Mi?rcoles, 06 de enero de 2010

Texto del micro radial de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, emitido por LT 9. (AICA
(12 de diciembre de 2009)



DEMOCRACIA, POLÍTICA Y BIEN COMÚN  

Esta semana asumen los legisladores que han sido elegidos para representar al pueblo en uno de los poderes de la Constitución. Este hecho es un signo positivo en la vida institucional y debe alegrarnos, sin embargo el modo en que hemos llegado a esta instancia nos deja el sabor de que hay algo que aún debemos examinarnos como argentinos, y es lo que llamaría la calidad institucional de nuestra democracia. Esto lo digo con respeto pero con dolor, y cierta sensación de impotencia, al recordar el camino transitado desde el adelanto de las elecciones, pasando por las candidaturas testimoniales, los cambios de pertenencia política después de haber recibido la confianza de un mandato, hasta el clima de agresividad y descalificaciones entre dirigentes, esto no nos hace bien.

La política es la necesaria mediación entre las ideas y la realidad en la construcción del bien común, y alcanza su expresión mayor en el ejercicio del gobierno; ella reclama virtudes superiores en quienes han asumido la delicada responsabilidad de representar al pueblo. Cuando la palabra se devalúa se empobrece la cultura de una comunidad, porque nos vamos acostumbrando a lo que está mal y perdemos la capacidad moral de reacción y sanción. Sólo el compromiso con la palabra dada y el cumplimiento de las leyes hacen previsible el ordenamiento de una sociedad, ellas son la garantía de una comunidad políticamente madura. En esto los argentinos nos debemos una dosis de humildad para reconocer nuestras fragilidades.

Uno de los temas que considero de importancia en el ejercicio de la política, como en toda gestión de gobierno, es el de la eficiencia y la ejemplaridad. Ambos son necesarios, diría que deben complementarse para recrear la nobleza de la política y alimentar en los ciudadanos el gusto y el compromiso por lo público. Cuántas veces la llamada eficiencia trata de justificar la falta de ejemplaridad; por otra parte, la ejemplaridad, para ser fecunda en el ejercicio de una función, debe mostrar idoneidad en la materia que trata y logros en su realización. Ni la sola eficiencia, ni la sola ejemplaridad, alcanzan para el buen ejercicio de una tarea.

Es cierto, uno prefiere la ejemplaridad por su mayor significado, pero si no viene acompañada de capacitación, estudio y contracción al trabajo, tampoco alcanza. Este tema nos lleva al campo de la moral. La política, como la función de gobierno, es obra de la libertad del hombre y pertenece, por lo mismo, al ámbito de la moral. Cuando esta actividad se desvincula del orden moral, no sólo empobrece al mismo hombre sino su obra, en este caso, la política, la función de gobierno y su fruto mayor que es el bien común. Una frase un tanto risueña que se escucha con algo de justificativo es aquella de que: “no somos carmelitas descalzas”; a nadie se le pide eso, pero tampoco que el orden de la ejemplaridad sea algo ajeno a la vida común de todo ciudadano, principalmente de un dirigente.

Otro de los temas que presenta un particular relieve en este camino de la democracia, y que considero una de nuestras fragilidades, es el de la gobernabilidad y la capacidad de generar proyectos. Una y otra son necesarias y no hay que contraponerlas. La primera mira más al presente, pero no debe quedarse encerrada en lo inmediato, ni en las urgencias electorales. La segunda, en cambio, mira al futuro en cuanto proyecto que necesita de tiempo. Ambas van creando la conciencia y mística de pertenencia a un país donde lo importante no es tanto lo que hoy vemos, sino lo que aún no se ha manifestado, aquello hacia lo cual estamos en camino. Las políticas de Estado no son patrimonio de un gobierno

Aquí adquiere toda su importancia el nivel de la dirigencia, en especial su capacidad de diálogo en el ámbito parlamentario y su relación orgánica con el ejecutivo; oficialismo y oposición, en su justa y necesaria diversidad, son partes de una misma realidad política al servicio del bien común. El revanchismo no forma parte de la política grande. Acordar en el marco de un proyecto no es debilidad, sino moverse en un plano de intereses superiores. En estos días hemos celebrado con gratitud el acuerdo de paz con Chile, logrado por la paciente mediación papal. Qué distinto fue el tratamiento del conflicto de las Malvinas, donde existió la posibilidad de una negociación pero se optó por el empecinamiento desde una aparente situación de fuerza.

El nuevo escenario parlamentario va a reclamar, sea del gobierno como de la oposición, capacidad de diálogo y sentido de mutua responsabilidad en la gobernabilidad del país, en el marco de independencia de poderes; disponibilidad para instrumentar políticas de estado que trasciendan, por su misma naturaleza, lo breve de una gestión; coherencia de vida y austeridad en la gestión. Estas simples notas que hacen al buen gobierno, son las que nos permitirán alcanzar esa identidad de país que nos lleve a sanar heridas; fortalecer lazos sociales y equidad en la distribución de los bienes; alentar la producción y recrear una cultura del trabajo que nos permita superar la injusticia de la pobreza, la dádiva que no eleva socialmente, para lograr una verdadera inclusión. Sin calidad institucional y amistad social se debilita, además, nuestra presencia en el ámbito internacional, donde se reclama honestidad y previsión. Este es un desafío, y un examen, que hace a nuestra vida política.

A la política se la ha definido como “el acto de mayor caridad social”, por ser, precisamente, un acto al servicio del bien de la comunidad. A partir de esta definición se comprende su nobleza, como las virtudes que deben estar presentes en quienes han sido elegidos para tan alta función. Ella necesita, por su significado y alcance social, insospechados organismos de control que aseguren su transparencia. Al hablar de responsabilidades públicas no pueden quedar afuera quienes tienen un poder real en la vida de la sociedad, sea esta de orden económico, mediático, educativo, como también, la del simple ciudadano que con su testimonio y presencia es protagonista y juez de la salud política de la Patria. El nivel de este entramado social necesita que a la política se la considere parte del orden moral. Fuera de este orden se deshumaniza y crecen sus consecuencias de deterioro cultural y marginalidad. Una democracia sin valores carece de contenidos y horizontes, y se pierde en el juego estéril del poder. La orfandad social y cultural del hombre tiene mucho que ver con el nivel de la vida política e institucional de una sociedad.

Hagamos votos y pongamos nuestra cuota de confianza, como también de exigencia ciudadana, en este momento que nos toca vivir. Sepamos fortalecer nuestros lazos de amistad social para prepararnos a celebrar con esperanza y gratitud el Bicentenario de nuestra Patria. Acompañemos con nuestra oración a quienes fueron elegidos para el servicio del Bien Común. Que la fe en Dios, fuente de toda razón y justicia, sea nuevamente principio de paz y de unidad entre todos los argentinos. 

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz


Comentarios