Mi?rcoles, 03 de febrero de 2010

Homilía de la celebración en la que Nelson Barrios, Cristian Bustos y Diego Morinigo recibieron el orden sagrado. (AICA)
(26 de diciembre de 2009) 


ORDENACIÓN DIACONAL 

Hemos elegido para esta ordenación diaconal la fiesta de San Estéban, testigo preclaro del Evangelio y primer mártir cristiano. El Nuevo Testamento lo muestra como el más representativo de los llamados «siete diáconos», a los cuales impusieron las manos los Apóstoles, indicando así que les conferían un encargo, e imploraban sobre ellos la gracia divina para ejercerlo. Les encomendaron una tarea específica: atender con equidad a todos los necesitados de la comunidad cristiana, fueran de origen judío o griego.

Pero este grupo no debía limitarse a un servicio meramente técnico de distribución: debían ser hombres llenos de Espíritu y de sabiduría (Hch 6, 1-6). Este servicio concreto era un verdadero servicio espiritual. Desde los comienzos de la Iglesia la diaconía “pertenece a su esencia tanto como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio” DCE 22). “La Iglesia nunca puede sentirse dispensada del ejercicio de la caridad como actividad organizada de los creyentes; y nunca habrá situaciones en las que no haga falta la caridad de cada cristiano individualmente, porque el hombre, más allá de la justicia, tiene siempre necesidad de amor” (DCE 29). Ejercer el diaconado es una misión,  de la cual el candidato al sacerdocio nunca debe desentenderse.

Pero el ejemplo de los primeros diáconos nos enseña más. No sólo se ocupaban del servicio caritativo: Esteban, sobre todo, proclamó también el Evangelio, interpretando de modo nuevo toda la historia del pueblo de Israel desde la perspectiva central de Cristo. De este modo, con la caridad.

San Esteban nos habla sobre todo de Cristo, de Cristo crucificado y resucitado como centro de la historia y de nuestra vida. Eso provocó la persecución y la condena a muerte, muriendo lapidado. Corroboró así su testimonio de fe derramando por ella su sangre.

Lo que la historia de Esteban nos enseña es que, no hay que disociar nunca el compromiso social de la caridad del anuncio valiente de la fe. La mayor pobreza es el desconocimiento del Evangelio. Entregar la vida a su anuncio es la donación por excelencia. En su muerte San Esteban se asemeja de manera llamativa al mismo Jesucristo.   Podemos comprender que la Cruz ocupa siempre un lugar central en la vida de la Iglesia y también en nuestra vida personal. “En la historia de la Iglesia no faltará nunca la pasión, la persecución. Y precisamente la persecución se convierte, según la famosa frase de Tertuliano, en fuente de misión para los nuevos cristianos. Con audacia dice a los perseguidores: «Nosotros nos multiplicamos cada vez que somos segados por ustedes: la sangre de los cristianos es una semilla» («Apologético» 50,13). Pero también en nuestra vida la cruz, que no faltará nunca, se convierte en bendición. Y aceptando la cruz, sabiendo que se convierte y es bendición, aprendemos la alegría del cristiano, incluso en momentos de dificultad. El valor del testimonio es insustituible, pues el Evangelio lleva hacia él, y de él se alimenta la  Iglesia. San Esteban nos enseña a aprender estas lecciones, nos enseña a amar la Cruz, pues es el camino por el que Cristo se hace siempre presente de nuevo entre nosotros” (Benedicto XVI, Audiencia Gral. 06-01-08).

Pontifical Romano p. 226: Si se ordenan solamente elegidos célibes.  

Mons. Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes


Publicado por verdenaranja @ 22:22  | Homil?as
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