Martes, 02 de febrero de 2010

El obispo emérito de la Diócesis de Tenerife Don Damián Iguacen Borau nos sorprende de nuevo con un artículo dedicado a la Virgen María, perteneciente a una serie de folletos en los que reflexiona sobre las diversas advocaciones de la Madre de Dios. Esta vez y en este año sacerdotal nos regala el escrito titulado “SANTA MARÍA, REINA Y MADRE DE LOS SACERDOTES” que lleva como portada un cuadro de la Escuela de Amiens de primera mitad del s. XV. París, Louvre “El sacerdocio de María”, ante el que el obispo nos invita a reflexionar y a orar.

(Colocamos unos extractos de la reflexión)
 

SANTA MARÍA, REINA Y MADRE DE LOS SACERDOTES

1. La imagen que contemplamos es, ciertamente, singular y un tanto extraña: la Virgen María con ornamentos sacerdotales. Pero no es un error ni una equivocación. Es una manera de expresar plásticamente el trascendental servicio de la Virgen María, Madre de Jesucristo sumo y eterno Sacerdote, en el plan divino de salvación universal. La Virgen María "fue en la Tierra la esclarecida Madre del Divino Redentor y, en forma singular, la generosa colaboradora y humilde esclava del Señor. Concibiendo a Cristo, engen­drándolo, alimentándolo, presentándolo en el templo al Padre, padeciendo con su Hijo, mientras El moría en la cruz, cooperó en forma del todo sin­gular, por la obediencia, la fe, la esperanza y la encendida caridad, en la restauración de la vida sobrenatural de las almas. Por tal motivo es Madre nuestra en el orden de la gracia".

No es sacerdote, ciertamente, ni pertenece al Colegio apostólico de los Doce, pero con toda razón es Reina de les Apóstoles y Reina y Madre de los sacerdotes. "Aceptando el mensaje divino se convirtió en Madre de Jesús y, al abrazar de todo corazón y sin impedimento de pecado alguno la voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente como Esclava del Señor a la persona y a la Obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención con El y bajo El, por la gracia de Dios omnipotente". "No fue un instrumento meramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres". ¡Qué sublime espíritu sacerdotal! ¡Qué maravilloso ejemplo, modelo y estímulo para los sacerdotes!

En la Virgen María la Iglesia ha llegado a la perfección: Madre de la Iglesia. Resplandece como modelo de todas las virtudes para toda la comunidad de elegidos. Con razón la iglesia mira a María, fija su mirada en la que engendró a Cristo, concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y nacido de ella, para que por la Iglesia Cristo nazca y crezca en las almas de los fieles. María es modelo, ejemplo, de ese "amor maternal" con el que es preciso estén animados todos los que en la misión apostólica de la Igle­sia cooperan en la "regeneración" de los hombres. Ahí están en un primer plano los sacerdotes. Notemos que el Concilio habla de "amor maternal", haciendo una clara alusión a la Virgen María. El sacerdote ha de tener un corazón de padre, de madre. Con toda razón exhorta el Concilio a sacerdotes y aspirantes al sacerdocio: "Amen y veneren con filial afecto y confianza a la Santísima Virgen María, a la que Cristo muriendo en la cruz les otorgó como Madre". No cabe duda de que el sacerdote será mejor sacerdote si todo lo hace con María, en María. "En" significa "dentro". Desde María, Madre de Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote.

Jesús en la cruz, viendo a su Madre y junto a ella al discípulo que tanto amaba, dice a su Madre: 'Mujer, ahí tienes a tu hijo'. Luego dice al discípulo: 'Ahí tienes a tu madre'. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa". Hagamos nosotros lo mismo. Nos llevemos a la Virgen María siempre con nosotros, la llevemos en nuestro corazón. En el corazón del sacerdote siempre han de estar Jesús y María, su Madre y Madre nuestra. No echemos a María de casa, ni en nuestra vida sacerdotal ni en nuestro apostolado, como si ella nos estorbara. Tampoco nos quedemos sólo con ella, sin Jesús, ella nunca están donde no está Jesús; ella siempre nos dice: "Haced lo que El os diga".

2. "Ahí tienes a tu Madre", nos dice Jesús. "Si la nueva maternidad dada a María en el Calvario es un don para todos los cristianos, adquiere un valor específico para los que han consagrado plenamente a Cristo su propia vida. Aquellas palabras de Jesús: "Ahí tienes a tu Madre", asumen una profundidad particular en la vida del consagrado a Cristo, en la vida del sacerdote de Cristo, que siempre actúa en su nombre. El sacerdote está llamado, como Juan, a llevar consigo a la Virgen María, amándola e imi­tándola con la radicalidad propia de su vocación".

