Lunes, 04 de enero de 2010

Carta pastoral del Arzobispo de Sevilla a los sacerdotes, diáconos y seminaristas con motivo del año sacerdotal, Noviembre 2009. (Separata del Boletín Oficial de la archidiócesis de Sevilla).

Para leer parte I (1 al 10) hacer clic
aquí

11. Pongamos los medios ordinarios que nos ayudan en nuestra fidelidad.

La santidad de vida que exige nuestro sacerdocio, la fidelidad a la que todos somos llamados y la conversión continua no es posible si no ponemos los medios ordinarios que la Iglesia siempre nos ha recomendado, en primer lugar la confesión frecuente, preparada cada día en el examen diario de conciencia, que tanto puede ayudarnos a hilar fino en nuestra vida espiritual. Apreciemos cada día más el sacramento de la penitencia, del que nosotros no sólo somos ministros, sino también beneficiarios. Que nuestros fieles nos vean confesarnos con frecuencia para que también ellos estimen cada vez más este hermoso sacramento28. Los feligreses de Ars contemplaban a su párroco confesarse derramando abundantes lágrimas. Así fue creciendo entre ellos el aprecio por este sacramento “en el que –como él mismo nos dice- Dios parece olvidar su justicia para manifestar únicamente su misericordia”29. El Papa Juan Pablo II nos dejó escrito a los sacerdotes que "el sacramento de la reconciliación es un instrumento fundamental para nuestra santificación". Él nos dijo además que este sacramento, “irrenunciable para toda existencia cristiana, es también ayuda, orientación y medicina de la vida sacerdotal"30. 

Otro medio imprescindible es la recitación consciente y fervorosa de la Liturgia de las Horas, cuyo aprecio todos debemos fortalecer y que en algunos casos habremos de recuperar. San Juan María Vianney recitaba esta plegaria de rodillas en la sacristía como la alabanza esencial a la Santísima Trinidad31. “El breviario -escribe- es mi fiel compañero; no sabría ir a ninguna parte sin él. ¿No hay unas gracias particulares atadas a la Sagrada Escritura? El breviario está compuesto por los más hermosos fragmentos de la Sagrada Escritura y las más bellas plegarias” 32.

Y junto a la oración litúrgica, la oración personal. El Señor nos ha llamado en primer lugar para estar con Él y después para enviarnos a predicar (Mc 3,14).

Nos ha llamado, pues, a compartir su in imidad, a conocer su identidad más profunda, para después confesarlo cada vez con mayor hondura y convicción. No es posible vivir la misión apostólica, sin estar con Él, sin la oración de amistad e intimidad. En realidad, ambos aspectos, "para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar", constituyen la cara y la cruz de la misma moneda, de la misma llamada y, por tanto, del mismo y único ministerio. Así lo entienden también los Apóstoles, que cuando eligen a los diáconos (Hech 6,4), explican el paso que acaban de dar apelando a la necesidad de dedicarse íntegramente al ministerio, que ellos concretan en dos actividades: la oración y la predicación. Esto quiere decir, que estar con Él y predicar su nombre, son dos partes  inseparables del ministerio de salvación que también nosotros hemos recibido.

Si esto es así, la conclusión es evidente: la oración, nacida de la amistad, pertenece esencialmente a la misión, que no se concibe sin la oración, pues las funciones que conlleva no son las propias de los funcionarios profesionales, sino las propias de los amigos, los amigos del Esposo (Lc 5, 33-39). Así nos lo dice la Iglesia en un documento dirigido directamente a nosotros los sacerdotes:

“Para desarrollar un ministerio pastoral fructuoso, el sacerdote necesita tener una sintonía particular y profunda con Cristo, el Buen Pastor, el único protagonista principal de cada acción ministerial”33.

Así lo vivió San Juan María Vianney. Nos lo refiere su sucesor B. NODET, quien nos asegura que “hacia las cuatro de la mañana, los vecinos podían ver una linterna cruzar una parte del pequeño cementerio y desaparecer por la puerta de debajo del campanario. El señor Cura iba a rezar…”34. Él estaba convencido de que si la amistad no se forja en la oración, también la misión pierde su identidad, su calidad y su eficacia. Por ello, cultiva fervorosamente la oración contemplativa, en la que, como él mismo escribe, “Dios y el alma son dos pedazos de cera que se funden juntos”35; y cultiva además la oración apostólica, en la que tiene presentes los nombres, las necesidades y los dolores de sus fieles y de quienes llegan de todas partes buscando luz y consejo, encomendando al Señor, en unos casos su conversión y en otros su crecimiento como hijos de Dios36. 

