Viernes, 19 de febrero de 2010

Conclusiones del VI Congreso Mundial de la Pastoral para los emigrantes y los Refugiados que tuvo lugar del 9 al 12 de noviembre de 2009 en Vaticano con la participación de 320 delegados de todos los continentes, cuyo Documento final ha sido difundido en estos días.

II. CONCLUSIONES 

La migración, un fenómeno en la era de la globalización, un signo de los tiempos  

1. Nos encontramos en una época de cambios rápidos y sin precedentes. El alto nivel actual de interacción entre personas y naciones, el rápido intercambio de ideas, dinero y comercio hacen de ésta una era totalmente nueva, que ha traído tanto progreso como regresión, beneficios y también pérdidas, nuevos desafíos y oportunidades como nuevos sufrimientos. Las estructuras y componentes tradicionales de la sociedad ya no parecen ofrecer las mismas seguridades que antes. Las guerras y la violencia han continuado cosechando sus víctimas. Aumentarán los preocupantes signos del cambio climático, que ha comenzado a desplazar a grandes grupos de personas, y la crisis económica, una de las muchas facetas de nuestro mundo globalizado, ha intensificado la incertidumbre y la conciencia de nuevas vulnerabilidades y de la aflicción humana. 

2. La migración es un signo de los tiempos, que afecta profundamente a nuestras sociedades. Su extensión y sus dimensiones han aumentado dramáticamente y seguirá haciéndolo en el futuro próximo. Su interconexión con los factores económicos, sociales, políticos, religiosos, culturales y de seguridad, que definen nuestro mundo globalizado, refuerza la sensación de vulnerabilidad y aumenta las cuestiones relativas a los modelos tradicionales de cohesión social. Parece que estamos buscando mejores modelos de acompañamiento para los inmigrantes, al tiempo que redefiniendo la sociedad en la que éstos se deberían integrar. En un mundo tan marcado por nuevos signos de miedo y falta de hospitalidad, la centralidad de la persona humana y de su dignidad, con sus correspondientes derechos y deberes, adquieren una importancia cada vez mayor. 

3. La migración, por lo tanto, es también una invitación a imaginar un futuro diferente, que persiga el desarrollo del género humano en su totalidad, incluyendo a cada ser humano con su potencial espiritual y cultural y su contribución a un mundo más equitativo, marcado por la solidaridad mundial y el pleno respeto de la dignidad humana y de la vida. El Papa Benedicto XVI ha definido la migración como "un gran recurso para el desarrollo de la humanidad" y, en sus palabras inaugurales de este Congreso, ha subrayado una vez más la importancia del macrofenómeno de la migración como una llamada a señalar y destacar la unidad de la familia humana, así como el valor cristiano de la acogida al extranjero. 

4. Ciertamente, la migración es un fenómeno de todos los tiempos. Es tanto una parte de nuestro presente como de nuestro pasado y nuestro futuro. Se nutre de los desequilibrios demográficos y económicos, los malos gobiernos, los conflictos, la falta de libertad, la pobreza y los desastres ambientales, así como de la verdadera esperanza y de la creciente conciencia de la presencia de nuevas y mejores perspectivas de vida. Las migraciones son frecuentemente descritas como realidades dramáticas que, muy a menudo, podrían haberse evitado. "Todos podemos ver el sufrimiento, el disgusto y las aspiraciones que conllevan los flujos migratorios", escribió el Papa Benedicto XVI en la Encíclica Caritas in veritate (n. 62) y, sin embargo, es evidente que las respuestas de la sociedad son a menudo insuficientes ya que el mundo ha permanecido sordo al grito que pedía una solución a las diferentes necesidades que están en el origen de la decisión de emigrar y de sus inevitables consecuencias. 

5. La migración es un desafío multidimensional: muestra cómo las cuestiones de seguridad y el miedo social pueden fácilmente conducir a un incremento de la discriminación, de la xenofobia y del racismo e incluso a la criminalización del migrante, lo cual sólo agrava el problema sin dar ninguna respuesta a las necesidades reales de la humanidad, ni ofrecer una alternativa válida a nuestro mundo en crisis. Ésta pone a la sociedad del siglo XXI frente al tráfico de personas, el contrabando, los secuestros, el trabajo forzoso, los apátridas, los falsos matrimonios, los matrimonios por correspondencia y a las nuevas formas de esclavitud humana, que empujan especialmente a mujeres y niños a la prostitución y al trabajo ilegal. 