La Virgen María, Madre singular de los sacerdotes, por eso mismo, es formadora, educadora eminente de nuestro sacerdocio, nos enseña a ser sacerdotes, quiere y sabe modelar el corazón del sacerdote, sabe, puede y quiere proteger a los sacerdotes en los peligros, cansancios y desánimos. Vela con solicitud maternal, amorosa, para que el sacerdote pueda "crecer en sabiduría, edad y gracia delante de Dios y de los hombres". A los que viven una vida semejante a la de Jesús los mira con una mirada especial, porque ve que se parecen a Jesús, su Hijo amado, sumo y eterno Sacerdote.

La Virgen María es modelo, estímulo y fuerza para nosotros. El sacer­dote está comprometido, consagrado a Dios, discípulo y seguidor de Jesu­cristo. Y la Virgen María es modelo sublime de consagración y seguimiento de Cristo. No está lejos del camino diario, del compromiso de transfor­mación, de transfiguración en Cristo de toda persona consagrada, de todo sacerdote, que ha de ser "otro Cristo". María es modelo de acogida de la Palabra y de la gracia de Dios. Es la "llena de gracia", "Vaso escogido", "Vaso honorable", que acoge sin desperdiciar todas las gracias que el Señor derramada en ella.

Es acogedora de la Palabra, de tal manera que "la Palabra se hizo carne en ella y acampó entre nosotros". Al consentir a la Palabra, al aco­gerla, permitió que Dios realizara en ella grandes maravillas. Soberano modelo y estímulo para el sacerdote, el hombre de la Palabra. Esto nos recuerda de modo especial a los sacerdotes la primacía que hemos de dar siempre a la Palabra de Dios, a la iniciativa de Dios. El ha de tener siempre la iniciativa en nuestra vida. Lo que El quiera, como El quiera, donde El quiera.

La Virgen María es modelo y maestra de seguimiento y de servicio, con dos importantes calificativos: seguimiento incondicional, y servicio asiduo. ¿Y qué es el sacerdote sino un discípulo y seguidor de Jesús y un servidor de los misterios de Dios a los hombres? Pero, no lo olvidemos: seguimiento incondicional, servicio asiduo. María es la primera discípula del Señor y la más adelantada. Ella es disponible siempre en la obediencia y siempre dispuesta, siempre a punto. Dice el Apóstol: "Que el Dios de la paz es ponga siempre a punto en todo bien, para cumplir la voluntad de Dios". Qué maravilla un sacerdote siempre a punto, como María la Virgen del "Sí", del "Hágase", del "Aquí estoy". Qué difícil nos es muchas veces estar disponibles en la obediencia y dispuestos a todo. La Virgen disponible en la obediencia es todo un reto en nuestros tiempos. El sacerdote fiel sabe recoger el reto valientemente.

Miremos a María. Ella acoge el designio de Dios. Ante la Palabra de Dios desmonta todos sus planes. No pide explicaciones. Da el salto a lo desconocido, apoyada únicamente en la Palabra de Dios. Acoge la Palabra y se pone en manos de Dios incondicionalmente, como instrumento vivo y consciente, para que el Señor por ella haga lo que sea de su voluntad. Qué maravillas puede hacer un sacerdote así disponible, así dispuesto.

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5. La Visitación es un misterio muy sacerdotal. La Virgen va de camino para comunicar la Buena Noticia de la Encarnación del Verbo, acampado ya entre nosotros. Es la primera evangelizadora, Estrella de la evangelización, Reina de los Apóstoles, Madre de los sacerdotes. No guarda para ella las obras grandes que ha hecho en ella el Señor. Es misionera: en su seno lleva la Salvación del mundo. Jesús se deja llevar por María. María portadora de Jesús, Sagrario viviente, Custodia viva, templo del Señor. Ella posee al Señor y lo lleva a los demás. Va presurosa, dice San Lucas. "El amor de Cristo me urge", dice San Pablo. Esta urgencia ha de estar en el corazón del sacerdote.

