Domingo, 17 de enero de 2010

ZENIT nos ofrece el discurso que el Papa Benedicto XVI pronunció el sábado, 19 de Diciembre de 2009, por la mañana, en una audiencia concedida a los miembros de la Congregación para las Causas de los Santos, en el 40 aniversario de su constitución, y que fue publicado por L'Osservatore Romano en su edición del 20 de diciembre.

1. ¡Queridos hermanos y hermanas, deseo expresaros a todos la alegría de encontraros!

Saludo con viva cordialidad a los señores cardenales, los arzobispos y los obispos presentes. Dirijo un pensamiento particular al Prefecto del Dicasterio, el arzobispo Angelo Amato, y le agradezco por las gentiles y afectuosas palabras que, en nombre de todos, ha querido dirigirme. Con él saludo al secretario de la Congregación, al subsecretario, a los sacerdotes, los religiosos, los consultores históricos y teológicos, los postuladores, los oficiales laicos y peritos médicos, con sus familiares, y a todos los colaboradores.

2. La circunstancia especial que os reúne en torno al Sucesor de Pedro es la celebración del 40 aniversario de la institución de la Congregación para las Causas de los Santos, que ha conferido una forma más orgánica a la acción de discernimiento que la Iglesia, desde sus orígenes, ha llevado a cabo para reconocer la santidad de tantos hijos suyos. La creación de vuestro dicasterio fue preparada por las intervenciones de mis predecesores, especialmente Sixto V, Urbano VIII y Benedicto XV, y fue realizada en 1969 por el Siervo de Dios Pablo VI, gracias al cual se ha ido configurando un conjunto de experiencias, de contribuciones científicas, de normas procesales, en una síntesis inteligente y equilibrada, confluyendo en la erección de un nuevo dicasterio.

Me es bien conocida la actividad que, en estos cuarenta años, ha llevado a cabo la Congregación, con competencia, al servicio de la edificación del Pueblo de Dios, ofreciendo una significativa contribución a la obra de la evangelización. De hecho, cuando la Iglesia venera a un santo, anuncia la eficacia del Evangelio y descubre con alegría que la presencia de Cristo en el mundo, creída y adorada en la fe, es capaz de transfigurar la vida del hombre y producir frutos de salvación para toda la humanidad. Además, cada beatificación y canonización es, para los cristianos, un fuerte ánimo a vivir con intensidad y entusiasmo el seguimiento de Cristo, caminando hacia la plenitud de la existencia cristiana y la perfección de la caridad (cfr. Lumen gentium, 40). A la luz de tales frutos, se comprende la importancia del papel llevado a cabo por el Dicasterio de acompañar cada etapa de un acontecimiento de tan singular profundidad y belleza, documentando con fidelidad la manifestación de ese sensus fidelium que es un factor importante para el reconocimiento de la santidad.

3. Los santos, signo de esa radical novedad que el Hijo de Dios, con su encarnación, muerte y resurrección, ha insertado en la naturaleza humana, e insignes testigos de la fe, no son representantes del pasado, sino que constituyen el presente y el futuro de la Iglesia y de la sociedad. Éstos han realizado en plenitud esa caritas in veritate que es el sumo valor de la vida cristiana, y son como las caras de un prisma, sobre las cuales, con matices distintos, se refleja la única luz que es Cristo.

La vida de estas extraordinarias figuras de creyentes, pertenecientes a todas las Regiones de la tierra, presenta dos constantes significativas, que quisiera subrayar.

Ante todo, su relación con el Señor, también cuando recorre caminos tradicionales, nunca es cansada y repetitiva, sino que se expresa siempre con modalidades auténticas, vivas y originales, y brota de un diálogo con el Señor intenso y envolvente, que valora y enriquece también las formas exteriores.

Además, en la vida de estos hermanos nuestros resalta la continua búsqueda de la perfección evangélica, el rechazo de la mediocridad y la tensión hacia la pertenencia total a Cristo. “Seréis santos porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo”: es la exhortación, recogida en el libro del Levítico (19, 2), que Dios dirige a Moisés. Esta nos hace entender que la santidad es tender constantemente a lo más alto de la vida cristiana, conquista comprometida, búsqueda continua de la comunión con Dios, que hace al creyente empeñado en “corresponder” con la máxima generosidad posible al designio de amor que el Padre tiene sobre él y sobre toda la humanidad.