Entre los medios que nos ayudan eficazmente a vivir fielmente nuestro sacerdocio y a crecer en caridad pastoral, hemos de mencionar también "la devoción filial y auténtica" a la Santísima Virgen, a la que el Papa Juan Pablo II presentaba como "maestra en escuchar y cumplir prontamente la Palabra de Dios", modelo para los pastores de fidelidad al único Maestro, y modelo "en la estabilidad de la fe, en la confiada esperanza y en la ardiente caridad"37. El alma sacerdotal de María es modelo de nuestra caridad pastoral, que ella ejerce de modo eminente en Pentecostés, caldeando en la oración el corazón de los primeros evangelizadores, y sobre todo, al pie de la Cruz, aceptando el sacrificio y la muerte de su Hijo para la salvación de toda la humanidad necesitada de redención. El Cura de Ars profesó una tierna devoción a la Santísima Virgen, a la que llama “su más viejo amor”, “mejor que la mejor de las madres”, la luz de sus días oscuros, que “puede compararse a un hermoso sol en un día de niebla”. Él mismo nos confiesa lo que María ha significado en su vida: “He bebido tan a menudo de esta fuente, que ya no quedaría nada desde hace tiempo, si no fuera inagotable”38.

Cada uno de nosotros sabemos mejor que nadie lo que la Santísima Virgen ha representado en nuestra vida de niños, de seminaristas y de sacerdotes. Ella ha sido y debe seguir siendo la madre, la tesorera y guardiana de nuestra vocación, el aliento de nuestra fidelidad y de nuestro apostolado, refugio, socorro, consuelo, auxilio en nuestras dificultades, estrella y guía de nuestro sacerdocio. Qué bueno  sería que en este Año Sacerdotal tratáramos de recuperar el rezo del Santo Rosario, que no deberíamos dejar por nada del mundo, pues es un signo sencillo pero elocuente de nuestro amor filial a nuestra Señora.

Otros medios importantes y muy recomendados por la Iglesia para favorecer nuestra fidelidad son los Ejercicios Espirituales y Retiros. La propia experiencia nos enseña  cuantísimo bien nos reportan estas practicas periódicas, que son una verdadera necesidad en nuestra vida personal como cristianos y una verdadera urgencia como pastores39. Por desgracia, son muchos los hermanos sacerdotes que año tras año olvidan los Ejercicios

Espirituales, hoy más necesarios que nunca para mantener la tensión espiritual y el celo apostólico. En este sentido nos ha dicho el Papa Benedicto XVI que “en un tiempo como el actual, en el que la confusión y multiplicidad de los mensajes y la rapidez de cambios y situaciones dificultan de especial manera a nuestros contemporáneos la labor de poner orden en su vida y de responder con determinación y alegría a la llamada que el Señor dirige a cada uno de nosotros, los Ejercicios Espirituales constituyen un camino y un método particularmente valioso para buscar y hallar a Dios en nosotros, en nuestro alrededor y en todas las cosas, con el fin de conocer su voluntad y de llevarla a la práctica”40.

Algo parecido cabe decir de la Dirección Espiritual, a la que dedicó una parte fundamental de su vida San Juan María Vianney, y de la cual fue un consumado maestro, no tanto por sus conocimientos teóricos, sino por la afinidad y sabiduría que el Señor concede a aquellas almas que viven en permanente familiaridad con Él. El autor del libro del Eclesiastés nos dice que “más valen dos que uno solo, porque mejor logran el fruto de su trabajo. Si uno cae el otro le levanta; pero ¡ay del que esta solo, que, cuando cae, no tiene quien le levante!” (4,9-10).

El Papa Pío XII nos dejó escrito a los sacerdotes este sabio consejo: “en el camino de la vida espiritual no os fiéis de vosotros mismos, sino que, con sencillez y docilidad, pedid consejo y aceptad la ayuda de quien, con sabia moderación, puede guiar vuestra alma, indicaros los peligros, sugeriros los remedios oportunos, y en todas las dificultades internas y externas os puede dirigir rectamente y encaminaros a ser cada día mas perfectos […].

Sin esta prudente guía de la conciencia, de modo ordinario, es muy difícil secundar convenientemente los impulsos del Espíritu Santo y de la gracia divina”41. El Papa Juan Pablo II por su parte nos ha dicho que la dirección espiritual es “un medio clásico que no ha perdido nada de su valor, no sólo para asegurar la formación espiritual, sino también para promover y mantener una continua fidelidad y generosidad en el ministerio sacerdotal”42. Sigamos estas recomendaciones de la Iglesia y recuperemos o potenciemos en nuestra vida sacerdotal este medio tan importante para crecer en la vida interior, en amor al Señor y en la vivencia fiel y gozosa de nuestro ministerio43. 

