Mi?rcoles, 06 de enero de 2010

Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la misa de ordenación sacerdotal de los seminaristas Manuel Arrieta, Nicolás Oyhamburu y Carlos Piri. (AICA)
(Iglesia Catedral, 12 de diciembre de 2009)


Identidad y fidelidad del sacerdote  

El rito sagrado de la ordenación que seguirá de inmediato, y la liturgia eclesial y mariana en la que el rito se inserta, concierne en primer lugar a Manuel, Nicolás y Carlos; podríamos decir que son ellos los que desempeñan en este acontecimiento la parte principal. Pero el suceso nos atañe a todos los que estamos aquí congregados por diversas y cualificadas razones, en virtud de los vínculos espirituales y afectivos que nos unen a ellos. La ordenación de los tres es un hecho trascendente para sus familiares y amigos, para la comunidad del Seminario, es decir para sus compañeros y formadores; para mí, que debo aportar los elementos esenciales –gesto, palabra, intención– que realizan el sacramento del Orden y transmiten los poderes sacerdotales. En un plano íntimamente personal, me siento feliz de incorporar como colaboradores en el ministerio a estos tres jóvenes a los que conozco de cerca y quiero como a hijos, a los que he acompañado con mi oración durante los años de tirocinio seminarístico. Lo que ocurrirá en seguida incumbe particularmente a nuestra arquidiócesis, que contará con tres nuevos presbíteros, a la Iglesia toda, y al mundo. Aunque el mundo no lo sepa ni se entere, le afecta lo que vamos a hacer ahora porque se refiere a su salvación, como que se trata de asegurar la continuidad y la amplitud de la obra salvadora de Cristo, de la presencia y el efecto del amor de Dios.

 Añado una razón suplementaria de interés: la ordenación adquiere un significado especial en este año que ha sido designado Año Sacerdotal. En el solemne inicio de este período, Benedicto XVI nos ha recordado el misterio de un Dios que derrama su amor sobre la humanidad; ha invitado a los fieles a valorar debidamente el don inestimable del sacerdocio católico y a ayudar a sus sacerdotes en el fortalecimiento de su identidad sacerdotal.

Los signos visibles –la imposición de mis manos y la plegaria de consagración– producirán en Manuel, Nicolás y Carlos un efecto invisible: el misterioso carácter interior, un poder espiritual que es participación de los poderes del Reino que posee en plenitud Jesucristo, Maestro, Sacerdote y Pastor. La ordenación crea una referencia nueva a Jesucristo, para representarlo personalmente y obrar en su nombre.

San Pablo expresa así la identidad del apóstol, de la cual participan en grado subordinado los presbíteros: los hombres deben considerarnos simplemente como ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (1 Cor. 4, 1). Detengámonos un momento a considerar estos términos. En ese pasaje se traduce ministros un vocablo griego (hyperétas) que designa originalmente a los remeros, a los navegantes que están bajo las órdenes de un jefe o patrón, vocablo que significa, en general, servidor. Ministro de Cristo, el sacerdote es servidor y representante suyo; ejerce ministerialmente sus funciones, como una humilde participación en las funciones de Cristo que es, por excelencia, Maestro, Sacerdote y Pastor, el único que merece con absoluta propiedad llamarse así. De acuerdo con la imagen sugerida por el término griego, el presbítero puede considerarse un remero esforzado en la barca, destinada a internarse mar adentro, que conduce, firme en el timón, el capitán.

Dispensadores o administradores de los misterios de Dios (ecónomos, que suena casi igual en griego). Es otro título de humildad, como aparece en la parábola evangélica: ¿Cuál es el administrador fiel y previsor, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno? (Lc. 12, 42). ¡Ecónomo de los misterios! Depositario de los tesoros del Reino: la revelación divina, que es luminosa sabiduría para el hombre, las fuentes sacramentales de la gracia, sobre todo el Cuerpo y la Sangre eucarísticos, la misericordia del Padre que reconcilia, recrea y salva. Realidades santas de las que no es dueño el sacerdote, sino servidor prudente y digno de fe, en total sumisión al Dueño verdadero. El Apóstol lo subraya claramente: lo que se pide a un administrador es que sea fiel (1 Cor. 4, 2). La fidelidad es, ante todo, lealtad, observancia de la fe que uno debe a otro; es siempre la respuesta adecuada a una promesa. Ahora los ordenandos formularán promesas esenciales, que se refieren precisamente a la administración de los misterios que les serán confiados. Pero se trata de la afirmación de un vínculo personal con el Señor, porque harán sus veces; la fidelidad está inspirada por el amor. Del amor brotará la puntualidad y exactitud en la ejecución del encargo, la generosa entrega al servicio, la firmeza y constancia en él, actitudes que se apoyarán en la memoria agradecida de haber sido elegidos, llamados, agraciados con un don que los supera inmensamente.

