Viernes, 22 de enero de 2010

Mensaje de monseñor Carlos Humberto Malfa, obispo de Chascomús para la Navidad 2009. (AICA)


MENSAJE DE NAVIDAD 

“Del Verbo divino la Virgen preñada
viene de camino si le dais posada”
San Juan de la Cruz

 

Queridos hermanos y hermanas:

El siempre antiguo y siempre nuevo misterio de la Natividad pone ante nuestros  ojos una lógica totalmente nueva; lógica que siembra en nuestros corazones y nuestras entrañas esa extraña inquietud que despierta la admirable noticia de este día: ¡Dios se ha hecho hombre! ¡El rico se hace pobre! ¡El sabio se hace ignorante! ¡El todopoderoso se hace débil! ¡El glorioso que habita en el cielo se deja contener en la humildad de un pesebre! ¡Qué admirable intercambio entre el cielo y la tierra! Una Virgen da a luz a Aquel que los cielos no han podido contener: ¡qué escandalosa noticia para los hombres! El Evangelista Juan expresa poéticamente la belleza de esta realidad al decir: “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (1, 14). El Apóstol Pablo afirmará con claridad: “se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres” (Fil 2, 7).

Esta verdad que resonó por primera vez en la noche de Belén, vuelve a resonar hoy. Esta gran noticia no nos puede dejar indiferentes, en ella encontramos la respuesta de Dios a todos los deseos de plenitud que inundan nuestro corazón. Cuánta dificultad encontramos para orientar nuestra vida, el profeta Jeremías se hace eco de esta experiencia: "Nada más tortuoso que el corazón, ¿quién lo entenderá? Yo, el Señor, penetro el corazón, sondeo las entrañas" (Jr 17, 9-10). Realmente ¡somos un misterio aún para nosotros mismos! Pero en medio de la noche del sentido surgió una Luz ¡Dios se ha hecho hombre! El concilio Vaticano II ha dicho que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”(G.S. 22). Contemplemos al recién nacido, bajo el esplendor de su luz se irá esclareciendo en nuestra vida el proyecto amoroso del Padre, el único camino que puede colmar de plenitud y dicha nuestros corazones.

La Encarnación de Dios es esa nueva lógica que recapitula al hombre en su ser y su obrar, ella se nos propone como modelo de todo accionar humano: el poder es transfigurado por el servicio; la riqueza es desbordada por la pobreza; Dios es contenido por una joven virgen. De este modelo de existencia brota el ser del cristiano, que no puede pensarse ya al margen de la lógica de la Encarnación. Sólo es cristiano aquel que “cabe” en la medida de este admirable intercambio. Quizás la siempre antigua y siempre nueva invitación de las obras de misericordia nos recuerde este misterio:

el que tiene de comer, alimente al que sufre hambre;
el que tiene de beber, comparta con el sediento;
el que tiene hogar y casa, albergue a quien no tiene techo;
el que tiene compañía y amor, visite a los presos y solitarios;
el que goza de buena salud, atienda a quienes se han enfermado;
el que tiene con qué vestirse, comparta su ropa con los desnudos;
el que sabe, enseñe a quien no sabe;
el que acierta, oriente a quien se equivoca;
el que tiene alegría, irrádiela a los desesperados;
el que se sienta feliz, rece por los que no encuentran sentido.

Sólo de este modo, escandaloso para los superficiales y egoístas criterios del mundo, estaremos seguros de vivir en la entraña del cristianismo. Toda otra enseñanza empalidece ante este admirable intercambio que los hombres estamos llamados a vivir en la media que fue asumido en primer lugar por el Señor del cielo y de la tierra. ¿Cuándo aprenderemos que el poder no es para quedarse solitario en una cima de esplendor sino para inclinarse a servir a los débiles? ¿Cuándo comprenderemos que el dinero que no se comparte nos va encerrando en la estrechez de un corazón mezquino e individualista? ¿Cuándo asumiremos que si hasta la vida nos es regalada, todo lo que somos y tenemos es para regalarlo a manos llenas a los que “no son” ni tienen? Si Dios, que es Señor y Maestro, ya ha hecho este intercambio naciendo entre nosotros, hagámoslo también nosotros para llegar a ser como él (cf. Jn 13, 13-15; Ireneo de Lyon, Adversus haereses III, 19, 1=PG 7, 939s; III 18, 7=PG 937; IV 33, 4=PG 1074; V prólogo=PG 1120).

Este intercambio es un mensaje de alegría, porque viene a poner en su lugar los deseos del hombre desmedidos y desmadrados, salidos de cauce a causa del pecado. Es la alegría que impregna la celebración eucarística de este día y que es rescatada, de modo especial, por la liturgia de la palabra: “Tú has multiplicado la alegría, has acrecentado el gozo y ellos se regocijan en tu presencia” (Is 9, 2, de la 1º lectura de la Misa de la Noche); Es la alegría de la Buena Noticia que nos trasmite el texto evangélico de la Navidad: “el Ángel les dijo (…) les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo” (Lc 2, 10, de la Misa de la Noche). Una alegría que, porque brota de Dios, puede plenificar el corazón, las acciones y los pensamientos de los hombres. Alegría de vivir en nosotros la vida de un Dios que ha querido vivir nuestra vida.

“Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño” (Lc. 2, 17) Con estas palabras, el evangelista Lucas, describe el recorrido de fe de los pastores de Belén. El itinerario comienza de rodillas frente al misterio del Niño Dios y  termina en el anuncio a todos de lo visto y oído. El admirable intercambio, suscita en ellos el impulso evangelizador. Se hacen portadores de la Buena Nueva: Dios se ha hecho hombre para que todo lo humano esté impregnado por la presencia de Dios. Nosotros también, movidos por la contemplación del Hijo de Dios y el Hijo de María, podemos y debemos asumir un compromiso efectivo para extender la lógica de la encarnación a todas las realidades temporales, especialmente a los márgenes de nuestro pueblo, de nuestra civilización, de nuestra cultura donde tantos hermanos nuestros esperan ser alcanzados por el amor de Dios que devuelve la dignidad y propicia la inclusión. La marginación y la pobreza; la desesperanza y  la soledad;  la ignorancia, el abandono y  la muerte; las búsquedas frustradas de plenitud y la incredulidad: esos son los pesebres donde el Señor nos espera y adonde, guiados por los ángeles, debemos dirigirnos.

San Juan de la Cruz, en esa admirable copla con la que he querido abrir este mensaje, lo dice bien: la Virgen trae en su preñez al Verbo de Dios: pero el Verbo sólo puede quedarse con nosotros si le damos posada: las obras de misericordia son esas posadas que se abren para acoger a los pequeños del reino, con ellos él se ha querido identificar, en ellos también quiso perpetuar su presencia. La caridad que se expresa en las obras de misericordia abre de par en par nuestra vida para recibir al Señor, porque cada cosa que hemos hecho  con el más pequeño de nuestros hermanos, lo hemos hecho al mismísimo Señor (cf. Mt. 25, 31-46).

“Vayamos a Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha anunciado (...) Los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido” (Lc 2, 15.17.20).

Dios se ha hecho hombre y se nos ha manifestado gratuitamente  en Belén. Y porque su amor se ha encontrado con nuestra libertad, y desde ahora ha comenzado a orientar nuestra vida y a llenar de plenitud nuestra existencia puedo desearles: ¡Feliz Navidad!  y bendecirlos de corazón en Cristo y María Santísima.

Mons. Carlos H. Malfa, obispo de Chascomús


Publicado por verdenaranja @ 22:08  | Hablan los obispos
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