Otro medio importante que nos ayuda en la fidelidad y en el ejercicio ilusionado de nuestro ministerio es la fraternidad sacerdotal, que nace de nuestra común participación en el único sacerdocio de Jesucristo y que no puede quedar reducida a los encuentros anuales con ocasión de la Misa Crismal, la fiesta de San Juan de Ávila, o a los encuentros festivos en Navidad o en la clausura del curso pastoral en los arciprestazgos. Nuestra amistad con Jesús debe prolongarse en la amistad con el compañero sacerdote.

Como buenos pastores debemos ser amigos de los laicos, sobre todo de los pobres, de los enfermos, de los que sufren, los parados, los inmigrantes, los niños, los jóvenes y las familias. Pero el amigo más entrañable del sacerdote debe ser el compañero sacerdote, porque en la ordenación se ha establecido entre nosotros una relación ontológica y esencial, pues juntos participamos del mismo sacerdocio. Por lo tanto, no puede ser adversario, ni rival. Es amigo y hermano.

Por ello, hemos de cultivar entre nosotros la amistad franca, leal y cálida, que se expresa en la visita, en la acogida, en la inserción activa en el arciprestazgo, en la ilusión por rezar juntos y trabajar en equipo, en la preocupación por su salud física, psicológica y espiritual, en hablar bien del compañero, en la corrección verdaderamente fraterna, en el apoyo incondicional44. Los primeros en escuchar el mandamiento nuevo en la noche de la Cena son los Apóstoles y a ellos les urge de manera especial el deber de amarse, quererse y ayudarse. ¡Cuántas defecciones se hubieran evitado en la Iglesia en los últimos decenios, si los sacerdotes hubiéramos estado más pendientes de nuestros compañeros, tendiéndoles la mano y ayudándoles a superar los baches y dificultades! 

12. Otras actitudes imprescindibles.

Me refiero en primer lugar a la virtud de la pobreza, exigencia de nuestra identificación con Jesucristo, que siendo rico se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza (2 Cor 8,9)45. Al Cura de Ars le impresionaba grandemente meditar sobre la pobreza de la cueva de Belén y del hogar de Nazaret, en el que el Señor vive la mayor parte de su vida. Le impresionaba también la pobreza de Jesús durante su ministerio público, en el que depende de las limosnas de sus amigos y discípulos (Lc 8,3), careciendo de un hogar en el que reclinar su cabeza (Mt 8,20). También a nosotros nos debe impresionar este rasgo de la vida de nuestro Maestro. Efectivamente, no seremos discípulos cabales y ministros veraces de Jesucristo si no vivimos con finura y al detalle la pobreza, que el Papa Juan Pablo II calificó como la “sumisión de todos los bienes al Bien supremo de Dios y de su Reino” 46.

Nada amortigua tanto la ilusión sacerdotal, la entrega a Jesucristo y a nuestros fieles como el amor a las riquezas, que nos esclavizan e impiden que nos arrodillemos solamente ante el Señor de nuestras vidas, que nos ha elegido y que es nuestra única heredad (Núm 18,20). Nada nos endurece tanto espiritualmente como el apego el apego a los bienes de la tierra y la incapacidad y cerrazón para compartirlos con los necesitados. Por ello, el Concilio

Vaticano II invitó a los sacerdotes a que “abracen la pobreza voluntaria, por la que se conforman más manifiestamente a Cristo y se tornan más prontos para el sagrado ministerio”47.

También en esto San Juan María Vianney es modelo consumado. Los testigos de su proceso de canonización afirman que a su muerte, nada podía dejar en testamento, pues nada tenía48. Algunos de ellos le habían oído decir en una ocasión: “Mi secreto es muy simple: darlo todo, no guardar nada”. Otros aseguran haberle oído decir algunos años antes de su muerte: “Estoy muy contento. No tengo nada de nada. Dios puede llamarme cuando quiera”49.

Otra clave esencial en nuestro camino de fidelidad es el amor a la cruz, es decir, apreciar, buscar y gustar la cruz, que es locura para los judíos y escándalo para los griegos, pero "para nosotros, sabiduría y fuerza de Dios".

El Cura de Ars “fue un gran penitente, discípulo en esto de los Padres del desierto”. Nos lo confiesa su sucesor B. NODET, que tenía muchos motivos para saberlo. El propio Vianney estaba convencido de que “la cruz es el libro más sabio que se puede leer. Los que no conocen este libro son unos ignorantes aunque conozcan todos los otros libros”50.

