Jueves, 04 de febrero de 2010

Artículo publicado en el Boletín “Misioneros Javerianos”, DICIEMBRE 2009, nº 456.

 

ESPERANZA, REINO DE DIOS Y COMUNIDAD

P. Carlos Collantes

 

La cultura posmoderna carece de metas históricas, de sueños de transformación, encierra al individuo en el círculo estrecho y reducido de lo inmediato y le hace perder el sentido del largo plazo y de la esperanza que. al igual que los ideales y los compromisos, tiene que ver con el largo plazo, con la fe en el futuro y en nuestra condición humana redimida. 

La filosofía posmoderna invita a vivir con pequeñas aspiraciones individuales de corto alcance y horizontes cerrados. En algunos ambientes está al uso una ética sin prójimo porque lo que importa es que yo sea feliz teniendo como único criterio el "todo vale". ¿Se puede ser feliz utilizan­do al prójimo con principios como: "vale lo que me agrada, no vale lo que no me agrada", o, "el principio ético más impor­tante es 'haz lo que quieras"? Con una éti­ca "indolora" la vida termina siendo inco­lora, por mucha imagen, brillo o placer que haya en la epidermis. Claro, se pue­den realizar pequeños gestos de solidari­dad, pero sin ir a la raíz, a las causas de los problemas; un "altruismo indoloro" (Lipovestky) que ni implica ni complica.

Si lo único que de verdad cuenta es el presente efímero y no sabemos hacia don­de nos dirigimos ¿cómo pensar nuestra responsabilidad personal y colectiva ha­cia el futuro de la humanidad y del plane­ta? Nómadas sin meta, sin rumbo fijo, así caminan algunos, dejándose llevar a la de­riva, sin raíces y sin esperanza; y la espe­ranza es savia y brújula que anima, sos­tiene y orienta. "Hay que vivir intensa­mente el momento presente. No hay ma­ñana". Jóvenes que viven "intensamente" sin futuro, que organizan sólo el presente y se mueven sin proyectos. Hemos into­xicado a los jóvenes con la comodidad, con gratificaciones inmediatas, con machaconas promesas de bienestar y, sin embargo, muchos son capa­ces de renunciar a comodi­dades por una vida com­prometida al servicio de causas justas, al servicio de los hermanos. 

Mirada serena

Jesús tiene un proyecto que él llama Reino y que sintoniza con las aspiraciones más nobles y profundas del corazón humano. Él veía lo que nadie veía: la cer­canía del Padre, su Reino llegando, por­que llevaba en el corazón fuego, una pa­sión de amor que nadie llevaba ni ha lle­vado, una pasión que ilumina la mirada; y en los brotes ve los frutos y en las hue­llas del camino ya vislumbra la meta. Aunque el camino sea largo y no exento de dificultades y el horizonte pueda nu­blarse con dudas e incertidumbres, si par­ticipamos de esa misma pasión también nuestra mirada se iluminará.

El Reino es el sueño de Jesús que an­tes había sido sueño de Dios, sueño roto por el desmedido orgullo humano, y en Jesús quiere rehacerlo. Con sus palabras y signos Jesús anuncia y realiza un acon­tecimiento: la cercanía compasiva y mi­sericordiosa de Dios, y se desvive para que su pueblo acoja con gozo y esperan­za esta presencia amorosa del Padre. Sue­ña con que Dios sea acogido en los cora­zones y en la sociedad y que su misericor­dia llegue a todos, sobre todo a los más ne­cesitados, a quienes viven en los márgenes de la sociedad y de la religión, excluidos de todo tipo, enfermos, pecado­res, poseídos; y que la justicia y la paz rei­nen y la vida que él ofrece florezca de ver­dad pues tal es la voluntad del Padre. Je­sús educa la mirada de nuestro corazón para que podamos captar esta singular presencia y cercanía de Dios, educa nues­tra mirada y la libera de la desesperanza al sugerirnos un nuevo estilo de vida, unos criterios distintos, unas preferencias desconcertantes. 

La fuerza liberadora de Dios es sen­cilla, discreta, pero bien real como nos hace entrever en las parábolas que cuenta y en los milagros que realiza. Jesús quiere vernos libres de cuanto nos escla­viza, hiere y deshumaniza; eso es el Rei­no, eso es él. El Reino de Dios crece en nuestro mundo entre dificultades y resis­tencias, y siguiendo a Jesús queremos ponernos al servicio de este Reino que crece cuando la comunidad cristiana aco­ge a los pequeños, a los que no cuentan y los pone en el centro de sus preocupa­ciones. Iglesia samaritana que se hace real en numerosas comunidades cristianas y que quiere ser al mismo tiempo servidora y signo de este Reino cuya presencia y semillas des­bordan sus fronteras. 

