Mi?rcoles, 06 de enero de 2010

Homilía de monseñor Juan Carlos Romanín SDB, obispo de Río Gallegos, en la misa por la Paz en Río Turbio. (AICA)
(14 de diciembre de 2009)


MISA POR LA PAZ 

Queridos hermanos todos:

En el marco de este nuevo aniversario de Río Turbio, queremos hacer memoria agradecida a Dios y a los que hicieron posible la paz entre Argentina y Chile.

Hace veinticinco años, el 29 de noviembre de 1984, los cancilleres de la Argentina y Chile firmaban en el Vaticano el Tratado de Paz y Amistad entre nuestras dos naciones. Quedaban superados así los peligros de una confrontación bélica, que estaba prácticamente en marcha, de consecuencias nefastas para los dos pueblos y para todo el continente latinoamericano.

Puede ser que todavía no hayamos medido de manera cabal el abismo en el cual estuvimos a punto de caer. E incluso no hayamos valorado en plenitud los amplios campos que se han abierto para la cooperación e integración de nuestros pueblos, y cuánto aún  podemos beneficiarnos.

Se abría, concretamente, una manera nueva de llevar adelante las relaciones internacionales y la resolución de los conflictos, no ya por el enfrentamiento, sino por la colaboración e integración entre los pueblos. El tratado fue posible gracias a la mediación del Papa Juan Pablo II, y a la confianza depositada en él por nuestros pueblos y autoridades.

Por ello queremos dar gracias a Dios Nuestro Señor. Y, a la vez, recordar agradecidos a la figura del Papa Juan Pablo II,  quien, recién elegido para el ministerio del Supremo Pontificado de la Iglesia, tuvo la audacia de asumir la difícil tarea de Mediador que se le pedía, nombrando para ello al Cardenal Antonio Samoré.

Pero, ¿cómo se llegó a la mediación papal? Esta nos cayó del cielo por arte de magia. Si el cuerpo no puede trabajar sin la cabeza, tampoco la cabeza puede hacerlo sin el cuerpo.

Estuvo, en primer lugar, la oración de nuestro pueblo, que aborrece la guerra. Se conocen manifestaciones conmovedoras de fe, como las peregrinaciones y momentos extensos de oración realizados a lo largo de todo el país.

Hubieron gestiones personales de Obispos, como los de Mons. Miguel Ángel Alemán, obispo, en aquel entonces, de Río Gallegos, y de Mons. Tomás González Morales, obispo de Punta Arenas. Hubieron también, gestiones diplomáticas, particularmente de las dos Nunciaturas y de otros países, “que dieron su positiva contribución para llevar adelante ese camino de resolución pacífica, cumpliendo así los profundos anhelos de paz de la población argentina y chilena.” (Benedicto XVI, 29-XI-09)

Hoy estamos reunidos en oración en este templo dedicado a Nuestra Señora de la Paz. El hermoso cuadro-mural que nos preside, pintado por el salesiano P. Juan Ignacio López, nos recuerda esos momentos de significativa importancia para nuestra historia. Gracias a esta obra quedan grabados en nuestra memoria  los rostros de aquellos que ayudaron a hacer posible la tan deseada mediación papal.

En el vitral del coro de la iglesia, se nos recuerda la frase de Monseñor Ramón Ángel Jara, Obispo de San Carlos de Ancud, quien el 13 de marzo de 1904 dejó grabada en bronce a los pies del Cristo Redentor de Mendoza: “antes que argentinos y chilenos rompan la paz jurada bajo los pies del Cristo Redentor, se derrumbarán estas montañas.” Quedó escrita en ese lugar para hacer memoria, también, de otro momento histórico en que nuestros dos países tuvieron serias dificultades por problemas limítrofes.

El Papa Benedicto XVI nos decía en estos días: “En realidad, Chile y Argentina no son sólo dos Naciones vecinas sino mucho más: son dos Pueblos hermanos con una vocación común de fraternidad, de respeto y de amistad, que es fruto en gran parte de la tradición católica que está en la base de su historia y de su rico patrimonio cultural y espiritual.

“Para que la causa de la paz se abra camino en la mente y el corazón de todos los hombres (…) es preciso que esté apoyada en firmes convicciones morales, en la serenidad de ánimos, a veces tensos y polarizados, y en la búsqueda constante del bien común.

En vísperas del Bicentenario 2010-2016, los principios que dieron origen al Tratado de Paz y Amistad entre la Argentina y Chile, que dispone “la obligación de solucionar todas sus controversias por medios pacíficos”, son inspiradores también en el presente para la conducta de cada uno de nosotros y de los diversos sectores sociales, y para las políticas que han de adoptar las autoridades a fin de cohesionar y pacificar a nuestros pueblos.

El Papa Benedicto XVI les decía hace unos días a las Delegaciones argentina y chilena: “La consecución de la paz requiere la promoción de una auténtica cultura de la vida, que respete la dignidad del ser humano, unida al fortalecimiento de la familia como célula básica de la sociedad. Requiere también la lucha contra la pobreza y la corrupción, el acceso a una educación de calidad para todos, un crecimiento económico solidario, la consolidación de la democracia y la erradicación de la violencia y la explotación, especialmente contra las mujeres y los niños.” (Benedicto XVI, 29 de noviembre de 2009)

María, Reina de la Paz, bendiga a todas y cada una de nuestras familias, especialmente a las de Río Turbio. Jesucristo, Señor de la Historia haga realidad en Mons. Miguel Ángel Alemán y Mons. Tomás González Morales, la Bienaventuranza del Sermón de la Montaña: “Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.” (Mt. 5,9)

Mons. Juan Carlos Romanín SDB, obispo de Río Gallegos


Publicado por verdenaranja @ 20:43  | Homil?as
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