Efectivamente, en la cruz se manifestó el amor extremo con que Dios amó a su Hijo y ama a los hombres. Jesucristo nos declaró su amor con el lenguaje de la cruz y nosotros no podemos proclamar y comunicar este amor sin utilizar el mismo lenguaje. Aunque en nuestra sociedad hedonista el Evangelio de la Cruz resulte chocante y hasta repulsivo, es preciso recordar sin disimulos que es imposible aspirar a la santidad huyendo de la Cruz, de la mortificación voluntaria y de la aceptación por amor del dolor y el sufrimiento que generan la convivencia y las limitaciones físicas o psicológicas que el Señor permite en nuestra vida. Hoy más que nunca necesitamos recuperar en la espiritualidad de los sacerdotes y de todos los cristianos el valor único de la Cruz, el amor al Crucificado y la identificación con Él. 

13. Nuestra caridad pastoral.

En páginas anteriores, me he referido a la caridad pastoral de San Juan María Vianney. Efectivamente el Cura de Ars fue una copia del modelo por excelencia, Jesucristo, el Buen Pastor, pues vivió desviviéndose por sus fieles, entregando su vida a la Iglesia y a las almas a imitación de Cristo, "que amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella" (Ef 5,25). Él se entregó a su parroquia con la misma intensidad con que el esposo bueno y fiel se entrega a su esposa. Desde su amor apasionado a Jesucristo y desde su identificación total con el Señor, contemplado en la oración, el Cura de Ars asimiló el espíritu y los rasgos del amor pastoral que Jesús tiene a los hombres, haciendo visible el amor de Cristo Pastor, encarnado, prolongado, continuado y actualizado en su propio amor a la comunidad de Ars que la Iglesia le encomendó. Él estaba convencido y así se lo decía a sus fieles, que “el sacerdote no es sacerdote para él… Lo es para vosotros”51.

La caridad pastoral es el primer rasgo del presbítero diocesano secular y nuestro principal camino de santificación52. Después del cultivo de la vida interior, motor y manantial de todas nuestras actividades, el servicio pastoral a nuestros fieles debe ser nuestro único interés. Todos los demás intereses y valores han de quedar subordinados a este principalísimo deber, a este principalísimo amor, que tiene la primacía sobre todos los demás intereses u opciones. Todo en nuestra vida sacerdotal debe estar ordenado a la caridad pastoral: nuestros compromisos familiares, amistades, relaciones, aficiones, ocupaciones, forma de vivir, gastos o vacaciones. Todo debe confrontarse con la caridad pastoral; y si alguna de estas realidades es un obstáculo para servir a nuestros fieles con alma, vida y corazón, habremos de replantearnos nuestra relación con ellas y rehacer nuestras opciones fundamentales y programas. El Papa Juan Pablo II nos decía que "la caridad pastoral es principio interior y dinámico capaz de unificar las múltiples y diversas tareas del sacerdote"53, lo cual quiere decir que nuestra única pasión como pastores debe ser servir y amar a nuestros fieles, nuestra verdadera y auténtica familia, con el deseo de verlos crecer como hijos de Dios, como miembros activos y dinámicos de la Iglesia y como hermanos reconciliados.

La gracia que el Espíritu Santo nos infundió el día de nuestra ordenación nos capacita e impulsa a amarles como el Señor los ama, a entregar la vida por ellos, como el buen Pastor (Jn 10,15); a servirles y a compartir con ellos nuestra mayor riqueza, Jesucristo; a anunciarlo, mostrarlo y darlo a todos, saliendo para ello a los caminos y a las encrucijadas para buscar a los que se han marchado o a los que nunca han estado en el redil, para que también ellos disfruten de la mesa cálida y familiar de la Iglesia. Así es el amor pastoral de Jesús. Él conoce a sus ovejas (Jn 10,14), y éstas conocen su voz (Jn 10,4), las llama por su nombre (Jn 10,3), se apiada de la oveja perdida y la busca, aunque tenga que dejar a las otras noventa y nueve (Lc 15,4-7).

La vivencia cabal del ministerio de salvación que el Señor nos ha confiado ha de  impulsarnos a gastarnos y desgastarnos por nuestros fieles, sin medida, sin recortes y sin reloj, de sol a sol, pues lo nuestro es servir, lo nuestro es el “amoris officium”, como escribiera San Agustín54. Debe impulsarnos además a conocerles, a compartir sus luchas, sufrimientos y problemas, amando con cercanía afectiva, familiaridad, compasión y ternura a los niños, a los jóvenes, a los enfermos, a las familias y a los pobres. Como San Pablo y como el Cura de Ars, hemos de entregar a nuestros fieles nuestra propia persona (1Tes 2,8), con tal de que conozcan a Dios y a su enviado Jesucristo y disfruten de la gracia de la filiación.