6. El sufrimiento humano se hace evidente en muchas situaciones dramáticas, como por ejemplo, las personas que intentan cruzar un desierto o los balseros que mueren, o que son arrojados por la borda, o que se les niega el rescate y el acceso al territorio nacional (refoulement), siendo repatriados, o  que, los más afortunados, llegan en unas condiciones miserables. La detención arbitraria, incluso a veces la tortura en campos de detención, o simplemente la deportación a sus países de origen, son sus probables destinos. Sin embargo, estas tragedias no afectan sólo a los propios migrantes, sino también a los países de acogida, que no necesariamente tienen la capacidad de soportar la carga de un creciente número de llegadas. Es evidente, fundamentalmente, que una actitud defensiva y unas políticas migratorias restrictivas dividen y destruyen familias, que la inquietud social entre la población local es generada por el temor al desempleo debido a la presencia de trabajadores migrantes y que la agitación social entre los inmigrantes es causada por la injusticia social. No se han abordado suficientemente las cuestiones sobre el bienestar, los sistemas de seguridad social y los modelos de integración, mientras que el grado de integración en el mercado laboral del país de acogida no coincide con el de la integración social. En clara contradicción con las actitudes restrictivas, las economías globales necesitan y promocionan una mayor movilidad humana. 

7. Al tiempo que los medios de comunicación social informan de una cierta mejoría en nuestras economías, los migrantes siguen teniéndose que enfrentar a la magnitud de los daños causados por la crisis actual que, según la estimación de la Organización Internacional del Trabajo, ha destruido unos 50 millones de puestos de trabajo. La oferta de mano de obra y el derecho al trabajo son pacificadores sociales y ayudan a recuperar la esperanza y la confianza en las sociedades, pero la crisis económica ha puesto de manifiesto en qué medida los migrantes se ven afectados por los despidos y como esto se traduce en una reducción de los flujos de remesas. La disminución del respeto de los principios fundamentales del derecho internacional y de los derechos laborales de los migrantes han afectado aún más la integración y la cohesión social. Además, como muchos inmigrantes despedidos optan por permanecer en el país de acogida en espera de tiempos económicamente mejores, es probable que se asista a un aumento de las permanencias irregulares. Una vez más, la movilidad humana plantea cuestiones fundamentales relativas a la fraternidad y la solidaridad mundiales, al desarrollo y a la interdependencia global: "La sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos" (Caritas in veritate, 19). 

8. Éstas y otras muchas facetas de la imagen caleidoscópica de causas y consecuencias de la migración indican lo mucho que éstas sobrepasan los mecanismos nacionales de respuesta. Hay una profunda necesidad de una visión universal de las relaciones internacionales y de una renovada atención a la persona humana creada a imagen de Dios. Teniendo en cuenta los numerosos cambios de la sociedad y los inmensos desafíos generados por la movilidad humana, la Iglesia no tiene otra opción que actuar, considerando sus esfuerzos directamente relacionados con la proclamación del Reino de Dios (cf. Erga migrantes caritas Christi, 96-97, 101-103). 

9. Para la Iglesia, el macrofenómeno de la migración es un asunto pastoral prioritario. Aunque siempre será necesario algún tipo de contextualización, la Iglesia puede ayudar a los inmigrantes a mantener su fe y su cultura y, al mismo tiempo, a hacer que el país de acogida se abra a la cultura del país de origen de los inmigrantes, reuniendo a las comunidades migrantes y locales. La solidaridad es el primer paso hacia un compartir los valores religiosos entre las comunidades locales y migrantes. Esto podría llevar a la evangelización o al renacer de la fe de aquellos que se han secularizado. La migración es también una oportunidad ecuménica importante. 