La Virgen va presurosa, porque lleva a Jesús dentro como motor, como impulsor, como un fuego. La prontitud en el servicio de Dios, la urgencia en el apostolado es signo de amor intenso, de un gran sentido de responsabilidad. El que ama no hace esperar; el que ama no retarda la solu­ción. La lentitud en la respuesta puede ser fatal, puede llegar tarde a solu­cionar un problema que a su tiempo tenía solución. "Correré en el camino de tus mandamientos cuando me ensanches el corazón". Si el sacerdote es un hombre de gran corazón, lleno de Dios, se apresura en el servicio de Dios a los hombres, hace todo antes, mejor. Los sacerdotes hemos recibido un encargo del Señor: "En la actividad no seáis descuidados en el espíritu manteneos ardientes, servid constantemente al Señor". Activos, ardientes, constantes. Hemos de ser "lámpara que arde y brilla". Hemos de llevar el "Nombre del Señor" como una "Lumbre", dice San Bernardo. Hemos de ser "luminosos", como el Santo Cura de Ars.

La Virgen en la Visitación es la Virgen de las Visitas. Va de visita, va a visitar. El sacerdote ha de hacer muchas visitas, ha de recibir muchas visitas. Tomemos conciencia de la importancia que tienen las visitas en la vida social, en la vida eclesial, en la vida comunitaria, en la evangelización. Hay que saber estar de visita. Hay que saber recibir bien las visitas. Ésta no es sólo una cuestión de educación y urbanidad, una cuestión de protocolo. Es un tema de primera categoría en la vida familiar, en el ejercicio de la caridad, en el apostolado. El bien y el mal que se puede hacer en una visita. La acogida tiene una gran importancia pastoral, aunque sólo sea una visita, de protocolo.Para un cristiano no hay visitas solo de protocolo, ni se trata solo de quedar bien. Son una oportunidad para dar testimonio de amor fra­terno. Hay muchos "alejados" por haber sido mal recibidos.

La Virgen de la Visitación es también la Virgen de los encuentros. Hemos de hacer visitas, de recibir visitas y nos hemos de encontrar con otros. Todos los días nos hemos de encontrar con Dios y con la gente. Nues­tros pecados vienen siempre de los desencuentros o malos encuentros, por nuestro alejamiento de Dios o del prójimo. Nada se resuelve alejándonos de Dios y alejándonos unos de otro: La solución es ir al encuentro.

Nuestros encuentros pueden ser neutros, negativos o positivos. Es neutro el encuentro que no influye para nada en uno o en el otro. Es nega­tivo el encuentro del que resulta un mal, un enfrentamiento, un choque, una enemistad, un pecado. Es positivo cuando de él resulta un bien, al menos para alguno de los que se encuentran. Qué maravilla el encuentro de María en la Visitación, en la Presentación, con Zacarías e Isabel, con el anciano Simeón y Ana la profetisa.

En todo encuentro, en toda visita de dos, nunca se encuentran sólo los dos; hay siempre un tercero, el Señor. En todo encuentro está presente el Señor. De todo encuentro tendría que salir robustecida la gloria de Dios y el bien de los que se encuentran. De todo encuentro tiene que robustecerse el amor fraterno. Desde luego no nos encontraremos con Dios si andamos dando rodeos para no encontramos con alguien que no queremos.

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Un servicio peculiar del sacerdote, que al mismo tiempo es expre­sión de su sincero amor al mundo, a todo hombre y mujer, sobre todo a los más necesitados, es "dedicarse sin reservas y sin mirar atrás, al anuncio de Jesucristo". "Haced esto en conmemoración mía", le ha dicho el Señor, y ahí está la Eucaristía como servicio peculiar del sacerdote. "Id por todo el mundo, anunciad el Evangelio", le ha encargado el Señor. El sacerdote no puede hacer otra cosa. No puede ser descuidado en estas actividades específicas suyas; en el espíritu ha de mantenerse ardiente, activo, cons­tante. Urgen sacerdotes así, sobre todo en estos tiempos tan propensos al derrotismo, a la mediocridad, a la tibieza, a la duda, a la inseguridad en la doctrina y en la exposición de la misma, al miedo, a la angustia. Es urgente el servicio de animación.

Desalentar, enfriar los ánimos, apagar el fuego de Dios, no es propio del sacerdote, del apóstol, que ha de tener una naturaleza de fuego. La falta de ardor en el sacerdote es un fenómeno quizás demasiado frecuente. Esta falta de ardor se manifiesta en la fatiga y la desilusión, en la acomodación al ambiente, en el ir con el tiempo, en contemporizar con todo lo de moda, en el desinterés y, sobre todo, en la falta de alegría y de esperanza. Esto que Pablo VI ya advertía, está todavía vigente.