Todos estamos convencidos de nada necesita nuestro mundo con más urgencia que a Jesucristo, el único que puede dar respuesta a los grandes problemas del mundo, al sufrimiento, la desesperanza y la angustia de tantos hermanos nuestros. Por ello, os invito, queridos hermanos sacerdotes, a reavivar en este año de gracia el carisma que el

Espíritu Santo nos regaló el día de nuestra ordenación y a huir del estilo de vida funcionarial, que tanto tiene que ver con la actitud del mercenario, al que no le importan las ovejas (Jn 10,5.12-13). Dios quiera que en este Año Jubilar todos hagamos crecer en nuestros corazones la llama del amor pastoral a nuestros fieles. Este don del Espíritu, compartido con nuestros hermanos presbíteros y que es participación del amor pastoral de Jesús, es el secreto manantial de la ilusión sacerdotal y del celo por las almas cada día renovado. Es lo único que nos mantendrá frescos en esta coyuntura, en la que a ojos vista ha diminuido el aprecio social por nuestra tarea, acompañada en muchas ocasiones por la incomprensión o el desprecio, y por las condiciones adversas en que nos sitúa la secularización.

No quisiera dejar de deciros que en nuestro ministerio y en nuestra entrega a los fieles, junto a la Eucaristía, el mejor servicio que podemos prestarles es el anuncio de la Palabra de Dios en la homilía, en la catequesis, en las charlas de formación y en el acompañamiento espiritual. En todas estas ocasiones no podemos olvidar la comunión con la Iglesia. La Palabra es de Dios, no es nuestra, como no es nuestra la doctrina, que es de la Iglesia. El Pueblo de Dios tiene derecho a escuchar de los labios de sus sacerdotes la Palabra íntegra, sin adulterarla, sin arrancar páginas. Tiene derecho igualmente a que le entreguemos la doctrina genuina, sin reduccionismos, en comunión estrecha con el Magisterio del Papa y de los Obispos. No son admisibles las mutilaciones selectivas, de acuerdo con los dogmas seculares de la nueva cultura inmanentista, como tampoco lo es, como recientemente nos ha dicho el Papa, tamizar la doctrina auténtica del Concilio Vaticano II por nuestra sensibilidad, por nuestras opciones personales o desde posiciones ideológicas ajenas a la Tradición viva de la Iglesia, pues no nos predicamos a nosotros mismos, sino la Palabra sacrosanta e intemporal de Jesucristo, de la que la Iglesia es su depositaria e intérprete.

Otro tanto cabe decir del respeto que debemos observar por las normas litúrgicas, en la celebración de la Santa Misa y en la administración de los sacramentos, pues ni  la Eucaristía ni los sacramentos son nuestros, sino de la Iglesia. No caben, pues, arbitrariedades ni protagonismos, que sólo corresponden al Señor55. 

14. Crezcamos en disponibilidad para servir a nuestros fieles el sacramento del perdón.

En páginas anteriores, me he referido a la dedicación heroica de San Juan María Vianney al confesionario y a la dirección espiritual, rasgo que constituye una parte notable de su carisma56. Por ello, me permitiréis unas palabras sobre nuestra obligación, por imperativo de justicia, de facilitar a nuestros fieles el acceso a la confesión individual, a la que tienen un derecho objetivo y reconocido por la Iglesia. Como bien sabéis, el sacramento del perdón en estos momentos sigue sumido en una profunda crisis que viene de décadas anteriores, como consecuencia de la pérdida del sentido del pecado, del individualismo, de la autosuficiencia y de la resistencia por parte de algunos cristianos e, incluso de algunos sacerdotes, a admitir las mediaciones.

Permitidme que comparta con vosotros una convicción, que entraña también una preocupación: también nosotros los sacerdotes tenemos una responsabilidad no pequeña en este estado de cosas, pues en los últimos decenios nos ha faltado disponibilidad para poner al alcance de nuestros fieles este sacramento precioso, el sacramento de la paz, de la alegría y del reencuentro con Dios. Por ello, no sería pequeño el fruto de este Año Sacerdotal, si además de ayudarnos a fortalecer nuestra fidelidad al Señor, como reza la convocatoria, todos tratáramos de recuperar en nuestras parroquias el sacramento de la penitencia, de acuerdo con la mente y las normas de la Iglesia57, mostrándonos disponibles, dedicándole tiempo, dándole toda la importancia que le corresponde, insistiendo en la conversión y la vuelta a Dios, la petición de perdón, el arrepentimiento y la satisfacción, sin los cuales la renovación de este sacramento será sencillamente imposible.

Personalmente estoy convencido de que nuestra dimisión del confesionario y de la dirección espiritual personalizada de los fieles es una de las causas más importantes de la atonía espiritual de nuestras parroquias y de la aguda crisis vocacional que padecemos.