10. La Instrucción Erga migrantes caritas Christi es un paso reciente e importante en el más de un siglo de historia de la pastoral específica de los migrantes, que ha dado un nuevo impulso y dirección a la elaboración de respuestas adecuadas a este fenómeno mundial. Este documento presenta un lenguaje teológico nuevo, y supone un hito especialmente en lo referido a la ‘categorización’ de los migrantes, al tiempo que contribuye a construir una nueva y mayor conciencia de la necesidad de fomentar la pastoral de los migrantes a nivel local, nacional, internacional, continental y universal. Motiva el diálogo y la corresponsabilidad entre las Iglesias de origen, de tránsito y de destino. Además, la Instrucción contribuye a reforzar los mecanismos nacionales y diocesanos de coordinación pastoral, y alienta la formación de los agentes pastorales que tienen la tarea de desarrollar e implementar servicios específicos de pastoral en favor de los migrantes. Cinco años después de su publicación, se puede decir que el documento ha sido bien ‘recibido’, pero, aún así, merece tener una difusión más generalizada, a fin de poder ser útil, incluso en el plano político, influyendo en las políticas migratorias. Los participantes consideraron que es muy útil la organización de Congresos, como este VI Congreso Mundial y los dos continentales sobre la pastoral de migrantes y refugiados, celebrados en Bangkok (6-8 de noviembre de 2008) y Nairobi (2-5 de junio de 2008). Estos esfuerzos deben multiplicarse y continuar con el fin de convertirse en una oportunidad para el intercambio de las mejores prácticas. 

11. Hay también importantes signos de corresponsabilidad y comunión entre las Iglesias de origen y las de acogida. Una continua relación entre ellas ha permitido no sólo una mejor comprensión del fenómeno, sino que ha promovido medidas muy concretas, tales como el envío de capellanes de inmigrantes para llevar a cabo el aspecto fundamental de esta pastoral específica. Además, esta colaboración ha demostrado ser útil en el logro de un mayor peso político en el ámbito internacional, produciendo una mayor eficacia y autoridad. Se puede considerar que los numerosos esfuerzos bilaterales y multilaterales por vincular la Iglesia local de origen con las Iglesias de tránsito y de destino han contribuido en modo importante a generar una nueva mentalidad, a reforzar la coordinación, a establecer formas concretas de cooperación y a crear diversas comisiones ad hoc. Es evidente que esta colaboración tiene un impacto diferente en los casos en donde el migrante está presente sólo por un período limitado de tiempo, como en la migración temporal o en la circular. Este modelo parece ser el preferido por los países de acogida, pero merece ser cuestionado. Como estas formas de migración forjan identidades sociales dúplices, una en el país de origen y otra en el país de acogida, sin garantizar la continuidad entre las dos o en una de ellas, la colaboración entre las estructuras diocesanas en todos los países implicados es aún más necesaria.

12. Asimismo se debe señalar que la Iglesia ha asumido en numerosas ocasiones un papel de promoción de la defensa de los derechos humanos y de la dignidad. Ha reforzado su compromiso en favor de los migrantes vulnerables, especialmente mujeres y menores de edad. Ha actuado como mediador en situaciones de conflicto y como promotor de un verdadero desarrollo. La Iglesia ha manifestado también su inquietud por la situación en algunos campos de detención donde las condiciones de vida son una cuestión humanitaria y el respeto de los derechos humanos fundamentales de los detenidos debe ser reafirmado.

13. A través de sus muchas estructuras solidarias especializadas y de sus organizaciones caritativas, la Iglesia ha desarrollado acciones operativas concretas para responder a las numerosas necesidades, heridas y vulnerabilidades de aquellos que han dejado atrás su familia y/o han llegado en situaciones precarias. Se han abierto centros de atención para los migrantes más vulnerables, especialmente mujeres y niños, para víctimas de la trata y para menores no acompañados. Se ha proporcionado atención familiar y psicológica (sanación de la memoria) y se han desarrollado programas de protección infantil. Se ha prestado asistencia a solicitantes de asilo, a refugiados y a desplazados internos, mientras se buscaban soluciones duraderas. Se han organizado encuentros transfronterizos, se han creado centros para sensibilizar a la comunidad ante los recién llegados y se han instituido contactos interregionales. Los esfuerzos de la Iglesia han contribuido en gran medida a promover medidas de integración (no de asimilación) y han ofrecido una correcta orientación a los programas referidos a la ciudadanía/nacionalización. Incluso las pequeñas comunidades eclesiales han demostrado su utilidad en este proceso de integración. Es necesario subrayar el papel y el compromiso de numerosas congregaciones religiosas, así como de diversos movimientos eclesiales, grupos y asociaciones laicales, en la asistencia y el trabajo con y para los migrantes y los refugiados. 