Hoy se nos pide a los sacerdotes evangelizar con nuevo ardor. Ardor viene de arder. Hemos de ser lámparas que arden y brillan. Del Santo Cura de Ars se decía: No sé si este sacerdote es erudito, pero es luminoso. Desde luego, no se nos pide ser muy eruditos, sino prudentes, que es lo mismo que poseer la sabiduría de la vida.

7. La Virgen María es modelo sublime de entrega generosa, delica­deza y sensibilidad. En las bodas de Caná capta el problema y dice a Jesús: "No tienen vino". Y arranca el milagro. El sacerdote ha de ser servicial. María dijo: "He aquí la esclava del Señor". Y Jesús dijo: "Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve". El sacerdote, siervo de Jesucristo, ha de ser el "servidor de todos". Ha hecho de su vida un don total. Santa Gema le decía: "Madre mía, enséñame a ser como tú para agradar a Dios". Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. El sacerdote ha de ser sensible a las necesidades y situaciones difíciles de las gentes, sobre todo de los más desamparados.

El sacerdote, como el Buen Pastor, ha de buscar la oveja perdida, o mejor, a Jesús perdido en tantas inteligencias sin fe y en tantos corazones sin amor, en tantos alejados y perdidos. Los buscará mejor, si lo hace con aquel afecto maternal, no exento de angustia y dolor con que la Reina de los Apóstoles buscó a Jesús perdido hasta encontrarlo. Hermosa tarea la de buscar almas perdidas, cuerpos y almas, personas hambrientas de pan y de cariño.

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8. "Tanto amó Dios al mundo que le dio su unigénito Hijo", nos dice San Juan. Pues este mundo así amado "se confía hoy al amor y al minis­terio de los pastores de la Iglesia", dice el Vaticano II. Qué grande tiene que ser el celo y el amor de estos pastores. "Ama mucho a Nuestro Señor Jesucristo, y luego habla para que otros lo amen", dice San Juan de Ávila al P. Granada. Y a los sacerdotes les dice: "Padres, si los hijos son buenos dan un muy cuidadoso cuidado, y, si son malos, dan una tristeza muy triste, y así el corazón del padre no es sino un recelo continuo, una atalaya desde lo alto y una continua oración, encomendando al verdadero Padre la "salud de sus hijos, teniendo colgada la vida de él de la vida de ellos". Preciosa definición del celo sacerdotal: la vida del sacerdote colgada de la vida de los fieles.

Celo sacerdotal es amor hecho preocupación, anhelo, trabajo, inquie­tud, como de padre, como de madre, por sus hijos. El llamaba a los sacer­dotes "Padres". "Padres, esto es ser sacerdote: que amansen a Dios cuando estuviere enojado con su pueblo; que tengan experiencia de Dios, de que Dios oye sus oraciones; que tengan familiaridad con Dios y virtudes más que de hombres y pongan admiración a los que los vieren. Hombres celes­tiales, ángeles terrenales, y aún más, si pudiera ser, mejor que ellos, pues tienen oficio más alto que ellos".

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9. El sacerdote es "cara de la Iglesia", dice el Maestro Ávila con lenguaje bien expresivo. Ven un sacerdote y todos ven en él la Iglesia, y muchos juzgan a la Iglesia por lo que ven en el sacerdote. Dicen que la cara es el espejo del alma y en la cara resplandece principalmente la hermosura de todo el cuerpo. Hemos de ser muy conscientes de esto, y no sólo hemos de dar la cara por la Iglesia, sino ser cara de la Iglesia, para que todos vean en nosotros la belleza de la Iglesia, la santidad de la Iglesia. Quien nos vea, que vea en nosotros a Cristo, a la Iglesia de Cristo. "Como en la cara res­plandece toda la hermosura del cuerpo, la clerecía, es decir los sacerdotes, han de ser la principal hermosura de la Iglesia.

"En la cara están los ojos que, no sólo sirven para dar luz al cuerpo para que no tropiece, sino también para llorar los tropiezos que él da y los otros males, como si los mismos ojos fueran heridos. A quienes se ha encomendado las almas, también les es encomendado el Cuerpo Místico, para que lo curen, lo fortalezcan, lo hermoseen con tantas virtudes que sea un cuerpo digno de una tal Cabeza, como es Cristo". Si el sacerdote ama a la Iglesia como a la niña de sus ojos, llorará las heridas y males del cuerpo como si fueran heridas de sus propios ojos.