Por ello, a todos os invito a entregaros con perseverancia a este ministerio, sin duda “una de las expresiones más significativas de nuestro sacerdocio”58. Es verdad que en ocasiones es una tarea difícil, la más delicada y exigente, y muchas veces la más agotadora, pero es también una de las más hermosas y consoladoras, como escribiera el Papa Juan Pablo II en la exhortación postsinodal sobre la penitencia59.

Benedicto XVI, por su parte, nos ha dicho en la carta de convocatoria del Año Sacerdotal que “los sacerdotes no deberían resignarse nunca a ver vacíos sus confesonarios ni limitarse a constatar la indiferencia de los fieles hacia este sacramento. En Francia, en tiempos del Santo Cura de Ars, la confesión no era ni más fácil ni más frecuente que en nuestros días, pues el vendaval revolucionario había arrasado desde hacía tiempo la práctica religiosa. Pero él intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos persuasivos, que sus parroquianos redescubriesen el significado y la belleza de la penitencia sacramental”60. Ese es también nuestro reto y nuestra tarea. 

15. En el mundo, sin ser del mundo.

No quisiera soslayar en esta mi primera carta pastoral, queridos sacerdotes y seminaristas de Sevilla, una de las notas características de nuestro sacerdocio diocesano, la secularidad. Estamos en el mundo, pues de otra forma no podríamos servir al Señor y a nuestros hermanos, anunciando su nombre, predicando su Evangelio y ejerciendo en favor de nuestros fieles el ministerio de salvación que Jesucristo nos ha confiado. En este sentido, nuestro modo de presencia en el mundo es muy distinto del de nuestros hermanos religiosos, especialmente los contemplativos.

Hemos de vivir, pues, cerca de nuestros fieles, metidos en su harina, como el fermento, compartiendo con ellos sus alegrías y esperanzas y también sus frustraciones y dolores. Porque vivimos para ellos, hemos de vivir con ellos. No cabe, pues, automarginarse, vivir en una torre de marfil, esperando simplemente a que nos busquen en el despacho, ajenos a las necesidades de nuestro pueblo. Lo nuestro no es la “fuga mundi”, por miedo, por pusilanimidad o por creer que es éste nuestro camino de santidad. El autor de la carta a los Hebreos nos dice que “hemos sido tomados de entre los hombres y puestos en favor de los hombres para las cosas que miran a Dios, para ofrecer ofrendas y sacrificios por los pecados, para compadecernos de los ignorantes y extraviados” (Heb 1,1-2). La secularidad es, por lo tanto, nuestro ámbito natural como sacerdotes diocesanos.

Pero siendo esto cierto, siendo verdad que el mundo es nuestro campo de trabajo, no es menos verdad que no somos del mundo, como nos dice el Señor en la oración sacerdotal (Jn 17,16). Uno de los riesgos más acentuados que tenemos los sacerdotes seculares en esta hora es que aquello que es como una de las notas propias de nuestro ministerio, la  secularidad, derive en secularismo y que quien ha sido elegido para llevar al mundo la salvación de Jesucristo, termine siendo engullido y fagocitado por el espíritu del mundo. En este sentido quiero recordaros que no todo lo que pueden hacer lícitamente nuestros hermanos seglares, lo podemos hacer los sacerdotes, de la misma forma que los jóvenes sacerdotes no pueden frecuentar, ni siquiera con una intención buena y apostólica, los lugares que ordinariamente, especialmente en los fines de semana, frecuenta la juventud; y no sólo por evitar el escándalo de los fieles, que en ocasiones lo manifiestan abiertamente, sino también porque los frutos apostólicos son escasos o nulos y el único fruto apreciable es la desvitalización de nuestra existencia sacerdotal.

Permitidme que os cite un fragmento de la homilía pronunciada por el Papa Juan Pablo II en Valencia el 8 de noviembre de 1982 en la ceremonia de ordenación de sacerdotes, durante su primera visita apostólica a España. Es enormemente clarificador. Después de afirmar que lo que realmente nos aleja de los fieles es el olvido o el descuido de nuestra consagración, el Papa dijo en aquella ocasión solemne a los nuevos sacerdotes: “Ser uno más en la profesión, en el estilo de vida, en el modo de vestir, en el compromiso político, no os ayudaría a realizar plenamente vuestra misión; defraudaríais a vuestros propios fieles, que os quieren sacerdotes de cuerpo entero: liturgos, maestros, pastores, sin dejar por ello de ser, como Cristo, hermanos y amigos”61. 

