S?bado, 30 de enero de 2010

Artículo de monseñor Carlos María Franzini, obispo de Rafaela, con motivo de la Solemnidad de la Natividad del Señor. (AICA)
(diciembre de 2009)



¿FELIZ NAVIDAD? 

Aproximándonos a la fiesta de Navidad solemos saludarnos con la expresión y el deseo de “feliz Navidad”, o el menos definido “felices fiestas”. Las tarjetas de salutación, la ornamentación de locales comerciales y de la vía pública también nos ponen en el clima festivo navideño.  La publicidad en sus distintas expresiones nos provoca y estimula a hacer fiesta consumiendo,  recogiendo -algo deformada- la práctica generosa del simpático  Papá Noel o Santa Klaus, que no es más que  el viejo San Nicolás, que ha llegado hasta nosotros desde los países nórdicos con una importante y decisiva escala previa en Estados Unidos de Norte América. Es cierto, todavía en el marco íntimo de muchos hogares y en algunos lugares públicos se realizan gestos y celebraciones que nos hablan de otra realidad para esta fiesta: niños que interpretan tradicionales y conmovedoras canciones populares; imágenes que aluden a un Niño frágil, a sencillos pastores, a un pesebre y a gente común, en medio de animales. Pero, debemos reconocerlo, la competencia los  va arrinconando poco a poco. Tanto que para muchos casi ni se los tiene en cuenta, baste para ello observar los motivos de la inmensa mayoría de las tarjetas navideñas.

Este ritual que se repite año tras año corre el riego de todo rito reiterado. A fuerza de repetido se va desconectando de su origen y de su sentido más profundo y así, casi sin advertirlo, le vamos cambiando su significado y –por tanto- su eficacia. Si la Navidad es sólo la fiesta de los simples saludos sociales, del gasto y del consumo, de la comida y la bebida abundantes, de los regalos y la pirotecnia, en realidad ha perdido toda su fuerza y su capacidad de hacernos auténticamente felices. Una noche de fiesta, aunque sea en lujosos salones o con manjares exquisitos, no puede darnos una felicidad duradera. El regalo más costoso o la experiencia  más extravagante también son fugaces. El 26 de diciembre todo seguirá igual…

La institución familiar que está en crisis, la sociedad crispada, la seguridad ciudadana cada día más amenazada, las instituciones de la República vulneradas en sus distintos niveles, el evidente deterioro económico que afecta sobre todo a los más pobres, el medio ambiente que acusa un destrato manifiesto y una creciente pérdida del rumbo en la escala de los valores que nos han dado identidad como pueblo…  Todo esto, y mucho más, seguirán lastimándonos después de Navidad.

¿Será entonces inútil desearnos feliz Navidad? ¿Seremos ingenuos o alienados si lo hacemos? ¿Seremos felices por un imperativo voluntarista expresado en este deseo? ¿Seremos hipócritas al augurarnos felicidad?

Me parece que la mejor respuesta a estas preguntas pasa por volver a las fuentes. No descarguemos nuestro enojo en  el buen Nicolás o Papá Noel. Él, con su carro lleno de regalos, no es un precursor del consumismo contemporáneo. Más bien nos lleva al origen de la alegría navideña y nos hace recordar que el Niño del pesebre es el Gran Regalo  que Dios nos ha hecho hace dos mil años y nos sigue regalando día a día, si sabemos descubrirlo. La Navidad pierde toda su posibilidad de hacernos felices si se la vacía de este Niño pobre y frágil que tiene la capacidad de darnos la verdadera alegría y de fundar una auténtica esperanza.

Para volver a las fuentes necesitamos entrar en la “lógica del pesebre”.  Aquella noche, hacen ya más de dos mil años, sólo pudieron acoger la buena noticia unos sencillos pastores.  El nacimiento pasó inadvertido para muchos. Para los “ricos y famosos”  no sucedió nada de extraordinario. Tan preocupados estaban de comprar regalos, de comer y brindar, de reventar cohetes y encender bengalas que no advirtieron que algo nuevo estaba sucediendo.

Entrar en la lógica del pesebre es volver a descubrir la belleza y la eficacia del encuentro familiar sereno y  sosegado, hecho de diálogo, respeto y servicio. Es descubrir que, a pesar de tantas amenazas, la familia formada por mamá, papá y sus  hijos; los abuelos y los nietos, los tíos y los primos, es fuente de alegría verdadera, maduración progresiva, identidad lograda. No en vano, según indican estadísticas serias, la familia sigue siendo el primer lugar de referencia para la inmensa mayoría de los argentinos.

La lógica del pesebre nos enseña a recomponer vínculos sociales desde el servicio concreto y perseverante, desde el perdón y el reencuentro; pequeños gestos capaces de ir gestando la amistad cívica y un entramado social donde nadie quede excluido, porque se privilegia el bien común, por encima de intereses particulares. Esta lógica nos regala la capacidad de recuperar el valor de la palabra empeñada,  de la responsabilidad cumplida, de la conciencia limpia y del trabajo honrado. Y todo esto más allá de los reconocimientos y las recompensas. 

Sin duda, los graves y persistentes problemas que nos  preocupan seguirán existiendo. Pero cada uno tiene a su alcance la capacidad de responder desde su pequeño o gran ámbito de responsabilidad. Esa respuesta que sólo yo puedo dar será entonces gesto profético y germen de una realidad nueva, que en realidad ya ha comenzado hace más de dos mil años de la mano de un Niño frágil y pobre que hizo cantar a quienes anunciaban su nacimiento: “¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres amados por Él…!” (Lc 2,14)

Si no perdemos de vista la sencillez y austeridad del pesebre podemos celebrar, hacernos regalos y decirnos ¡feliz Navidad¡ Este saludo y deseo serán expresión del compromiso que cada uno asume de hacer realidad entre nosotros lo que el Niño ha venido a regalarnos. 

Mons. Carlos María Franzini, obispo de Rafaela


Publicado por verdenaranja @ 22:45  | Hablan los obispos
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