S?bado, 09 de enero de 2010

Homilía de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús en las fiestas patronales de la parroquia de Santa Faz. (AICA)
(11 de diciembre de 2009)


Fiestas patronales Parroquia Santa Faz 

Querida comunidad de Santa Faz, querido padre Gustavo, queridos diáconos, queridos sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas. Querido pueblo fiel:

La ceremonia nos va llevando a vivir y expresar el misterio más importante que nosotros tenemos, el misterio de Jesucristo. Felicito al padre Gustavo y a la comunidad de haber hermoseado esta casa, la Casa de Dios y la casa de todos nosotros; el lugar de encuentro con Dios, entre nosotros y con los hermanos.

Embellecer la Casa de Dios es algo muy especial y creo que es digno de ser reconocido. Es Dios quien hermosea las cosas, nosotros desde nuestro lugar, desde nuestro ámbito, tenemos que darle lo mejor al Señor, para el Señor.

Vamos a consagrar y dedicar este altar. El Altar es Cristo. El Altar es la Cruz. Cristo se inmola por nosotros definitivamente, de una vez y para siempre. Y todas las veces que se vuelve a repetir el sacrificio de la Eucaristía estamos repitiendo el misterio de esa inmolación que Cristo ha tenido para siempre en su entrega a Dios Padre y por nosotros: por nuestra vida, por nuestros pecados, por nuestras miserias. Para que nosotros podamos vivir de acuerdo al Altar, de acuerdo al sacrificio, ¡una vida nueva!

El Altar, que es Cristo, como que explota, como que se expande, y se expande a todos, fundamentalmente a nosotros que somos templos vivos del Espíritu Santo. Este Altar, este sacrificio donde esta la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte; donde el bien es superior al mal, donde la adversidad, los obstáculos, las persecuciones, las incomprensiones, los sufrimientos, los abandonos, ¡y tantas cosas más!, todas tienen sentido porque el Altar –que es Cristo- nos da la fuerza del Espíritu que nos permite decir que no tenemos derecho a estar tristes porque su Palabra nos da la vida y la fortaleza para vivir con dignidad, como buenas personas, como buenos cristianos.

Este Altar, el lugar donde Cristo se ofrece al Padre por cada uno de nosotros, es donde se resume el misterio más importante. Donde podemos nutrirnos, alimentarnos, fortalecernos, donde podemos pedirle perdón por nuestras miserias, entregándoselas a través del sacerdote y recibiendo de parte de Dios su misericordia. Por eso este Altar, que va a ser consagrado, es la fuerza con que Dios nos hace nuevos.

Esto no es una afirmación meramente poética, ¡es real! Tenemos que pedirle a Él que nos ayude a modificar nuestra vida, a pensar de manera diferente, a superar toda dificultad, todo encono, todo resentimiento, toda amargura, todo remordimiento. ¡Que Dios nos purifique como ya nos purificó el agua bendita, que nos recuerda la memoria de nuestro bautismo, para que nuestro corazón – a veces endurecido por la feúra del pecado- se convierta en un corazón límpido, íntegro, puro, transparente, fuerte, adulto!

Nosotros, que celebramos y vivimos el misterio, tenemos que pedirle: ¡ayúdanos a evolucionar, a crecer, a madurar, a desarrollarnos! ¡No tenemos derecho a vivir como antes! ¡No tenemos derecho a involucionar! ¡No tenemos derecho a ser mezquinos! ¡No tenemos derecho a vivir con rencor! ¡No tenemos derecho a vivir como personas viejas, cansadas y sin espíritu!

Cristo, el Señor, que se nos da a nosotros, es para darnos cuenta que su amor es inagotable, incansable. Su amor nos rescata, nos libera, nos perdona, nos transforma y nos envía a llevarlo a los demás. Aquí se recibe la gracia y allí se da testimonio y se expresa lo que creemos, lo que pensamos y lo que estamos involucrados, comprometidos.

Esta noche es para todos nosotros, para esta comunidad y para la diócesis, una noche santa. Una noche hermosa donde la frescura de Dios es capaz de soplar y sacarnos la vejez de nuestros pecados. Y cuando volvamos a nuestra vida cotidiana tenemos que salir convencidos. Tenemos que salir de otra manera: distintos, con entusiasmo, con vehemencia, con pasión, con alegría y, sobre todo, con decisión. Decisión de vivir del Altar de Cristo.

Le pedimos que su Rostro, la Santa Faz, sea también nuestra mirada. Que lo podamos mirar y contemplar para que, mirándolo a El, podamos mirar a cada uno de nuestros hermanos con los ojos de Dios, con la mirada de Dios, con la fuerza de Dios, con la ternura de Dios.

Que la Virgen, como Madre que es, nos ayude a cobijar en nuestro interior, silenciosamente pero de un modo fecundo, el misterio. “Y María, viendo estas cosas, las guardaba en su corazón”

Que seamos capaces no de derrochar, sino de guardar en nuestro interior por manos de la Virgen, para que nuestra vida sea una vida adulta, misionera, cristiana, responsable y comprometida.

Ninguno de los que estamos acá nos podemos sentir eximidos o excusados. Ninguno puede decir “yo ya crecí”, “yo ya cambié”, “yo ya estoy bien”, “yo ya no tengo que modificarme”, “yo ya no tengo que cambiar”. El que piensa así está confesando su ignorancia. Y yo no quiero que seamos ignorantes porque todos, cuando más nos acercamos a Dios, más nos damos cuenta de lo que nos falta. Pero también nos damos cuenta de lo que podemos alcanzar por su amor y por su gracia.

Pidamos al Señor ser concientes de lo que Dios nos da, ser concientes de lo que nos falta, ser concientes de comprometer la vida en aquello que tenemos que alcanzar: la madurez, Jesucristo.

Que así sea.

Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús


Publicado por verdenaranja @ 22:56  | Homil?as
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