16. Conclusión.

Queridos hermanos sacerdotes y seminaristas: acoged cordialmente esta carta, nacida de la conciencia de la responsabilidad que acabo de contraer con el Señor, con la Iglesia y con todos vosotros, pues como escribiera el Papa Juan Pablo II, “el Obispo ha de tratar de comportarse siempre con sus sacerdotes como padre y hermano que los quiere, escucha, acoge, corrige, conforta, pide su colaboración y hace todo lo posible por su bienestar humano, espiritual, ministerial…”. Porque estoy convencido de ello, y porque “uno de los primeros deberes del Obispo diocesano es la atención espiritual a su presbiterio”62, os he dirigido esta exhortación, la primera que escribo como Arzobispo de Sevilla, invitándoos a vivir con responsabilidad e ilusión el Año Sacerdotal que el Santo Padre nos ha regalado.

Pido al Señor y a su Madre bendita, madre de los sacerdotes, tan bellamente representada en la capilla de nuestro Seminario Metropolitano en la espléndida copia del original conservado en el Palacio de San Telmo, que todos vosotros lleváis filialmente en vuestra retina, y sobre todo en vuestro corazón, que esta efemérides sea para todos un verdadero acontecimiento de gracia, que renueve nuestro sacerdocio, y que fortalezca en nosotros, como nos ha dicho Benedicto XVI, “los ideales de total donación a Cristo y a la Iglesia que inspiraron el pensamiento y la tarea del Santo Cura de Ars… su ferviente vida de oración y su apasionado amor a Jesús crucificado”63. Que su testimonio de entrega sin reservas a Jesucristo y a la Iglesia, nos ayude a todos a refrescar la gracia que un día se nos entregó (Cf. Ap 3,11), a robustecer nuestra fidelidad a Él hasta la muerte (Cf. Ap 2,10), a dejarnos seducir de nuevo por el Señor y a volver al amor primero (Cf. Ap 3,20). Pidamos muchas veces al Señor a lo largo de este año que sea Él quien nos vuelva a encontrar, quien nos vuelva a conquistar, como encontró y conquistó a 62 Exhortación apostólica Pastores gregis, de 16 de octubre de 2003, 47. Pablo en el camino de Damasco (Cf. Fp 3,9), que sea Él, con la fuerza de su Espíritu, quien derrame el amor en nuestros corazones para hacernos hombres nuevos, sacerdotes nuevos, con un corazón nuevo y un espíritu nuevo, que aspiran con determinación a la santidad, enamorados del Señor y de nuestra hermosísima misión en la Iglesia.

Concluyo ya, agradeciéndoos de corazón la acogida fraterna que me habéis dispensado en mis visitas a las parroquias de la ciudad y de las distintas Vicarías y en los contactos que he tenido con vosotros en el despacho desde mi toma de posesión como Arzobispo Coadjutor el pasado 17 de enero. Desde el 28 de octubre del año pasado, en que la Santa Sede me comunicó mi nombramiento, no he dejado de rezar ni un solo día por vosotros, por el

Seminario, por los miembros de la Vida Consagrada y por los laicos, y especialmente por los jóvenes, esperanza de nuestra Iglesia diocesana, para que todos seáis fieles a la espléndida historia cristiana de nuestra Archidiócesis. Os ruego que cultivéis con especial esmero e interés la pastoral vocacional, la pastoral juvenil, el apostolado seglar, la pastoral de la familia y de la vida, y que seáis siempre, pero especialmente en la coyuntura que estamos viviendo, marcada por la crisis económica y por el sufrimiento de tantos hermanos nuestros, verdaderos padres de los pobres, como San Juan María Vianney, como San Juan de Ávila y el Beato Marcelo Spínola. Vivid cerca de los pobres, compartiendo con ellos incluso lo necesario, porque cuando el amor no duele, es pura hipocresía.

Contad siempre con mi afecto y amistad y con mi mejor disponibilidad para serviros en todo lo que me sea posible. Rezad también vosotros por mí, para que el Señor me conceda el corazón, las entrañas y el estilo de Jesucristo, Buen Pastor, para que me gaste y me desgaste en el anuncio de Jesucristo y el Señor haga fecundo mi ministerio para gloria de Dios.

Un abrazo cordial y la bendición de vuestro hermano y amigo.