"Fortuna" y fortaleza

Nuestro mundo es valioso porque el Hijo de Dios se ha hecho criatura, se ha encarnado en nuestra historia, en nuestras vidas, y nada ni nadie puede eliminar esa encarnación. Por eso la realidad es más de lo que aparece y además camina hacia una plenitud. Nos contamina cierta miopía cultural interesada, una concepción chata de la realidad que pretende reducir todo a los estrechos límites de lo inmediato y visible, o simplemente de nuestra razón; y la realidad es más grande que nuestra mirada. No que­remos ser los portavoces de ningún "re­alismo" miope y de corto alcance sino de un sueño, de una esperanza, de una uto­pía, la de una sociedad más fraterna que podemos construir. Porque creemos en el futuro queremos transformar nuestro presente, junto con otros hermanos.

Algunas de nuestras comunidades se sienten desalentadas y no saben que rum­bo tomar, acumulan frustraciones y de­sánimo. El Señor nos invita a sacudirnos el miedo, la inercia, el desaliento, nos in­vita a recorrer caminos nuevos ya que los tiempos son exigentes, complejos, pro­vocadores. "Fortuna iuvat audaces" di­cen los clásicos. La fortuna tiene un ros­tro y un corazón, un espíritu, un aliento y es Dios para nosotros. Tenemos moti­vos más que suficientes para luchar por una sociedad mejor y para sacudirnos cualquier tentación de desencanto o de­sesperanza, a pesar de sentirnos tantas veces desengañados o impotentes. Fir­meza y fortaleza interior nos está pidien­do el Señor, y las circunstancias que nos ha tocado vivir, lo cual exige capacidad de resistencia, perseverancia, el largo plazo, no el corto y miope de nuestra cul­tura o de los políticos.

Hay también comunidades cristianas cercanas a los excluidos, a quienes su­fren, a los inmigrantes; otras cultivan y viven una sensibilidad admirable hacia los pueblos del Sur, hacia sus luchas y es­peranzas y levantan su voz para defen­der a quienes no la tienen o teniéndola no es demasiado fuerte para hacerse oír en detemánados lugares. Son comunidades capaces de mantener viva la esperanza y generarla a su alrededor, comunidades que sintonizan con los valores que huma­nizan nuestra sociedad y hacen nuestro mundo más habitable. Y quieren hacer más visible al Dios encamado en Jesús, como fuerza y manantial de sentido para caminar y comprometerse. Hay hechos descorazonadores que provocan desa­liento y desesperanza pero hay otros mu­chos que estimulan nuestra esperanza. ¿Por qué estar atentos sólo a los prime­ros y no dejarse empapar más bien por los segundos? La esperanza siempre será frágil porque somos humanos y la preca­riedad de nuestra condición humana está siempre al acecho. 

Grito y canto

Nuestros desvelos y esfuerzos ani­mados por la esperan­za para construir un mundo más humano están y estarán siem­pre acompañados por la fiel cercanía de Dios. Dios mantiene nuestra esperanza cuando aparentemen­te no hay motivos ni razones para ello, y cuando creemos que esta vida está miste­riosa y secretamente abierta a un futuro de plenitud todo cobra y adquiere un senti­do y una luz nue­va, todo: esfuer­zos, trabajos, fra­casos, sueños, espe­ranzas.

Somos peregrinos hacia el Padre y caminamos con nuestros hermanos envueltos por el claro-oscuro de la vida, nos dirigimos hacia un "lugar cá­lido". No somos vagabundos erran­tes, perdidos y a la deriva, aunque las dudas asalten y la brújula ofuscada pueda titubear. La esperanza no es una nostalgia cargada de melancolía, es una certeza que llevamos en "vasos de barro". Dios trabaja en nuestras espe­ranzas humanas y un pueblo que vive de fe es más fuerte porque la fe le sos­tiene y fortalece. Hay milagros lentos y poco vistosos pero fecundos a la lar­ga. "El ave canta aunque la rama cru­ja porque conoce la fuerza de sus alas." (A Cunqueiro) El ave canta y el hombre —simbolizado en Pedro (Ma­teo 14, 22-33)- grita porque conoce su fragilidad, su pequeña fe, aunque ex­perimenta sobre todo la bondad de Je­sús —la fuerza de nuestras alas-. El ave canta, el hombre grita, ¿y no podría­mos también nosotros cantar, fiados de esa mano tendida, la mano de Dios? Cuestión de confianza.


Publicado por verdenaranja @ 16:54  | Misiones
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