Hemos de ser espejos de la belleza divina ante el pueblo, imitando a la Virgen María, Esposa sin mancha ni arrugas. Hemos de parecernos a ella para reflejar su imagen en todas nuestras actuaciones. "Yo deseo, Madre toda Hermosa, que tu imagen se refleje en las almas como en un espejo; que las conserve puras hasta el fin de los tiempos; que levante a los que están caídos; que enderece a los que están inclinados hacia la tierra y son incapaces de mirar al cielo; que dé esperanza a los que quieren imitar el modelo eterno de tu hermosura".

El sacerdote ciertamente personifica de alguna manera a la Iglesia, ven al sacerdote y en él ven la religión, Dios, la Iglesia, todo ese mundo religioso, del que se hacen una idea por lo que ven, oyen y observan en el sacerdote. Esto nos da una gran responsabilidad. Pero responsabilidad es no sólo un peso, un compromiso, sino que es, sobre todo, una posibilidad de responder y de hacer cosas difíciles y costosas, pero necesarias en la vida, que sólo se pueden realizar aceptando esa "responsabilidad". Hay algo en el mundo que sólo se puede hacer siendo sacerdote, un servicio a los hombres que sólo se puede prestar siendo sacerdote, vale la pena asumir todas esas dificultades que lleva consigo ser sacerdote de la Santa Iglesia Católica. El nuestro es un servicio insustituible. Es muy difícil ser sacerdote, pero es muy ilusionante.

Nuestra fidelidad a Jesucristo se tiene que traducir, hoy como nunca, en fidelidad a la Iglesia. "Cristo amó a la Iglesia y se entrega a sí mismo por ella". Este amor de Cristo hasta dar la vida ha de ser el punto constante de referencia de todo sacerdote. Sólo así podremos mantener vivo el celo, el ardor misionero, si nos mueve la solicitud por todas las Iglesias. La Iglesia es como sacramento, signo e instrumento de la unidad con Dios y la unidad de todo el género humano, instrumento de salvación universal. No estro­peemos este instrumento, no inutilicemos este instrumento con nuestros comportamientos: "Unidos, para que el mundo crea".

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11. La Virgen María es "Madre admirable". El sacerdote ha de pare­cerse a su Madre, ha de ser un hombre admirable, santamente inquieto, inteligente, ingenioso, sagaz, ilusionado, emprendedor, sin miedo al riesgo. En este momento ilusionante que vivimos no podemos ser hombres tímidos, cansinos, repetidores de lo mismo, petrificados, estereotipados. Hace falta imaginación creadora para encontrar repuesta a las situaciones en que nos encontramos, también a esta nueva cultura que llaman laicista, posmoderna, poscristiana. No valen recetas prefabricadas, de laboratorio; desde la doc­trina, desde luego; pero no podemos quedarnos en dar buena doctrina; urge dar respuestas personales, de compromiso, concretas, de justicia, de caridad, en la vida, en la entrega personal.

Los santos tienen siempre una respuesta, un estilo original, una crea­tividad imprevisible, siempre adecuada a las necesidades Los otros, los que no son santos se parecen todos mucho, son tan reduccionistas, tan redondos, tan complacientes, tan prudentes, tan aburridos. No podemos ser simples espectadores de lo que está pasando, murmurando y comentando, sin más, denunciando y dando consejos. Nos tenemos que arriesgar. Además de inte­ligencia, ingenio, fantasía e ilusión hemos de tener coraje. Tenemos el peli­gro de revestirnos del ropaje de la seguridad, de la autosuficiencia, se está perdiendo el gusto por la aventura de Dios, tenemos miedo. La prudencia de la carne se apodera de nosotros y nos frena. Tenemos miedo de dar el salto. Todos pasan y nosotros nos quedamos en la orilla de los abismos del porvenir. Hay mucha cobardía.

Nos estamos olvidando que somos herederos de millones de mártires, de vírgenes, confesores de la fe, a los que acusaban de alborotarlo todo. No se trata de ser aventureros, pero no podemos perder el gusto a la aventura de Dios. Hemos de ser hombres del riesgo, hay que arriesgarse. Hemos de ser prudentes, pero nadie nos puede hacer callar la verdad del Enviado por Dios al mundo, que es Jesucristo, el Señor. "Porque algunos se hayan excedido en sus expresiones, experiencias pastorales e investigaciones teológicas, no se puede justificar nuestro miedo y apatía. Algunos quieren hacerlos callar. Dice graciosamente Venillet: "Porque un gallo ha cantado demasiado fuerte, quieren convertirnos en capones".