Ser fiel es ser uno mismo; la fidelidad es la permanente y segura custodia de la propia identidad. La identidad del sacerdote es relacional, extática, lo saca de sí y lo refiere al Señor, a la Iglesia, a las almas. No es sacerdote para sí mismo, sino para Cristo, para el pueblo de Dios, para el mundo necesitado de redención. Sería una triste torcedura de la psicología sacerdotal que ese hombre para los demás (porque es eso por definición), acabe siendo sacerdote para sí mismo, reclamando consideración, afecto, honores, atenciones, haciéndose dueño de lo que no le pertenece, preocupado más por su bienestar y su satisfacción que por la suerte desastrada de un mundo necesitado de Dios y por el crecimiento de la comunidad cristiana. ¿Cómo olvidar –dice Benedicto XVI– que los presbíteros hemos sido consagrados para servir, humilde y autorizadamente, al sacerdocio común de los fieles? En eso consiste la altísima dignidad del sacerdocio, que ponía miedo en el alma del Santo Cura de Ars y le movía a afirmar que después de Dios, el sacerdote lo es todo; y que él mismo no se entenderá bien sino en el cielo. Sólo se entiende bien en el cielo, y sólo los santos anticipan en la tierra esa comprensión. A propósito de la identidad y de la fidelidad sacerdotal decía la Madre Teresa: El sacerdote es la prueba, el signo, el amanecer del amor de Dios al mundo, la llama ardiente, la esperanza de la felicidad eterna. Para que el sacerdote pueda estar completamente a disposición del Padre tiene que ser completamente uno con el Hijo, de modo que dentro de sí pueda ser emitido el Espíritu Santo en su vida, en sus actitudes, en sus obras. Porque hoy Dios ama al mundo a través de cada sacerdote y éste ocupa el lugar de Cristo, él es otro Cristo.

Ustedes, queridos hijos, están destinados a ser para el mundo el amanecer del amor de Dios, una llama ardiente, la esperanza de la vida eterna. ¿Parece una exigencia desmedida? En realidad, es la naturaleza del ser sacerdotal, algo ciertamente desmesurado en comparación a nuestra fragilidad nativa. El mismo San Pablo lo sentía así cuando contemplaba la gloria del ministerio recibido: llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios (2 Cor. 4, 7). Podrá verse que, en efecto, Dios obra en ustedes y a través de ustedes, si permanecen unidos a Cristo, si le aman totalmente, sin retaceos, sin negarle nada, y cada día y todas las horas del día. Eso es la santidad. Cito nuevamente a la Madre Teresa: la santidad para el sacerdote es ser completamente uno con Cristo, de forma que pueda vivir su vida en él, orar en él, obrar con él, ser uno con el Padre en él. Estas palabras suenan como un eco de aquella espontánea manifestación del Apóstol: para mí vivir es Cristo (Fil. 1, 21). ¡Que ustedes puedan decirlo, hijos muy queridos, como un lema, como una aspiración sincera, con todo el deseo del alma, como una súplica y a la vez como una decisión que se renueve cada día!

La consagración que recibirán ahora tendrá que penetrar profundamente en la propia personalidad en un proceso de continuo crecimiento y maduración. Siendo jóvenes son hechos presbíteros. Presbítero significa anciano; así se llamaban los colaboradores de los apóstoles que eran constituidos por éstos jefes de las primeras comunidades cristianas. Como en el caso del joven Daniel, a ustedes Dios los nombra ancianos, les concede el honor de la ancianidad (cf. Dn. 13, 50). Serán presbíteros, pero tendrán que hacerse tales por su maduración humana, por una creciente sabiduría, en virtud de la experiencia espiritual y pastoral. A ese proceso la Iglesia lo llama formación permanente. Explicando el significado profundo de este empeño de los sacerdotes, Juan Pablo II lo presentaba como vivir la verdad de su ser sacerdotal, vivir en la caridad su identidad y su ministerio en la Iglesia y para la Iglesia, tomar conciencia cada vez más viva del don de Dios y recordarlo continuamente (Pastores dabo vobis, 73).

Si procuran vivir la verdad de su ser sacerdotal, experimentarán una serena alegría, la que es propia de los hombres de esperanza y adquiere consistencia genuinamente cristiana cuando se encuentra con la cruz. Dentro de un rato cuando, ya consagrados, les entregue el pan y el vino con el encargo de celebrar el sacrificio eucarístico, le diré a cada uno: considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor. En la misa diaria ejercitarán la propia identidad, vivirán en su fuente la verdad del ser sacerdotal y se unirán al sacrificio del Señor, del que brota la alegría cristiana, el gozo de la caridad que hace pregustar la bienaventuranza eterna.

Estamos hablando de cosas grandes, porque grandes cosas hizo el Señor por nosotros y estamos rebosantes de alegría (Sal. 125, 3). ¡Grandes son, en efecto, tremendos, muy dignos de respeto y reverencia, los misterios de Cristo que estamos celebrando! Nos llenan de alegría y a la vez nos infunden un saludable temor, un temor casto, filial. Queridos hijos, vivan con mucha confianza en el Señor su vida y su misión sacerdotal, porque el Señor los considera dignos de confianza al llamarlos a su servicio (cf. 1 Tim. 1, 12). Y hay una razón más, poderosa y entrañable: porque cuentan con la ternura maternal de María. Elegimos esta fecha de Nuestra Señora de Guadalupe  para la ordenación para poder encomendarlos a su protección. Para que, en el recuerdo de este día, escuchen siempre, sobre todo en los momentos de prueba, que no faltarán, la palabra pacificadora que pronunció ella en el cerrito de Tepeyac: No se turbe tu corazón ni te inquiete cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No estás, por ventura, en mi regazo? Sí, quedan bajo su sombra, quedan en el regazo de la Guadalupana.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata


Publicado por verdenaranja @ 20:31  | Homil?as
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios