración del Imperio lo exi­girá sin atenuaciones.

Por uno de estos decretos, una joven pareja nazarena tuvo que desplazarse hasta Belén, a pesar del embarazo avanzado de la mu­chacha, que se llamaba María. No tenían la documentación en regla ni les sobraban los denarios, pero ella terminaría dando a luz en un pesebre al que sería la mayor justificación y la mayor riqueza del hombre.

Lo que traía ese niño era la paz, la ternura, la generosidad de los cielos. Lo que encontró ese niño fue un pesebre, unos pañales y un par de corazones encendidos que temblaban ante el misterio.

Roma y Belén son todo un contraste. Roma es el poder de un hombre endiosado, Belén es la pequeñez de un Dios humanado. Roma es el triunfo de la fuerza, Belén es el triunfo del amor. Roma es un canto de gloria, Belén es un signo de marginación. Roma es imposición, Belén es respeto. A Roma confluyen los ríos de las finanzas, Belén es una fuente de des­prendimiento. Roma es un resumen de inhu­manidad, Belén es el principio de una nueva humanidad.

Primer evangelista

Fue un ángel el primero que comunicó a unos pastores la mejor noticia: «Hoy os ha nacido un Salvador». (Desconocemos el nombre de este gran evangelista). 

Fue la mejor noticia, pero los medios fueron demasiado pobres. ¿Qué iban a hacer con ese anuncio unos pastores marginados e ig­norantes? Lo normal sería que aquella noticia se perdiera en el olvido. ¿Para eso se abrieron los cielos?

Pero la noticia llegó hasta nosotros, y noso­tros no la podemos callar. Aquel ángel anó­nimo hoy tiene infinidad de nombres. Cada creyente será un evangelista del nacimiento de Jesús.

Todos evangelistas

Nuestro evangelio será un grito de amor: que Dios ama a este mundo. Dios y hombre no se oponen, ya se suman. Nada tenemos que temer.

Dios ha querido salvar al hombre con la medi­cina de la misericordia. Los nuevos evangelis­tas se compadecerán de las miserias humanas y se esforzarán por remediarlas, como aquel buen samaritano que representaba a Jesús.

Dios ha querido salvar el mundo con la medi­cina de la paz. Los nuevos evangelistas serán artífices de la paz, pondrán concordia donde haya discordia, cercanía donde haya distancia y comprensión donde haya intolerancia.

Dios ha querido salvar el mundo con la me­dicina del amor. Los nuevos evangelistas vi­virán la comunión y serán fermentos de soli­daridad. Pondrán en común sus bienes y sus corazones. Serán distintos, pero hermanados; diversos, pero conjuntados.

Dios ha querido salvar el mundo con la me­dicina de la esperanza y de la fe. Los nuevos evangelistas se sentirán hijos de Dios, lo reza­rán como Padre y se sentirán peregrinos hacia el país de la vida, donde Dios nos espara.

ORACIÓN DE LOS FIELES

Cuando se ha manifestado la bondad y el amor de Dios a todos los hombres, pedimos confiadamente a Dios por todos los hombres.

  • Para que nadie desespere, porque ha nacido un Dios que nos ama.
  • Para que haya respeto y paz entre todos los hombres y pueblos, porque ha nacido la Paz en la Tierra.
  • Para que nadie sea explotado, excluido o torturado, porque ha nacido el Defensor de los pobres.
  • Para que prevalezca la alegría y la esperanza en todos los hombres, porque también hoy es Navidad.
  • Para que todos los que celebramos este misterio navideño seamos testigos del amor misericordioso de Dios a los hombres, porque siempre ha de ser Navidad.

Oremos: Padre, Tú que amaste tanto al múndo que le diste a tu Hijo, haz que sepamos creer y vivir la dimensión divina de lo humano y la dimensión humana de lo divino


Publicado por verdenaranja @ 13:44  | Caritas
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