El sacerdote ha de ser un hombre ardiente, ha de trabajar "con el ardor de los santos". El mejor evangelizador es el santo. "La santidad es un presupuesto fundamental y una condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia". No son suficientes las programaciones, los organigramas, los Planes Pastorales, que hay que hacer, desde luego, ni basta con renovar los métodos pastorales y organizar mejor las fuerzas eclesiales "como un ejército en orden de batalla". Eso hay que hacerlo, pero no está todo en eso. La Iglesia no es una Sociedad de actividades, ni una ONG, ni un Ateneo para discutir cuestiones. Pensemos en el empuje misionero de las primeras comunidades cristianas. Tenían dificultades y obstáculos y persecuciones sangrientas, pero llevaban adelante el Evange­lio hasta los confines del mundo conocido. En la base de este dinamismo estaba la santidad de los misioneros, de las comunidades, de los cristianos. Y el sacerdote es el animador de esas comunidades. Nadie puede animar si él mismo no está animado.

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12. El papa Pablo VI nos dejó una bella oración por los sacerdotes, por la santificación de los sacerdotes:

"Oh, Espíritu Santo, ven y da a los sacerdotes, dispensadores de los misterios de Dios, un corazón nuevo, que actualice toda su educación y toda su preparación, que les haga conscientes, cual sorprendente revelación, del sacramento recibido, y que respondan siempre con nueva ilusión a los incesantes deberes, de su ministerio, en orden a su Cuerpo Eucarístico y a su Cuerpo Místico. Dales un corazón nuevo, siempre joven y alegre.

Ven, oh Espíritu Santo y da a nuestros sacerdotes, discípulos y após­toles de Cristo Señor, un corazón puro, capaz de amarle solamente a El con plenitud, el gozo y la profundidad que solo sabe dar cuando constituye el exclusivo y total objeto del amor de un hombre que vive de tu gracia; dales un corazón puro, que sólo conoce el mal para denunciarlo, combatirlo y huir de él; un corazón puro como el de un niño, pronto al entusiasmo y a la emoción.

Ven, oh Espíritu Santo, y da a los ministros del Pueblo de Dios un corazón grande, abierto a tu silenciosa y potente Palabra inspiradora, cerrada a toda ambición mezquina, a toda miserable apetencia humana, impregnado  totalmente del sentido de la Santa Iglesia; un corazón grande, deseoso úni­camente de igualarse al del Señor Jesús, y capaz de contener dentro de sí las proposiciones de la Iglesia, las dimensiones del mundo; grande y fuerte, para amar a todos, para servir a todos, para sufrir por todos; grande y fuerte, para superar cualquier tentación, dificultad, hastío cansancio, desilusión, ofensa; un corazón grande, fuerte, constante, si es necesario hasta la muerte, hasta el sacrificio, feliz solamente de palpitar con el Corazón de Cristo, y de cumplir con humildad, fidelidad y valentía la voluntad de Dios. Amén".

El beato Manuel González nos remite, nos invita, a ir a Santa María Reina y Madre de los sacerdotes, para decirle:

"Madre Inmaculada: que no nos cansemos. Madre nuestra, una peti­ción: que no nos cansemos. Sí, aunque el desaliento por el poco fruto o por la ingratitud nos asalte, aunque la flaqueza nos ablande, aunque el furor del enemigo nos persiga, y nos calumnie, aunque nos falte dinero y auxilios humanos, aunque vinieran abajo nuestras obras y tuviéramos que volver a empezar de nuevo, Madre querida, que no nos cansemos.

Firmes, decididos, alentados, sonrientes siempre, con los ojos de la cara fijos en el prójimo y en sus necesidades para socorrerles, y con los ojos del alma fijos en el Corazón de Jesús que está en el Sagrario, ocupemos nuestro puesto, el que a cada uno nos ha señalado el Señor.

Nada de volver la cara atrás. Nada de cruzarse, de brazos. Nada de estériles lamentos. Mientras nos quede una gota de sangre que derramar, unas monedas que repartir, un poco de energía que gastar, una palabra que decir, un aliento de nuestro corazón, un poco de fuerza en nuestras manos o en nuestros pies que puedan servir para dar gloria a Dios y a Ti, y para hacer un poco de bien a nuestros hermanos, Madre querida, que no nos cansemos. Morir antes que cansarnos".


Publicado por verdenaranja @ 17:23  | A?o Sacerdotal
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