Domingo, 10 de enero de 2010

ZENIT publica el discurso que Benedicto XVI dirigió el jueves, 17 de Diciembre de 2009,  a los nuevos embajadores de Dinamarca, Uganda, Sudán, Kenia, Kazajstán, Bangladesh, Finlandia y Letonia, con ocasión del intercambio de las Cartas credenciales.


Señores Embajadores:

Me complace recibiros esta mañana en el Palacio Apostólico. Habéis venido para presentarme las Cartas que os acreditan como Embajadores extraordinarios y plenipotenciarios de vuestros respectivos países: Dinamarca, Uganda, Sudán, Kenia, Kazajstán, Bangladesh, Finlandia y Letonia. Sed bienvenidos y tened la bondad de presentar mis saludos cordiales a vuestros Jefes de Estado en agradecimiento por las amables palabras que habéis tenido la amabilidad de transmitirme de su parte. Expreso votos deferentes para vuestra Noble Misión al servicio de vuestro país. Querría igualmente, a través vuestro, saludar a las Autoridades civiles y religiosas de vuestras naciones, así como a todos vuestros compatriotas. Tened la bondad de asegurarles mis oraciones. Mis pensamientos se unen también, naturalmente, a las comunidades católicas presentes en vuestros países. Sabéis que ellas desean asociarse fraternalmente a la edificación nacional a la que contribuyen con sus máximas posibilidades.

En mi última Encíclica, “Caritas in veritate”, he evocado la restauración necesaria de una justa relación entre el hombre y la creación en la que vive y trabaja. La creación es el don precioso que en Su bondad Dios ha hecho a las personas. Ellas son los administradoras y deben entonces sacar todas las consecuencias de esta responsabilidad. Las personas no pueden eximirse de ella ni postergarla sobre las generaciones venideras. Es evidente que esta responsabilidad medioambiental no puede oponerse a la urgencia de acabar con los escándalos de la miseria y del hambre. Ya no es posible, al contrario, disociar estas dos realidades porque la degradación continua del medio ambiente constituye una amenaza directa para la supervivencia del hombre y para su propio desarrollo; e incluso puede amenazar directamente la paz entre las personas y las poblaciones.

Tanto en el ámbito individual como en el político, es necesario ahora tomar compromisos más decididos y compartidos de manera más amplia en consideración de la creación. En este sentido, aliento vivamente a las Autoridades políticas de vuestros respectivos países, y del conjunto de las naciones, no sólo a reforzar su acción en favor de la salvaguarda del medio ambiente, sino también -ya que el problema sólo puede ser afrontado a nivel particular de cada país- a ser una fuerza de propuestas e incentivos, para lograr Acuerdos internacionales vinculantes que sean útiles y justos para todos.

Los desafíos con los que la humanidad se encuentra hoy en día confrontada llaman ciertamente a una movilización de las inteligencias y de la creatividad de la persona, una intensificación de la investigación aplicada más eficaz y más sana para una utilización de las energías y de los recursos disponibles. Estos esfuerzos no pueden dispensar de una conversión o de una transformación del modelo de desarrollo actual de nuestras sociedades. La Iglesia propone que esta modificación profunda que está por descubrir y por vivir, sea orientada por la noción de desarrollo integral de la persona humana. En efecto, el bien del hombre no reside en un consumo cada vez más desenfrenado ni en la acumulación ilimitada de bienes -consumo y acumulación que están reservados a un pequeño número y propuestos como modelos a la masa-. En este sentido, equivale no sólo a las diversas religiones destacar y defender la primacía de la persona y del espíritu, sino igualmente al Estado. Éste tiene el deber de hacerlo, principalmente a través de una política ambiciosa que favorezca a todos los ciudadanos -por igual- el acceso a los bienes del espíritu. En efecto, que valore la riqueza de las relaciones sociales y anime a la persona a proseguir su búsqueda espiritual.

La primavera pasada, durante mi viaje apostólico por diferentes países de Oriente Medio, propuse en diversas ocasiones considerar las religiones, en general, como “nuevo punto de partida” para la paz. Es verdad que en la historia las religiones han sido a menudo un factor de conflicto. Pero también es cierto que las religiones vividas según su esencia profunda eran y son una fuerza de reconciliación y de paz. En este momento histórico las religiones deben también, a través del diálogo franco y sincero, buscar el camino de la purificación para corresponder cada vez más a su verdadera vocación.

Nuestra humanidad desea la paz y, si es posible, la paz universal. Tiene que alcanzarse sin utopía y sin manipulaciones. Todos sabemos que la paz necesita condiciones políticas y económicas, culturales y espirituales para establecerse. La coexistencia pacífica de las diferentes tradiciones religiosas en el seno de cada nación es a veces difícil. Más que un problema político, esta coexistencia es también un problema que se coloca en su interior. Todo creyente está llamado a preguntar a Dios sobre Su voluntad a propósito de toda situación humana.

Reconociendo a Dios como el único creador del hombre -de todo hombre, sea cual sea su confesión religiosa, su condición social o sus opiniones políticas- cada uno respetará al otro en su unicidad y en su diferencia. No hay ante Dios ninguna categoría o jerarquía de persona, inferior o superior, dominante o protegido. No hay para Él más que la persona que ha creado por amor y que quiere ver vivir, en familia y en sociedad, en una armonía fraternal. El descubrimiento del sabio proyecto de Dios sobre la persona la lleva a reconocer Su amor. Para la persona de fe o la persona de buena voluntad, la resolución de los conflictos humanos, como la delicada convivencia de las diferentes religiones, puede transformarse en una coexistencia humana en un orden lleno de bondad y de sabiduría que tiene su origen y su dinamismo en Dios. Esta coexistencia en el respeto a la naturaleza de las cosas y a la sabiduría inherente que viene de Dios -la tranquillitas ordinis- se llama paz. El diálogo interreligioso aporta su contribución específica a esta lenta génesis que desafía los intereses humanos inmediatos, políticos y económicos. A veces es difícil para el mundo político y económico dar a la persona el primer lugar; en él es todavía más delicado considerar y admitir la importancia y la necesidad de lo religioso, y garantizar a la religión su verdadera naturaleza y lugar en su faceta pública. La paz, tan deseada, no se alzará más que de la acción conjunta del individuo, que descubre su verdadera naturaleza en Dios, y de dirigentes de las sociedades civiles y religiosas que -en el respeto a la dignidad y a la fe de cada uno- sepan reconocer y dar a la religión su noble y auténtica función de cumplimiento y de perfeccionamiento de la persona humana. Es de una recomposición global, tanto temporal como espiritual, la que permitirá un nuevo punto de partida hacia la paz que Dios quiere universal.

Señores Embajadores, vuestra misión ante la Santa Sede acaba de empezar. Con mis colaboradores, encontraréis el apoyo necesario para su buen cumplimiento. De nuevo, os dirijo mis deseos más cordiales para el excelente éxito de vuestra función tan delicada. ¡Que el Todopoderoso os sostenga y os acompañe, a vosotros, vuestras familias, vuestros colaboradores y todos vuestros compatriotas! ¡Que Dios os llene con la abundancia de sus bendiciones!

[Traducción del original francés por Patricia Navas
© Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 22:40  | Habla el Papa
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