Mi?rcoles, 10 de febrero de 2010

Sugerencias para la Eucaristía de la Jornada Mundial del Enfermo, 11 de Febrero, fiesta de Ntra. Sra. de Lourdes, publicado en Guión Litúrgico para su celebración por el Departamento de Pastoral de la Salud de la Conferencia Episcopal Española y que este año de 2010 se presenta con el lema “Dando vida, sembrando esperanza”.

Sugerencias para la homilía 

1. Las lecturas del día

• 1R 11,4-13. La grandeza del reino de Israel empieza a resquebrajarse y entre las diversas causas, tanto históricas como sociológicas, hay una causa honda: el corazón de Salomón se ha desviado, no es por entero del Señor. La grandeza de Salomón es juzgada por la Palabra, pues su fuerza le viene del Señor y él ha de ser fiel a la Alianza. 

• Sal 105. Acuérdate de mi, Señor, por amor a tu pueblo. Meditación histórica sobre los siete pecados capitales del pueblo en el desierto. El pueblo reconoce el pecado, se asocia con toda la historia pecadora y pide la restauración.

 • Mc 7,24-30. Empieza una nueva sección del evangelio de Marcos, una línea teológica que se encuadra en la línea del seguimiento de Jesús. La lectura de hoy recoge un signo de convocación y se subraya la universalidad del ofrecimiento de salvación. Aparece con claridad la condición básica para seguir a Jesús: la fe en Él, el reconocimiento de su poder, actitud indigente, humilde, pobre.

Se da un paso de la fe al compromiso. Una mujer de otra religión (una pagana), es la que se acerca a Jesús en busca de su poder divino. Por eso, Jesús “se hace de rogar”: quiere comprobar el contenido de fe de la mujer. Aparentemente la humilla y le hace sufrir; pero es a través de esa dolorosa experiencia como la mujer purifica su gesto de “religiosidad” y lo transforma en un gesto de compromiso de fe con Jesús. 

2. La Jornada Mundial del Enfermo (tomado del Mensaje del Papa) 

• La Jornada Mundial del Enfermo quiere sensibilizar a la comunidad eclesial sobre la importancia del servicio pastoral en el amplio mundo de la salud, servicio que es parte integrante de su misión, ya que se inscribe en el surco de la misma misión salvífica de Cristo. 

• El sufrimiento humano alcanza su sentido y plenitud de luz en el misterio de su pasión, muerte y resurrección. “El sufrimiento humano ha alcanzado su culmen en la pasión de Cristo. La cruz de Cristo se ha convertido en una fuente de la que brotan ríos de agua viva” (Salvifici doloris, n. 18). 

• En la Última Cena, el Señor Jesús se inclinó para lavar los pies a los apóstoles, con ese gesto invitó a sus discípulos a entrar en su misma lógica del amor que se dona especialmente a los más pequeños y a los necesitados (cf. Jn 13, 12-17).

Siguiendo su ejemplo, cada cristiano está llamado a revivir, en contextos diferentes y siempre nuevos, la parábola del Buen Samaritano (Lc 10, 33-35). 

• Concluyendo la parábola, Jesús dice: “Vete y haz tú lo mismo” (Lc 10, 37). Con estas palabras se dirige también a nosotros. Nos exhorta a inclinarnos sobre las heridas del cuerpo y del espíritu de numerosos hermanos y hermanas que encontramos en los caminos del mundo; nos ayuda a comprender que, con la gracia de Dios acogida y vivida en la vida de cada día, la experiencia de la enfermedad y del sufrimiento se puede convertir en escuela de esperanza. 

• Como he afirmado en la Encíclica Spe salvi, “lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito” (n. 37).

• En su momento, el Concilio Ecuménico Vaticano II recordaba la importante tarea de la Iglesia de ocuparse del sufrimiento humano. En la Constitución dogmática Lumen gentium leemos que así «como Cristo … fue enviado por el Padre a “evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos” (Lc 4, 18), “para buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 10), de manera semejante la Iglesia abraza con su amor a todos los afligidos por la debilidad humana, más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en aliviar sus necesidades y pretende servir en ellos a Cristo» (n. 8). 

• Esta obra humanitaria y espiritual de la Comunidad eclesial hacia los enfermos y los que sufren a lo largo de los siglos se ha expresado en muchas formas y estructuras sanitarias también de carácter institucional. Quisiera recordar aquí aquellas que las diócesis administran directamente y las que han nacido de la generosidad de varios institutos religiosos. Se trata de un precioso “patrimonio” que responde al hecho de que “el amor necesita también de organización como presupuesto para un ordenado servicio comunitario” (Deus caritas est, 20). 

• La creación del Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, hace ya veinticinco años, forma parte de esta solicitud eclesial por el mundo de la salud. Debo añadir que, en el momento histórico-cultural actual, se advierte más todavía la exigencia de una presencia eclesial atenta y capilar junto a los enfermos, así como de una presencia en la sociedad capaz de transmitir de modo eficaz los valores evangélicos para tutelar la vida humana en todas sus fases, desde su concepción hasta su término natural.

• Agradezco de corazón a las personas que, cada día, “realizan un servicio para con los que están enfermos y los que sufren”, de modo que “el apostolado de la misericordia de Dios, al que se dedican, responda cada vez mejor a las nuevas exigencias” (Juan Pablo II, Cons. ap. Pastor Bonus, 152). 

• En este Año Sacerdotal, mi pensamiento se dirige particularmente a vosotros, queridos sacerdotes, “ministros de los enfermos”, signo e instrumento de la compasión de Cristo, que debe llegar a cada hombre marcado por el sufrimiento. Os invito, queridos presbíteros, a no ahorrar vuestros esfuerzos en proporcionarles cuidado y consolación. El tiempo transcurrido junto a la persona probada se revela fecundo de gracia para todas las demás dimensiones de la pastoral. 

• En fin, me dirijo a vosotros, queridos enfermos, y os pido que oréis y ofrezcáis vuestros sufrimientos por los sacerdotes, para que se mantengan fieles a su vocación y su ministerio sea rico en frutos espirituales, para beneficio de toda la Iglesia.  


Publicado por verdenaranja @ 23:08  | Homil?as
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