Domingo, 10 de enero de 2010

Comentario al evangelio del domingo de la fiesta del Bautismo del Señor – C, publicado en Diario de Avisos el domingo 10 de Enero de 2010 bajo el epígrafe DOMINGO CRISTIANO.

Firma y rúbrica

Daniel Padilla

 

No se puede ir indocumentado por la vida. Hemos oído dema­siadas historias de fuertes san­ciones sobre personas despistadas que habían olvidado su carné de identidad al salir de casa. Está claro, por tanto, que en todo momento debemos saber quiénes somos y estar dispuestos a demostrarlo. Tampoco se puede llevar un carné cadu­cado. Podría resultarnos muy perjudicial.

Pues bien. Jesús, al abandonar su hogar y salir a su vida pública, quiso proveerse de todos los documentos de identidad necesarios. Se los proporcionaron a las orillas del Jordán, en primer lugar Juan. Y después, en su bautismo, el Padre y el Espíritu. Pero a mí me gustaría que, al hilo de aquel singular bautismo, reflexio­náramos sobre el nuestro. Porque, salva­das las infinitas distancias, en ese bau­tismo quedó marcada nuestra identidad de una manera paralela. "He ahí el cor­dero de Dios que quita el pecado del mundo". Lo dijo Juan. Está claro que Jesús no tenía pecado. Pero para eso jus­tamente vino: para que nadie tuviera pecado. Con ese fin nació, murió y resu­citó. Gracias a ese precio, como decíamos en el viejo catecismo, "por el bautismo que borra el pecado original y cualquier otro pecado que hubiere en el que se bau­tiza". Un bautizado es, por lo tanto, un purificado, que ha de luchar contra todo pecado: el suyo y el de las estructuras del mundo. Cuando Job repetía que "la vida del hombre sobre la tierra es milicia" nos estaba anunciando eso: que cada uno ha de emplear materiales nobles y sin fraude en el edificio de su propio yo y en la cons­trucción de la ciudad secular. El bautismo nos obliga, como a Jesús, a quitar el pecado del mundo. A eso se refería Pablo: "Nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso, sino contra los principa­dos, autoridades y poderes que dominan este mundo de tinieblas, contra las fuer­zas sobrehumanas y supremas del mal". "Cuando venga el que es más que yo, El les bautizará con el Espíritu Santo". Y mientras contemplamos la escena debe­mos pensar que sobre nosotros también lo hizo. El bautismo, amigos, es el inicio de nuestra vocación cristiana. Desde ese día podemos decir: "El Espíritu está sobre mí". Y ese Espíritu, aparte de sus impul­sos inenarrables, ha seguido en nosotros, por los sacramentos, haciendo una tarea profunda, constante y progresiva. En la confirmación acrecentó nuestra valentía para que pudiéramos testimoniar nuestra fe. Como somos criaturas frágiles, por la penitencia vuelve a reconciliarnos con Dios. Y ya ven cómo, en la eucaristía, poniendo sus manos sobre el pan y el vino, dice el sacerdote: "Te pedimos que santifiques estos dones con la efusión de tu Espíritu. Él lo mueve todo. Pone su firma y sello sobre nosotros y sobre nues­tras acciones. Para que, como el rey Midas, convirtamos en oro -obras sobre­naturales- cuanto toquemos.


Publicado por verdenaranja @ 9:40  | Espiritualidad
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