Domingo, 21 de febrero de 2010

Comentario al evangelio del domingo primero de Cuaresma publicado en Diario de Avisos el domingo 21 de Febrero de 2010 bajo el epígrafe DOMINGO CRISTIANO

A mis soledades voy

Daniel Padilla

Así escribía Lope de Vega, decepcionado sin duda de esta feria de vanidades, que es la vida: "A mis soledades voy, / de mis soledades vengo, / porque para estar conmigo, / me bastan mis pensamientos". Vivimos en una época de multitudes. Verdaderos enjambres humanos llenan las avenidas, los esta­dios, los salones, las playas. No quiere esto decir, ni mucho menos, que el hom­bre se sienta más acompañado. Al contra­rio, parece que la soledad, como una ser­piente inevitable, se enrosca en él y lo paraliza. Nunca como en nuestros días se han escuchado tantas historias tristes de hombres solitarios. Y, sin embargo, puede existir un positivo y beneficioso encuen­tro del hombre con la soledad. El evange­lio de hoy nos dice: "Jesús volvió al Jor­dán y durante cuarenta días el Espíritu lo fue llevando por el desierto". ¿Qué fue este a mis soledades voy de Jesús? y ¿qué puede ser para nosotros? Soledad, encuentro con el yo: No cabe duda, Jesús se encontró consigo mismo, con su misión, con su vocación: "He aquí que vengo para hacer tu voluntad". El hom­bre que dice: para estar conmigo, me bas­tan mis pensamientos, termina viendo en el espejo de esos pensamientos la rea­lidad de su propia estatura. La que ha dado hasta la fecha. Y la que está llamado a dar. El conócete a ti mismo de los anti­guos siempre será un gran principio de sabiduría. Sabiduría que se adquiere en muchas horas de reflexión solitaria. Sole­dad-encuentro con el tú: no fue Jesús al desierto porque odiaba a la Humanidad como cantó Horacio: "Odio al vulgo pro­fano y lo aborrezco". Al revés, fue a la soledad para prepararse mejor a ese encuentro con la Humanidad a la que iba a salvar. El cristiano, siguiendo a Jesús, ha de amar al prójimo como a sí mismo. Y, seguramente la distancia, la larga pers­pectiva del desierto, puede ayudarle a conocer mejor el valor de cada hombre.

Dicen que quienes caminan por el des­ierto agudizan su vista consiguiendo ver muchas cosas en la infinita lejanía. Así, cuando vuelva del desierto, habrá apren­dido el hombre a estimar mejor las pecu­liaridades de cada otro. Soledad-encuen­tro con él. La larga prueba, la tenaz lucha con el Malo, llevó a Jesús al verdadero encuentro con su Padre. Las tres tentacio­nes fueron pulverizadas gracias a "aque­lla Palabra que salía de la boca de Dios". Y cuando al fm se marchó el demonio llegó el encuentro pleno de Jesús con el Padre. Cuando el hombre, amigos, se adentra en su profundo desierto interior, la soledad se hace sonora, como cantaba aquel soli­tario que fue San Juan de la Cruz. Sí, el hombre termina dándose cuenta de la total presencia de él. Tagore, en los estre­mecidos poemas de Ofrenda Lírica, se repite: "¿No oís sus pasos silenciosos? Él viene, viene, viene siempre. De pena en pena mía, son sus pasos los que oprimen mi corazón". También Jacob en plena soledad, tuvo la experiencia de la presen­cia de Dios. Fue aquella escala, de la tie­rra al cielo, que vio en sueños. Al desper­tar, no pudo menos que reconocer: "Este es un lugar sagrado y yo no lo sabía".


Publicado por verdenaranja @ 9:42  | Espiritualidad
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