14. Los migrantes no son sólo sujeto de preocupación, sino que deben tener la oportunidad de convertirse en los protagonistas de su propio futuro (cf. Erga migrantes caritas Christi, 100). Tienen que integrarse gradualmente en la Iglesia local de llegada, la cual podrá adquirir nuevas fuerzas mediante la asunción de responsabilidades concretas por parte de los inmigrantes. De hecho, los migrantes pueden ser sacerdotes, o asumir la función de lectores, catequistas o ministros extraordinarios de la Eucaristía. Cuando los migrantes se encuentran dispersos en los países de acogida, es difícil llegar a ellos, pero en los lugares donde la densidad de migrantes es alta, la acción cristiana integra a los recién llegados, ampliando así el tejido social existente. Puesto que a los inmigrantes se les anima a participar en los servicios sociales, la Iglesia de acogida debe dar pruebas de su apertura a otras culturas y tradiciones. La integración gradual será facilitada por pastores que procedan de sus países de origen con el fin de atenderlos. Si esto no es posible por falta de sacerdotes, Erga migrantes caritas Christi prevé la presencia de agentes de pastoral que hablen el idioma de los migrantes y/o conozcan su cultura. En este sentido, son un buen recurso quienes habiendo sido misioneros en los países de origen de los migrantes, y nacidos en el país de acogida, han regresado a sus países de origen. 

15. Se presta especial atención a los migrantes y refugiados jóvenes, cuyas preguntas existenciales son a menudo muy serias, en cuanto formulan su identidad en términos de cuestiones relacionadas con el sentido de la vida, la justicia social, la salvaguardia de la creación y la relación con Dios. Es frecuente encontrar jóvenes que estén buscando sinceramente un sentido religioso de sus vidas. Esto pone de relieve el papel fundamental de la Iglesia en el acompañamiento de su búsqueda de significado y en la construcción de sus valores. Su presencia es una oportunidad privilegiada para establecer intercambios culturales que podría abrir la posibilidad de trabajar hacia el logro de la tolerancia y de la convivencia pacífica en la sociedad del mañana. A menudo los jóvenes viven una situación que presenta un fuerte riesgo de doble marginalización, ya que al mismo tiempo experimentan una creciente distancia de la cultura de sus padres y una brecha no suficientemente colmada entre ellos y la sociedad de acogida. Las organizaciones católicas juveniles ofrecen a los jóvenes migrantes un sentido de pertenencia y les brindan una formación que les ayude a mantenerse fieles a su patrimonio religioso. En varios países se han iniciado programas específicos para acercar las comunidades católicas a los jóvenes migrantes, para modificar su percepción de la Iglesia como algo demasiado lejano, encerrada en sus posiciones y despreocupada de la diversidad cultural. Estos programas también ofrecen, cuando es necesario, un entorno seguro que les permita mantenerse alejados de actividades delictivas, del tráfico de personas, de las drogas, de la violencia armada o de las sectas, que muy a menudo ofrecen falsas respuestas a sus necesidades existenciales. 

16. Los niños que se quedan en el país de origen pagan un precio muy elevado en comparación con las leves mejoras de las condiciones materiales proporcionadas por sus padres que trabajan en el extranjero. Su visión de la sociedad del mañana puede estar determinada por el concepto materialista de emigrar para ganar más. Por lo tanto, las familias separadas y transnacionales, cuya unidad es a menudo más virtual que real, pueden poner en peligro la educación de los niños y la sociedad del mañana. La ausencia de los padres en el proceso educativo del niño es una forma de ‘care drain’ de la que hay que ocuparse cuidadosa y plenamente. 

17. Los migrantes que pertenecen a las Iglesias católicas orientales pueden encontrar su camino en las diócesis de llegada, pero necesitan mantener sus vínculos con la Iglesia de su rito. Algunas diócesis han desarrollado una estrecha colaboración con estas Iglesias. Se hacen esfuerzos para asegurar el contacto con sus eparquías de origen con el objeto de salvaguardar su espiritualidad, sus valores religiosos y su liturgia. En algunos casos, se organizan peregrinaciones a los países de origen con el fin de volver a conectar a los migrantes con sus tradiciones, su patrimonio y sus costumbres.


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