Domingo, 17 de enero de 2010

Mensaje de monseñor Luis Armando Collazuol, obispo de Concordia, para la Navidad 2009. (AICA) 

En Navidad nos visita Jesús 

En Navidad nos visita Jesús, y llega para quedarse. Dios viene a nuestro encuentro hecho niño en el seno de María.

Es María, la Virgen Madre, quien peregrina hacia nosotros junto a José, su esposo, para ofrecernos a Jesús, que nace como Salvador. Ella también se ofrece al Padre como colaboradora de la misión de su divino Hijo.

Los Evangelios nos recuerdan dos peregrinaciones de María durante su embarazo, en ambos casos desde Nazaret a poblaciones de Judá, cercanas a Jerusalén, para lo cual debió caminar unos 160 km, es decir, varios días de fatigosa marcha.

En la primera se dirige a Aim Karim. Allí va para servir a su pariente Isabel, que lleva en su seno a Juan, quien preparará los caminos y los corazones para recibir a Jesús. Cuando llega es recibida con gozo sobrenatural por Isabel, y el salto de alegría del niño en su vientre es un signo profético mediante el cual se preanuncia el advenimiento del Salvador. Donde entra María, entra Jesús, y donde Jesús es recibido, llega la Gracia salvadora de Dios.

En la otra peregrinación, unos meses más tarde y cuando está pronta a dar a luz, se dirige con José a Belén, para cumplir el mandato del emperador de empadronarse en su lugar de origen. Llaman a diversas puertas, las cuales se cierran. No hay lugar para María y José, no puede entrar y nacer Jesús.

En un caso las puertas se abrieron y con Jesús entró la alegría; en otro se cerraron y continuaron las tinieblas.

Cada Navidad es una nueva peregrinación de María y José. Ahora vienen a nosotros trayéndonos a Jesús. Con ellos llega el Hijo del Altísimo, el Salvador glorioso, el Señor, ofreciéndonos Vida nueva. Y no sólo en Navidad, sino cada día. La visita es regalo de gracia y pide la respuesta de la fe.

Recibir a Jesús no es aceptar una gran idea, una doctrina, una simple creencia, saber que Dios existe y que Jesús nació. Cualquier persona, aún no creyente, con la búsqueda de su razón, puede reconocer la existencia de Dios manifestada por su obra creadora, y puede saber del nacimiento histórico de Jesús, del cual hablan no sólo los Evangelios sino también historiadores no cristianos de los primeros siglos. Esto no es todavía la fe que salva, la cual es encuentro con el Salvador.

Recibir a Jesús no es simplemente procurar ser una buena persona: “Yo no hago mal a nadie”. La búsqueda de lo bueno con la rectitud de intención es deber de todos, es algo debido a nuestra condición humana. El encuentro con Jesús no es el simple cumplimiento de la ley natural de hacer el bien.

Recibir a Jesús no es sólo esperar milagros que sanen el cuerpo o los afectos en la vida que pasa. Él viene para que tengamos “Vida en abundancia”, la Vida de Dios en nosotros, Vida eterna.

La vida cristiana, aunque se debe manifestar en una conducta exterior, tiene su lugar primero en el interior del hombre. Por ello Jesús viene ofreciendo perdón y gracia, no sólo una doctrina o una ley nueva.

El lugar que el Señor busca es nuestro corazón, y si no está preparado para este encuentro no transformará nuestra vida. Quedaremos como espectadores de un acontecimiento histórico, conoceremos una buena doctrina, pero estaremos ajenos a esa Vida nueva que nos regala, a lo profundo de su mensaje; no comprenderemos ni llegaremos a gustar la belleza ni la alegría de ser cristianos.

El ser cristiano procede de un encuentro con Jesús que viene, una gracia, un don que se nos comunica, es algo interior, es Vida, y requiere, en primer lugar, una actitud de acogida en la fe.

Navidad nos invita a preparar nuestra mirada de fe para descubrir a María y a José que vienen a nuestro encuentro para entregarnos a Jesús. O estaremos cerrando la puerta a su llegada como el posadero de Belén.

Sé que hablo un leguaje extraño para muchos en la celebración de la Navidad (quizás con un Papá Nöel generoso). Pero es el lenguaje con que nos habla Dios. Y lo comprenden los humildes, los sencillos, los que quizás recibirán la Navidad en situación de mucho dolor (enfermedad, pérdida reciente de un ser querido, soledad, fuera de su casa por la inundación...), pero que abren las puertas de su corazón al Salvador y de Él recibirán Vida verdadera.

Navidad nos invita también a un corazón solidario hacia quien sufre cerca nuestro, viendo en él un hermano en quien podemos descubrir el rostro de Jesús que nos pide amor. El amor fraterno es la expresión de la Vida en Dios.

Si recibimos a María como lo hizo Isabel en Aim Karim, si lo reconocemos como los pastores en Belén, Jesús llegará trayéndonos el gozo de Dios. Se cumplirá también para nosotros la bienaventuranza de María: “Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor”. 

Mons.  Luis Armando Collazuol, obispo de Concordia 


Publicado por verdenaranja @ 21:05  | Hablan los obispos
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