4. Las principales etapas del reconocimiento de la santidad por parte de la Iglesia, es decir, la beatificación y la canonización, están unidas entre sí por un vínculo de gran coherencia. A estas se añaden, como fase preparatoria indispensable, la declaración de la heroicidad de las virtudes o del martirio de un Siervo de Dios y la constatación de algún don extraordinario, el milagro, que el Señor concede por intercesión de un fiel Siervo suyo.

¡Cuánta sabiduría pedagógica se manifiesta en este itinerario! En un primer momento, el Pueblo de Dios es invitado a mirar a esos hermanos que, tras un primer discernimiento cuidadoso, son propuestos como modelos de vida cristiana; por tanto, es exhortado a dirigirles un culto de veneración y de invocación circunscrito al ámbito de las Iglesias locales o de las Ordenes religiosas; finalmente, es llamado a exultar con toda la comunidad de los creyentes por la certeza de que, gracias a la solemne proclamación pontificia, un hijo o hija suyo ha alcanzado la gloria de Dios, donde participa en la perenne intercesión de Cristo en favor de los hermanos (cfr. Hb 7, 25).

En este camino la Iglesia acoge con alegría y estupor los milagros que Dios, en su infinita bondad, gratuitamente le da, para confirmar la predicación evangélica (cfr. Mc 16, 20). Acoge, también, el testimonio de los mártires como la forma más límpida e intensa de configuración a Cristo.

Esta manifestación progresiva de la santidad en los creyentes corresponde al estilo elegido por Dios al revelarse a los hombres y, al mismo tiempo, es parte del camino con el que el Pueblo de Dios crece en la fe y en el conocimiento de la Verdad.

El acercamiento gradual a la “plenitud de la luz” surge de modo singular en el paso de la beatificación a la canonización. En este recorrido, de hecho, se realizan acontecimientos de gran vitalidad religiosa y cultural, en los cuales la invocación litúrgica, la devoción popular, la imitación de las virtudes, el estudio histórico y teológico, la atención a los “signos de lo alto” se entrecruzan y se enriquecen recíprocamente. En esta circunstancia se realiza una modalidad particular de la promesa de Jesús a los discípulos de todos los tiempos: “El Espíritu de la verdad os guiará hacia la verdad plena” (cfr. Jn 16, 13). El testimonio de los santos, de hecho, pone en claro y da a conocer aspectos siempre nuevos del Mensaje evangélico.

Como ha sido bien subrayado por las palabras del Excelentísimo Prefecto, en el itinerario para el reconocimiento de la santidad surge una riqueza espiritual y pastoral que implica a toda la comunidad cristiana. La santidad, es decir, la transfiguración de las personas y de las realidades humanas a imagen de Cristo resucitado, representa el fin último del plan de salvación divina, como recuerda el apóstol Pablo: “Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1 Ts 4, 3).

5. Queridos hermanos y hermanas, la solemnidad de la Navidad, a la que nos estamos preparando, hace resplandecer con luz plena la dignidad de cada hombre, llamado a ser hijo de Dios. En la experiencia d ellos santos, esta dignidad se realiza en la concreción de las circunstancias históricas, de los temperamentos personales, de las elecciones libres y responsables, de los carismas sobrenaturales.

Confortados por tan gran número de testigos, apretemos también nosotros el paso hacia el Señor que viene, elevando la espléndida invocación con la que culmina el himno del Te Deum: “Aeterna fac cum sanctis tuis in gloria numerari”; en tu venida gloriosa, acógenos, oh Verbo Encarnado, en la asamblea de tus santos.

Con estos deseos, de buen grado expreso a cada uno de vosotros mis fervientes augurios por las inminentes fiestas de Navidad e imparto con afecto la Bendición Apostólica.

[Traducción del italiano por Inma Álvarez]


Publicado por verdenaranja @ 21:22  | Habla el Papa
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios