S?bado, 30 de enero de 2010

Homilía de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario en la Fiesta de la Sagrada Familia. (AICA)
(26 de diciembre de 2009)


SAGRADA FAMILIA
 

Queridos hermanos:

celebramos la fiesta de la Sagrada Familia; tan cercana a la Navidad, que me permite una vez más saludarlos, especialmente a todas las familias, a quienes están en la Iglesia Catedral, y todos los que nos siguen por la televisión, especialmente en los geriátricos y hospitales.

La Navidad entre nosotros es  también una fiesta de la familia.

Esta fiesta dedicada a la familia tiene un estrecho vínculo con la Navidad, y al mismo tiempo nos ayuda a ahondar en su  significado. El hecho de que consideremos tan importante reunirnos en familia,  compartir la cena, intercambiarnos saludos, pone de relieve  el hondo aprecio entre quienes forman una familia, que en estos días se pone especialmente más de manifiesto. En realidad, podemos decir que la Navidad entre nosotros es  también una fiesta de la familia.

“Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres” (Lucas 2, 52). Estas palabras del Evangelio de San Lucas, que acabamos de leer, nos muestran que el niño Jesús que acaba de nacer en Belén, y que contemplamos durante estos días en el pesebre, junto a María y a  José; ha ido creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia.

La liturgia de hoy, se detiene a presentarnos de esta manera a la Sagrada Familia de Nazaret, con una imagen que es, como una continuación en el tiempo de lo sucedido después del nacimiento de Jesús. Él creció con sus padres  en Nazaret, y como nos dice el Evangelio que leímos, Jesús  “vivía sujeto a ellos” (Lucas 2, 41 – 52).

La unión de un hombre y de una mujer en la alianza del matrimonio ha podido ser asumida por Dios como símbolo de la historia de la salvación.

Toda la revelación del plan de Dios “es ante todo expresión de una historia de amor, la historia de la alianza de Dios con los hombres”. Por este motivo podemos decir, que” la historia del amor y de la unión de un hombre y de una mujer en la alianza del matrimonio ha podido ser asumida por Dios como símbolo de la historia de la salvación" (Benedicto XVI, 6.VI.2005). De suyo, la familia es comunión de amor, que se origina en la unión de los esposos, del padre y de la madre,  y que se enriquece profundamente con la presencia de los hijos.

Asimismo, la celebración de la Navidad ilumina a cada familia, y nos permite valorar aún más su vocación natural, en cuanto cimentada en el matrimonio para siempre, llamada a vivir la fe, a permanecer unida en el amor  y  a tener proyectos en común, enriquecida por una verdadera esperanza.

Esta esperanza, es al mismo tiempo esperanza para nosotros y para los demás, en la medida que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos los unos a los otros como Él nos ordenó (cfr. 1Juan 3, 1 – 2, 21 – 24). La Sagrada Familia de Jesús, José y María es el verdadero modelo de este amor; y nos mueve a mirar también a nuestras familias en una perspectiva más amplia, como vínculo de perdón y de solidaridad.

Salvaguardar por medio de la familia las condiciones morales de una auténtica «ecología humana»

Queridos hermanos, tenemos una convicción: en la vida y en la sociedad necesitamos a las familias. Más aún, la familia es fundamental para considerar la importancia de ambiente humano, al que, siempre debemos prestar una especial atención. Así como necesitamos preocuparnos justamente, de preservar los espacios naturales de nuestro planeta, como  los ecosistemas, la fuente vital del agua, el calentamiento global y tantos otros aspectos, porque ofrecen su contribución al equilibrio general de la tierra; así también debemos salvaguardar por medio de la familia las condiciones morales de una auténtica «ecología humana» (cfr. Juan Pablo II, Centessimus annus, nº 39).

Dios no le ha dado al hombre y a  la mujer solamente  la tierra, y los demás bienes que tiene a su alcance; sino que el hombre también es un don de Dios para sí mismo y, por tanto, debe respetar la estructura natural y moral que le ha sido dada.

Por ello, podemos decir con Juan Pablo II, “La primera estructura fundamental a favor de la «ecología humana» es la familia”, ya que aquí es donde cada persona recibe  las primeras nociones sobre la verdad y el bien; aprende qué quiere decir amar y ser amado, y por consiguiente qué quiere decir en concreto ser una persona (cfr. ibídem).

Se entiende que hablamos de la familia fundada en el matrimonio, en el que el don recíproco por parte del hombre y de la mujer crea un ambiente en el cual el niño puede nacer y crecer, conocer y amar a su papá y a su mamá, y  hacerse consciente de su dignidad.

Esto exige amor y estabilidad por parte de los esposos. La propia vida y el llamado a la convivencia entre el varón y la mujer no son un conjunto de sensaciones pasajeras que solamente  hay que experimentar por un tiempo. Sino un profundo llamado al amor mutuo, y a  vincularse de manera estable  como marido y mujer, de quienes podrán  nacer los hijos.

El profundo valor de la vida y de la familia                           

Por esto, cuando tratamos temas que tocan el profundo valor de la vida humana y de la familia, fundada  en el matrimonio indisoluble entre el varón y la mujer ordenado a la vida; lo hacemos con convicción y pasión,  no solo para alcanzar el bien de la familia cristiana, sino también de la sociedad.

De este modo, nunca es intolerancia preocuparnos profundamente por leyes que van contra la vida,  a la que defendemos  contra  el aborto como una práctica injusta y gravísima violación; o si alteran el sentido del matrimonio, y queremos proteger  su raíz originaria, como la unión estable  del varón y de la mujer para toda la vida, y su relación a la procreación.

Esto mismo lo expresé oportunamente hace tiempo al matrimonio Presidente del Secretariado de la Familia, como a los movimientos e instituciones de la Junta arquidiocesana de Apostolado laico, y a las autoridades de la Universidad Católica; con el fin de  invitarlos a estudiar, a profundizar y hacer propia la defensa de la vida humana y del matrimonio, como una garantía para la vida en familia. Precisamente porque a ellos, y a ustedes como laicos, les corresponde colaborar en esta misión; a fin de clarificar que no se puede hablar de verdadero  matrimonio, si consideramos como tal  las uniones de hecho de parejas del mismo sexo, aunque se ofrezca la imagen de un matrimonio legal, o de una legítima convivencia matrimonial.

Dicha convivencia no tiene que ver con la familia verdadera centrada en el matrimonio, en la unión estable de un hombre y de una mujer.

Y les agregaba también: una equiparación jurídica de dichas uniones a los matrimonios o a las familias no corresponde porque se cambia la identidad de estos últimos y no se puede comparar con su realidad antropológica. Las uniones de hecho de parejas del mismo sexo, que buscan asemejarse al matrimonio no tienen las características propias del amor conyugal de un hombre y de una mujer, ni tampoco su carácter procreador que fundamentan la institución del matrimonio.

Gracias a todos los matrimonios y familias por participar de esta celebración, sabiendo que necesitamos a nuestras familias, santuarios de la vida,  y  que el futuro de la humanidad pasa por la familia. Gracias por enriquecer espiritualmente  la identidad y misión de la Iglesia doméstica, que es cada familia,   y que ocupa un puesto privilegiado en la vida de la familia diocesana de Rosario, particularmente en este Año jubilar arquidiocesano.

Con María y José adoremos al niño que nació en Belén,   que ilumine y bendiga a nuestra propia familia, y también a todas las  familias.

Mons. José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario


Publicado por verdenaranja @ 22:55  | Espiritualidad
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