Domingo, 31 de enero de 2010

Comentario al evangelio de domingo cuarto del Tiempo Ordinario, publicado en Diario de Avisos el domingo 31 de Enero de 2009 bajo el epígrafe DOMINGO CRISTIANO

El ídolo caído

Daniel Padilla

Así se titulaba aquel bello relato de Graham Green que luego fue lle­vado al cine. Era la historia de un niño inglés de clase media, al que le toca vivir mucho tiempo solitariamente, con la única compañía de su mayordomo y su mujer, la cocinera, ya que sus padres via­jaban constantemente. El niño siente una admiración ciega por ese mayordomo, el cual le cuenta historias vividas por él en épocas lejanas. Pero un día este niño sufre un tremendo choque emocional. No puede evitar el ver cómo el mayordomo mata a su mujer por el amor a una muchacha, mucho más joven que él. ¡El ídolo caído! Y pienso en otros títulos céle­bres -Más dura será la caída, El ocaso de los dioses- que nos han pintado justamente eso: el desmoronamiento fulminante que, tarde o temprano, les llega a ciertas figuras a las que, antes, habíamos encum­brado. Recientemente, todos hemos con­templado, con la desmembración de la URSS -incluso en escenas televisadas- o, más reciente áun, con la destrucción del régimen de Sadam, la caída de sus ído­los, el fin de sus símbolos. Gigantescas estatuas que se desmoronaban. Pues he aquí que también a Jesús le tocó vivir esa situación, tan propia por lo visto, de la condición humana. Primero, le admira­ron al máximo: "En la sinagoga todos expresaban su admiración", dice el evan­gelio de hoy. Pero, unas líneas más abajo, el mismo evangelista anota: "Todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, empu­jándolo fuera hasta un barranco, intenta­ban despeñarlo". Ya lo ven: el ídolo caído. Conviene reflexionar sobre este fenó­meno. De una u otra manera, a todos nos afecta. Porque en el vaivén de la vida pasamos de días de vino y rosas a la noche es negra, muy negra. Y conviene estu­diarlo en su doble dirección. De nosotros a nuestros prójimos. En nuestra primera infancia, nuestros padres, más tarde nuestros profesores, fueron nuestros pri­meros ídolos. Sólo veíamos en ellos virtu­des y una especie de capacidad casi omnipotente". Pero fueron pasando los años y descubrimos su verdadera talla. Enton­ces se convirtieron en ídolos caídos. Todo padre, tarde o temprano, siente esa sen­sación: su hijo, que le idolatró en los días de su infancia, lo ha ido abandonando poco a poco dejándolo en una nube de indiferencia. De nuestros prójimos a nos­otros. También nosotros, aunque parezca mentira, por muy menesterosos que nos sintamos, somos -o hemos sido- ídolos para alguien. Quizá sea nuestro carácter, o la habilidad que hemos demostrado en esto o aquello, lo cierto es que hemos podido causar admiración y afecto. Pero, estemos preparados, amigos. Porque, de la noche a la mañana suelen cambiar los vientos. Y las palmas se vuelven pitos. Y pasamos del aprecio al desprecio. Que lo cuenten los héroes del domingo -los deportistas- que tan pronto salen a hom­bros por la puerta grande, como por la puerta pequeña, custodiados por la poli­cía. Pasamos de la niñez a la ancianidad. Del rosa al amarillo. ¿Vieron la película de Summers así titulada? Pues, véanla. ¡Cuánto jolgorio y arrumaco junto al niño recién nacido! ¡Cuánta soledad y tristeza en la residencia del anciano!


Publicado por verdenaranja @ 9:41  | Espiritualidad
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios