Domingo, 31 de enero de 2010

Artículo de opinión de monseñor Eduardo Horacio García, obispo auxiliar de Buenos Aires, publicado en el Diario Crítica. (AICA)
(24 de noviembre de 2008)


Navidad: sin ñatas contra el vidrio 

¡Navidad!

¿Navidad?

Mientras paso sin escalas de la admiración a la pregunta, veo todo lo que la rodea desde las imágenes: coronas de muérdago, renos sobre la nieve cuando en esta parte del hemisferio hace un calor que raja el pavimento, Papá Noel abrigado y sudando la gota gorda con su risa ante no sabemos bien qué y la pregunta toma otra densidad. ¿Quién robó la Navidad? ¿En qué momento alguien se descuidó y cambiaron la escenografía? ¿Qué pasó que en el lugar de los protagonistas pusieron extras?

Sigo mirando y buscando detrás de las vidrieras algo de verdad, algo con sentido y no nieve de telgopor. Ya se largó la carrera: muchas familias –las que pueden– hacen esfuerzos para que nada –¿nada?– falte para celebrar el 24: comida y bebida a rabiar, no se puede estar solo, más regalos, saludamos con una alegría obligatoria, mandamos tarjetas reales y virtuales… ¿Queremos asegurarnos un espacio de cariño en medio de los tantos y agazapados miedos que nos acechan?

¿Quien robó la Navidad? ¿Estará secuestrada esperando que alguien descubra su ausencia y se anime a pagar el rescate? Qué difícil cuando de la Noche de Paz y de Amor nos queda resaca y acidez estomacal. No me resigno a no salir a buscarla como los pastores, como aquel pueblo que tenía tantos miedos como nosotros.

Tengamos bien clarito que para la Navidad Dios Padre no se anduvo con vueltas ni escatimó recursos: nos mandó a su Hijo. Y acá estamos. Mirando asombrados sus gestos, escuchando sus palabras, siguiendo su huella después de más de 2.000 años. Y, aunque no podemos “innovar” –porque aquella historia que nos atrapa cada diciembre es inalterable– podemos “evocar”. Oler los perfumes del aire de Belén.

Pisar esos suelos polvorientos. Imaginar los pies de María, hinchados y apurados, en un embarazo que ya bordea el nacimiento. Sentir los brazos de José, fuertes ante lo imposible. Y al elevar los ojos, ver un cielo de estrellas cómplices, que hacen juego con la luz del vientre de María.

Hoy, igual que hace dos mil tantos años, en la Tierra hay sombras de muerte, muchos flagelos camuflados. En ese ayer la dominación de los romanos y los impuestos que se llevaba el Imperio. El pueblo pobre se quedaba afuera mirando a Dios por la cerradura.

Hoy hay otras formas solapadas de totalitarismos que seducen dominando vidas y conciencias. Los impuestos a la vida han hipotecado la esperanza. Sigue el miedo. Miedo a lo que puede pasar, miedo a lo que le dejamos a los que vienen detrás nuestro, miedo a no ser queridos, miedo a estar solos, a no ser reconocidos, a que nuestra vida pase de largo y nadie se acuerde de que transcurrimos este tiempo, miedo al miedo. Y miramos pasar la oportunidad de la esperanza con la ñata contra el vidrio.

Miremos para atrás, pero bien atrás para animarnos a mirar adelante. La frase que resonó esa noche y despertó a los dormidos, sacudió a los quedados y empujó a los miedosos. ¡No teman! Ésas fueron las primeras palabras del Ángel a los que cuidaban el rebaño muy cerca del lugar donde nacía Jesús.

¡No teman! La Nochebuena es noche de paz porque Dios optó por un camino nuevo: acercarse y amarnos primero sin pedirnos cuentas.

A partir de Belén, ha llegado el Señor de la historia: Emmanuel, es decir, Dios-con-nosotros. Dios está en Jesús para nosotros, su ser es un ser para los hombres. Jesús pertenece a la historia de la humanidad, es totalmente Dios y es totalmente hombre, es totalmente nuestro y con esa misma totalidad se comprometió con la historia de su pueblo. Sin caretas ni vestido para la ocasión. Jesús no es una idea o doctrina, no es un mito o una leyenda. Es realidad histórica; liberando y haciendo historia.

Belén es hora de gracia de la humanidad. Jesús aparece en este mundo como un niño, con la sencillez y la sonrisa de un recién nacido, conquistando con delicadeza nuestro corazón.

Navidad, grito, llamada, invitación a tomar la iniciativa, como Él, desde la generosidad, la ternura y el perdón. Vayamos al encuentro del otro con la caricia y no sólo con la copa, rompiendo distancias y no sólo nueces, regalando alegría verdadera y no sólo electrodomésticos. Caminemos la vida, no una pasarela.

Qué paradójico, quizás con un poco menos hagamos mucho más. Y por favor: sin ñatas contra el vidrio.

Dejemos entrar en nuestro tiempo el soplo del viento sin sombras del Niño Santo. Y no simulemos asombro, como decía Nietzsche. Sintámonos seguros de que esta Navidad vamos a asombrarnos ante la caricia porque los cristianos no nos contentamos con un “optimismo navideño”. Vamos por más. Un más de esperanza que toca tu corazón con ternura y te ofrece redes ante los vacíos y las soledades. Una esperanza hecha de pesebre. Una esperanza que abraza nuestras fragilidades, las esquinas más esquivas del alma y que también nos impulsa porque va al rescate de lo mejor que hay en nosotros.

Monseñor Eduardo Horacio García, obispo auxiliar de Buenos Aires


Publicado por verdenaranja @ 21:05  | Hablan los obispos
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