Sevilla, 13 de noviembre de 2009, fiesta de San Leandro

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla



28 CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio para el ministerio y vida  de los presbíteros, 53.
29 Cf. B. NODET, o.c.,132.
30 Carta a los sacerdotes en el Jueves Santo del año 2001, 10 y 11. Abundando en esta idea, os cito un texto bien conocido del decreto Presbyterorum ordinis: “Los ministros de la gracia sacramental se unen íntimamente a Cristo Salvador y Pastor por la fructuosa  ecepción de los sacramentos, sobre todo en la frecuente acción sacramental de la Penitencia, puesto que, preparada con el examen diario de conciencia, favorece tantísimo la necesaria conversión del corazón al amor del Padre de las misericordias” (n.18). Os cito también en el mismo sentido un texto precioso de la exhortación apostólica Pastores dabo vobis, en el que el Papa Juan Pablo II se remite al número 31 de la exhortación apostólica Reconciliatio et paenitentia: “La vida espiritual y pastoral del sacerdote, como la de sus hermanos laicos y religiosos, depende, para su calidad y fervor, de la asidua y consciente práctica personal del Sacramento de la Penitencia. La celebración de la Eucaristía y el ministerio de los otros Sacramentos, el celo pastoral, la relación con los fieles, la comunión con los hermanos, la colaboración con el Obispo, la vida de oración, en una palabra toda la existencia sacerdotal sufre un inevitable decaimiento, si le falta, por negligencia o cualquier otro motivo, el recurso periódico e inspirado en una auténtica fe y devoción al Sacramento de la Penitencia. En un sacerdote que no se confesase o se confesase mal, su ser como sacerdote y su ministerio se resentirían muy pronto, y se daría cuenta también la Comunidad de la que es pastor” (n. 26).
31 Cfr. B. NODET, o.c., 23.
32 Ibid., 90.
33 CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Ibid., n. 38.
34 Cf. B. NODET, o.c., 21.
35 Ibid., 21.
36 F. TROCHU, o. c. 161 y ss.
37 Exhortación apostólica Pastores Gregis del Papa Juan Pablo II, de 16 de octubre del año 2003, 14.
38 Cf. B. NODET, o.c., 26-27 y 255.
39 CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio para el ministerio y vida de los presbíteros, 53.
40 Discurso del Santo Padre Benedicto XVI a los participantes en la Congregación General 35 de la Compañía de Jesús, 21 de febrero de 2008.
41 Exhortación Apostólica Menti Nostrae del Papa Pío XII sobre el fomento de la santidad en la vida sacerdotal, de 23 de septiembre de 1950, 54.
42 Exhortación apostólica Pastores dabo vobis, 81.
43 CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio para el ministerio y vida de los presbíteros, 85.
44 Ibid., 28.
45 Ibid., 67.
46 Ibid., 30.
47 Decreto Presbyterorum ordinis, 17.
48 Cf. F. TROCHU, o. c. 529 y ss.
49 Cf. B. NODET, o.c., 219-221.
50 Ibid., 179. Cfr. también F. TROCHU, o. c. 163 y ss. y 548 y ss.
51 Cf. B. NODET, o.c., 102.
52 Cf. MONS. J. Mª URIARTE, Ministerio presbiteral y espiritualidad, Idatz, San Sebastián 1998, 55ss..
53 Exhortación apostólica Pastores dabo vobis, 23.
54 CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio para el ministerio y vida de los presbíteros, 16.
55 Ibid., 64.
56 Cf. F. TROCHU, o. c. 337 y ss.
57 Parece oportuno aclarar que la Iglesia nunca ha prohibido la administración del sacramento de la penitencia durante la celebración de la Santa Misa. Así se desprende de la repuesta de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, emitida en octubre de 2001, ante una consulta al respecto. Esta interpretación queda confirmada por la Instrucción Redemptionis Sacramentum, emanada de la misma Congregación el 25 de marzo de 2004.En ella se dice lo siguiente: “Además, según la antiquísima tradición de la Iglesia romana, no es lícito unir el Sacramento de la Penitencia con la santa Misa y hacer así una única acción litúrgica. Esto no impide que algunos sacerdotes, independientemente de los que celebran o concelebran la Misa, escuchen las confesiones de los fieles que lo deseen, incluso mientras en el mismo lugar se celebra la Misa, para atender las necesidades de los fieles. Pero esto, hágase de manera adecuada” (n. 75).
58 Mensaje del Papa Juan Pablo II al cardenal William W. Baum, Penitenciario Mayor, y a los confesores, de 1 de abril de 2000, 2. 59 Exhortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia, nn. 31-33.
60 Carta de Benedicto XVI para la convocatoria de un Año Sacerdotal con ocasión del 150 aniversario del “dies natalis” del Santo Cura de Ars, de 16 de junio de 2009. Cf., Ecclesia, nº 3473, 24-28.
61 Homilía en la ceremonia de ordenación sacerdotal celebrada en el paseo de la Alameda de Valencia, 8 de noviembre de 1982. Cf. Juan Pablo II en España, BAC, Madrid 1983, 206.
63 Carta de Benedicto XVI para la convocatoria de un Año Sacerdotal con ocasión del 150 aniversario del “dies natalis” del Santo Cura de Ars, de 16 de junio de 2009. Cf., Ecclesia, nº 3473, p. 24-28.

 


Publicado por verdenaranja @ 22:14  | A?o Sacerdotal
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios